domingo, 5 de julio de 2015

La hija de los mares Capítulo 7 - La cacería.


- Cómo sucedió?
- No me queda claro, pero que bueno verlo de nuevo, señor William.
- Y donde está ella?
- La tienen mas al fondo, con las demás mujeres.
- Y el resto?
- También allá, a nosotros nos pusieron aparte por estar muy lastimados.
- Te duele mucho?
- No, no es muy profunda la herida, pero si tardará mucho en cerrar, en caso de que pueda llegar a un lugar donde pueda descansar por algún rato. Pero, y su herida en la cabeza?
- Nada de importancia, solo una herida escandalosa que sangró en abundancia y dio la apariencia de que ya era un cadáver, además, el hecho que quedé inconsciente fue de ayuda.
- Eso es muy cierto. Y cómo hizo para llegar hasta acá?
- Recuerdas esas rocas que encontramos?
- Las de loa cueva en su primera iniciación?
- Exacto!. Son diamantes, enormes diamantes. Cambié una con un mercader árabe de la zona por algunas monedas de oro. Y, el resto fue fácil, mi querido Gombo. El licor y el oro lo pueden todo. Claro está también el filo de mi navaja y alguna ayuda de pólvora y de alguno que otro "amigo".

Con algo de dificultad, logra poner a Gombo en pie, pues la herida en el muslo le dificulta moverse por cuenta propia. Pero logra su cometido. Un buen trago de ron, suficiente medicina para que pueda recobrar fuerzas y valerse "por si mismo". Sin demora acuden a la parte posterior de la casucha, adecuada como "jaula" para los nuevos esclavos. Sin mucha dificultad logran poner fuera de combate a los pocos guardias, que duermen la mona, después de haber ingerido una dosis extra de ron.

- Tengo que presentarlos: señor Gabriel Parker, "Gombo", los señores Théodore d'Alembert y Víctor Stepanov.
- Un gusto, monsieur Gombo. Para mis amigos, solamente  Theo, "le tigre".
- Víctor Ivanovich Stepanov, para servirlo. Vitia, para los amigos.
- "Osito" seria mejor- socarronamente interviene Theo.
- Ya señores, ya habrá tiempo de coquetear y cotorrear, sigamos con nuestro plan.
- A sus órdenes Capitán.

Es la primera vez que lo llaman así. Le hace gracia, pero se siente bien escuchándolo. Sin prosas, se dirigen donde está el resto de los prisioneros. Gombo de adelanta y en voz baja les indica que deben ser cautos y silenciosos. Deben aprovechar las penumbras para poder ponerse a salvo, y huir lo más rápido posible a la espesura de la madre selva.

El ataque fue de madrugada. Fueron emboscados y cazados, con redes y lazos. Los que opusieron resistencia, fueron rápidamente silenciados. William fue uno de los primeros en caer con un certero golpe en la cabeza, que le produjo una herida que sangró profusamente y le hizo perder la consciencia. Al final, cuando tuvieron que revisar los cuerpos, consideraron a William como uno de los atacantes fallecidos, así que lo abandonaron entre los cuerpos de los demás, para ser alimento de los carroñeros. Los ancianos fueron eliminados en el acto, y todos los demás, cual bestias salvajes, puestos en jaulas, los niños, atados de manos, los mayores, y así fueron conducidos al puerto para ser trasladados en el siguiente barco con destino a las colonias americanas. Los mas valiosos eran las niñas, ya que se vendían para reproducción, o se usaban para distracción de los marineros. William no demoró mucho en despertar, pero tuvo que mantenerse oculto, esperando no ser descubierto. No fué ultimado, pues no lo creyeron necesario. Eran españoles y portugueses, con algunos bribones contratados en el puerto, que atacaron a la comarca, solo para conseguir esclavos. Tuvo que presenciar como ultimaban a los dos "ancianos", como obligaban a caminar a Gombo, a pesar de tener una herida en el muslo, que al parecer no era nada grave. Como degollaron a los dos bebés que amamantaba mama Ruana, a quien violaron en el acto, y como pusieron a los niños en una jaula, y a los demás, los ataron, para a golpes guiarlos hacia el puerto.

Con algunos jirones de su ropa pudo hacerse una especie de vendaje en la herida que había dejado de sangrar, se limpió lo mas que pudo, y se dirigió a la cueva, donde unos días atrás estaba realizando una de las pruebas de iniciación para ser parte de la tribu. Recordaba haber visto unas piedras que llamaron poderosamente su atención, por lo cual las escondió, y ahora volvía por ellas. Tendría que ser rápido, llevaba un plan en mente. No había tiempo que perder.

Como alma que lleva el diablo se dirigió al puerto. Sabía que tendría que salir a la desembocadura del gran río, y de ahí estaba el inmenso puerto. No debería de equivocarse, debería ser cuidadoso y puntual. Un solo error, y todo estaría perdido. Lo primero, era cambiar estos andrajos por algo menos llamativo, así que no pensó mucho ni tuvo muchos reparos al atacar a un guardia de uno de los puestos. Robó sus botas, los pantalones, y la camisa. También la pistola. Que bueno que aún guardaba el cuchillo. Luego atacó a otro, no se puso a pensar en resentimientos o sentimientos de culpa. Le robó un chaleco y su espada, también un sombrero alado, y ya vestido así se embarcó en la búsqueda de su principal objetivo: un árabe.

No demoró mucho en encontrarlo. En estos remotos lugares, los árabes son como granos de carbón en la harina, o como una gota de aceite en un vaso de agua, no puede dejar de notarlos, por sus vestimentas tan llamativas, sus gritos y su peculiar forma de hablar. Ya había tenido oportunidad de tratar con uno de ellos, el comerciante Mohamed Al Califi, de quien tenía buen concepto. Son usureros, tacaños, pero justos, eso pensaba. Este no demoró en notar que la piedra era algo realmente valioso, sus ojitos se encendieron con un brillo peculiar al verla, y no tardó mucho en empezar a negociar su precio. Debía irse con cuidado, William debía de negociar, sino el árabe notaría que algo anda mal. No tenía mucho tiempo, así que la negociación duró menos de lo habitual. Pero, el comerciante árabe se dio por satisfecho, esta piedra era una joya realmente valiosa, así que pagó en monedas de oro el precio acordado.

Ya con las monedas, se dirigió a la taberna, y es ahí donde notó a esa pareja díscola. Uno de ellos era un hombrecillo de algo mas de 1.5 metros, delgaducho, nariz respingada, ojos vivaces, modales refinados, nervudo, y muy ágil con las manos. El otro, era un gigante de casi 2 metros, de brazos y manos enormes, una panza algo prominente, barbudo, mirada gris bondadosa pero con una voz que parecía de trueno. Estaban en una competencia de quien toma mas copas de licor, y el resto apostaba.

"Estafadores"- pensó para sí William, pero se quedó a ver como terminaba. No le sorprendió que ganase el pequeñín, y que nadie pudiese mover al grandulón que "dormía" boca abajo sobre la mesa.

- Una moneda de oro a que tomo una botella completa y usted no soporta siquiera dos "vasitos".
- Eso es imposible, responde son un inconfundible acento francés.
- Entonces dos? Insiste William, poniendo las dos brillantes monedas sobre la mesa.
- Hecho!
A estas palabras, con un rápido movimiento, William toma la botella que estaba al lado del pequeño francés, y sin mediar palabras se toma el contenido casi sin respirar, de un solo trago. Luego eructa, y en viva voz llama:
- Cantinero, dos vasos de aguardiente para mi amigo, yo invito!

El francés sonríe. Levanta el primer vaso lleno de aguardiente, y pronuncia:
- A su salud, monsieur..
- Grant, William R. Grant.
- A su salud, Monsieur Gran,  Vive la France!
- Espere, interrumpe William, Cantinero! Un vaso mas! Nuestro "amigo" también quiere brindar - dice, mientras sonriente con un guiño dirige su mirada hacia el "dormido" gigante.
- Hay algún motivo en especial? Pregunta el francés.
- Quiero proponeros un trato.
- Y a buena fe nuestra, es algo que debería interesarnos? Interviene el "grandulón dormido" apenas volteando la cabeza sin haberse siquiera levantado de su posición inicial.
- Pues, hay que eliminar algunos españoles y portugueses, y rescatar algunos "amigos".
Silencio sepulcral, miradas de desprecio o de "algo mas?"
- Mucho oro, mucho ron, mucha diversión... tartamudea William.
- Ahora si tiene toda nuestra atención, monsieur Grant,  Théodore d'Alembert, "le tigre", a sus órdenes.
- Víctor Ivanovich Stepanov, "Vitia".
- Escuchadme con atención, esto es lo que haremos.

Y luego sucedió todo, tal y como lo habían planeado. Lograron liberar a los sobrevivientes de la masacre, y con no poco trabajo los pusieron a buen recaudo en lo profundo del bosque. Ellos, una vez ahí, se dirigieron en busca de una tribu hermana para juntos alcanzar la zona liberada de esclavitud en las fronteras de la sabana. No había tiempo para despedidas, ni para llorar a los muertos. Antes de despedirse, mama Ruana hace una pequeña marca en la frente de William, con su propia daga, le aplica una mezcla de hierbas, y le dice:

- Ahora eres uno de los nuestros. Esta marca servirá de señal para reconocernos en donde estemos.
- Volveré, mama Ruana.
- Lo sé - le responde, mientras venda la frente con un pedazo de tela - Y ahora, haz lo que tengas que hacer.

Mientras los aldeanos liberados, los niños y la jefe se adentran al bosque, William Gombo, Theo y Vitia se quedan parados mirando fijamente en dirección de la sabana africana, la inmensa y bella sabana.

- A moverse, ordena William.
- Como ordene, Capitán, repite Theo, mientras Gombo y Vitia lo miran perplejos.- Es el capitán, o no?, pregunta Theo. Los otros dos asienten.
- Bueno, basta, ordena William, necesitamos mas gente para la segunda parte.
- Y yo se donde encontrarla.
- No se por qué no me sorprende, señor Théodore.

Ya con diez "reclutas" mas, el pequeño grupo toma por asalto el barco de bandera española que se encontraba en el puerto. Con mucha audacia, sangre fría, suerte y mil maldiciones logran eliminar a los guardias, no toman prisioneros, los botan al mar, sabiendo que pueden nadar hasta la orilla, y se dirigen mar adentro, a toda vela, perseguidos muy de cerca por un galeón portugués de combate, artillado y con tropas a bordo. No sabe aún William si ha hecho lo correcto, solo sabe que es ahora un pirata, que ha robado un barco que tiene alguna carga valiosa a bordo, y que ahora será cazado por portugueses y españoles, y que también sus compatriotas ingleses lo están buscando para ponerle una bonita soga al cuello.

- Fuego!
- Fuego!

La primera andanada portuguesa es letal, destruye parte de la cubierta, y hay un forado en el lado de estribor. No tiene mucho tiempo, debe pensar en algo, o están perdidos. El ruido de las bombas destruyendo el viejo barco le hace ver su vida en cámara lenta, sabe que están perdidos. Pero tiene un plan, una idea loca, que podría funcionar.

sábado, 4 de julio de 2015

La hija de los mares. Capítulo 6 - La Aldea

- Un poco más, beba un poco mas.
- Gracias, pero creo que es suficiente. Ya me siento mejor.
- No sabe si se siente mejor hasta que no pueda andar por sus propios medios.
- Ya puedo mantenerme en pie. Además un poco más de esa "sopa" y no podré volver a tomar ningún líquido en mi vida. Me puede decir de que está preparada esta rara mezcla.
- Mejor que no lo sepa.
- Perdón?
- Que es mejor que no lo sepa, ya que podría sonarle muy extraño.
- No creo que ya nada pueda sorprenderme. O me lo dice, o me niego a seguir bebiendo.
- En serio?
- Nunca he hablado mas seriamente en mi vida...
- Bueno. Si así lo desea. Es una mezcla de sangre y leche de vaca.
- Que?! Pregunta William, mientras siente una salivación extraña en la boca. - Escuché bien?! Sangre?! Mezclada con leche?!
- Si señor William. Extraemos la sangre del cuello de las vacas, pero a ellas no les importa, luego las mezclamos con un poco de leche y se obtiene este "manjar de los Dioses".
- Déjese de bromas, señor Gombo. Cómo puede ser posible semejante cosa? Con razón sentía un sabor extraño en ese brebaje.
- Pero, señor William, ese alimento lo ha recuperado casi por completo. Ya casi puede mantenerse en pie.
- A propósito.... Donde esta, mama...?
- Ruana?
- Si.
- Voltea...

Al voltear la cabeza hacia la dirección indicada, William nota a través de la pequeña ventana algo que lo deja boquiabierto. La imagen que se presenta ante los ojos medio adormilados de William parece sacada de un revista o de un cuadro de antología: una mujer hermosa, que aún no ha llegado a madurar por completo, amamanta a dos criaturas pequeñas, al mismo tiempo, mientras hay otras tres mas que duermen a su lado. Los niños son pequeños, es cierto, pero de edades diferentes. Todos iguales, y a la vez diferentes, unidos por una sola mujer, a la que llaman Mama Ruana.

- Un poco confuso?
- Mi querido Gombo, si no me explica al detalle lo que está sucediendo, es muy probable que asuma que esto es irreal, o es un sueño, o ambas cosas a la vez. Primero, como es posible que una "casi" niña tenga tantos hijos, y segundo, por que la llaman ""mamá"?
- Así es, señor William, ella es la madre de los que quedan en la aldea. Por si no lo ha notado aún, no hay muchas personas en derredor. Solo algunos "ancianos",  muchas personas enfermas y mutilados. Son pocos los jóvenes, y más aún las mujeres. Sucede que desde hace buen tiempo se llevan a las niñas por sobre todo para venderlas como esclavas fértiles, y así mantener su negocio lucrativo. Antiguamente era la mujer mas sabia y la abuela de todos quien recibía todos los conocimientos desde nuestros ancestros, pues ellas vivían más. Y es que nosotros los hombres, moríamos mas rápido, ya sea cazando o luchando, pero ellas... al quedarse en "casa" tenían mejores oportunidades de sobrevivir. Por eso entre ellas se escogía al "jefe" de la comarca. Y eran ellas las que se encargaban de enseñar todo a las "sucesoras". Y bien, es así que Mama Ruana, es la nueva "jefe", y ella se encarga de enseñar a otras "jóvenes" los sabios conocimientos. Además, se encarga de la administración de justicia, de la distribución de alimento y de fijar el "rumbo" de la comarca.
- Rumbo? A que te refieres?
- No estamos en un solo lugar todo el tiempo. El ganado nos obliga a movernos constantemente. Mas aún que ahora solo tenemos unas cuantas cabezas, y los blancos nos cazan como animales. Mama Ruana nos está guiando a tierras libres, mas allá de las orillas del gran río, donde nacen las vertientes. Ahí hay tribus que se han unido. Para allá vamos, es lo que pude saber.
- Y como saben que ese lugar existe?
- Hay muchos rumores, algunos han ido y han regresado. No es nada concreto, pero es nuestra esperanza, ya que de lo que era antes la comarca y la tribu, no queda casi nada.

Una sombra de tristeza invade el rostro del buen Gombo, que mira fijamente al horizonte, con una mirada perdida en las llanuras y el bosque. En su mirada se teje la pregunta: por qué? Una pregunta sin respuesta, sin nada que pueda explicar el salvajismo y la brutalidad humana, que trata a estas personas como seres inferiores, como brutos de carga y mano de obra barata. Llevados al extremo de tener que huir en sus propias tierras, en aquellos hermosos parajes que un día vieron nacer al primer humano y que dieron cuna a lo que es ahora nuestra civilización.

Algunos niños juegan, mientras las niñas al lado de mama Ruana, aprenden algo que les está enseñando. Tiene que ser de forma precisa y metódica, sin lugar a fallas. El tiempo es muy valioso, todas, sin excepción deben aprender las artes y los conocimientos ancestrales, para que cuando mama Ruana haya partido pueda una de ellas tomar su lugar. Desde preparar alimentos, recoger frutos, hacer tejidos, criar a los niños, preparar remedios, etc, etc. El tiempo es corto, y la tarea, sobrehumana.

William sigue sin creer lo que ven sus ojos. Es apenas una niña crecida, pero con una gran sabiduría en la mirada, una paz y una calma que enternecería a cualquiera, una mirada eterna de miles de años de historia y de aprendizaje. Una mujer guiando a un grupo de niños, ancianos, y algunos adultos, con la única tarea de sobrevivir y de evitar a toda costa a los esclavizadores y a los demonios blancos.

Se aterra al enterarse de los sacrificios humanos que realizan algunos brujos de tribus del norte, que para eso utilizan niños que capturan en redadas, y que utilizan sus manos y sus órganos para amuletos de la buena suerte. De esos también hay que cuidarse, y los pocos adultos jóvenes que hay no son suficientes para repeler un ataque.  Pero tiene que sobrevivir, luchar por su vida y su comarca, por su aldea y su tribu, o morir en el intento.

- Quiero ser parte de la tribu.
- No, señor William, no creo que sea posible. Para ser miembro de la tribu en primer lugar hay que ser marcado en el nacimiento, y además hay que saber mucho sobre la crianza de ganado y sobre supervivencia en la sabana, y un largo etcétera de cosas que, con su perdón, dudo que esté en capacidad de hacerlo.
- También lo creo, pero creo que podría venirles bien un brazo fuerte para algunas labores - replica William - Además, mi buen amigo, no soy un perfecto inútil, algo se hacer..
- No me refería a eso, señor William, solo quería que estuviese al tanto, para evitarse un sinsabor al ser rechazado.
- Es decir, ya me has rechazado.
- No, no soy yo quien puede definir eso, sino Mama Ruana y el consejo de ancianos.
- Del cual eres miembro.
- Tampoco eso es cierto, señor William. Aunque sea uno de los pocos adultos, el concejo de ancianos es elegido cada período de lluvias, y éste esta vigente. Así que, ni hablar, mi persona no puede influir de ninguna manera en esa decisión.
- Harías el favor de hacerle conocer a Mamá Ruana de mis pretensiones?
- Por supuesto, pero creo yo que sería mejor que los haga usted, personalmente, señor William.
- Cierto, había olvidado que entendía lo que me decía. Supuse que era una alucinación, pero parece que ella habla mi idioma natal tan bien como tú o yo.
- Hay muchas cosas de ella que lo sorprenderán.
- No me queda la menor duda, mi querido Gombo, no me queda la menor duda.

La tarde en la sabana africana regala unos paisajes que embelesan a los ojos. Los contrastes de colores, los sonidos, los olores traídos por el viento, forman una armonía tal, que no hay persona que no quede embelesado ante tamaña magnificencia. Al umbral de una pequeña y rústica cabaña, Gombo y William charlan de forma amena sobre los detalles de cada una de las pruebas que tendrá que pasar William para integrarse a la nueva comunidad. No será fácil, ya que no hay antecedentes de aceptar a foráneos al clan, pero por las circunstancias, al parecer no hay mas remedio.

Mientras los mayores se encargan del cuidado del ganado, las pocas mujeres de la recolección de frutos y de los pequeños, Mama Ruana y los "ancianos" (sólo dos realmente), se encargan de los bebes, que cuidan con gran celo. Gombo es el encargado de la vigilancia, y de ayudar a William con su recuperación.

La calma reina en la aldea. Hasta el clima y los elementos de la naturaleza parecieran haberse puesto de acuerdo para dar un poco de tranquilidad a estos golpeados fugitivos. Pero, nadie de los que en ella se encuentran, tiene idea siquiera de lo que se avecina. 

miércoles, 20 de mayo de 2015

La hija de los mares Capítulo 5 - Mama Ruana

Capítulo 5 - Mama Ruana

- Cuidado con esos aparejos!
- Por Alá, acaso sois sordos? Cuidado con esas cajas!
- Tiren con fuerza! Ahora!
- Tiren! Tiren! Tiren!

 El sonido en la cubierta es ensordecedor. Órdenes a gritos, jadeos, ruido de cajas que chocan y de quejidos, maldiciones en todos los idiomas, súplicas y quizá hasta llanto. En un aparente caos, solamente los capataces están confiados que todo camina a la perfección. El dueño de la mercadería, un árabe de nombre Mohamed Al Califi (qué árabe no se llama Mohamed) trata de evitar que su preciosa mercadería sea dañada por los sucios y harapientos estibadores. Lentamente, a un ritmo propio y guiado a gusto y antojo de los capataces, toda la mercadería del viejo barco de transporte es trasladada a buen resguardo al puerto, y el barco es cargado con otro montón de cajas, cofres y tantas cosas mas, ocupando nuevamente las bodegas del vetusto navío.

- Y bien, mi querido Gombo, parece que vuestra querida Angola desde este lugar se hace más accesible.
- Sí, señor William, se siente la cercanía de la jungla, de la sabana, el llamado de la madre tierra.
- Cómo puede usted decir eso, si me aseguró que es la primera vez que pisa tierras Africanas?
- No lo sé, señor William, no lo sé. Sólo sé que acá dentro hay algo extraño que hace que mi pecho sienta unos furiosos golpes que quieren desbocarse. Señala Gombo apretando un puño cerca al costado izquierdo.

Los dos compañeros están frente a la caótica multitud de estibadores, comerciantes y mercaderes, marinos, rufianes, soldados y mucha gente mas que trata de hacerse campo entre la marea humano y el caos que reina en el puerto comercial. Llegaron a este puerto como parte de la tripulación del buque mercante de bandera portuguesa prácticamente a cambio de comida y el traslado, pues no les importaba la paga, sino el llegar a buen destino. Sus salvoconductos franceses los hacían libres de vagar por el mundo y emplearse donde quisieran, pero tenían que irse con cuidado de no toparse con los ingleses, compatriotas de William, ya que no la pasarían tan bien. El viaje no tuvo contratiempos, Gabriel Parker, Gombo, era muy aplicado y la vida en el mar le caía a la perfección, parecía tener sangre de navegante. Aprendió rápidamente las labores y aptitudes que William generosamente le enseñaba, y también tuvo tiempo de practicar un poco el arte del manejo de la daga, aunque siempre decía con humildad, que nunca siquiera se igualaría al señor William. Una que otra pelea fortuita en el barco, ya sea por alimento o por ron, ninguna tormenta y ningún barco pirata. La travesía hacia el gran río Congo fue de lo mas tranquila que cualquiera pudiese esperar.

- El gran Congo, en toda su majestad.
- Mi abuelo me contó sobre este río, el Nzadi, o como los demás le dicen, Zaire o Congo. Para los nuestros será el río que se traga a los otros ríos. Y además es el hogar de los terribles monstruos que pueden engullir personas y hasta cocodrilos.
- He escuchado esos relatos, estimado Gombo, pero déjame decirte que no he podido verificar la certeza de ninguno de ellos, ya que en las pocas ocasiones que por estos lares me ha traído la providencia, solamente he tenido la oportunidad de ver peces comunes y corriente, y también comunes y corrientes, pero feroces cocodrilos. Aunque, a quienes más hay que temer es a los comerciantes de esclavos y a los forajidos, que esos sí son capaces de "tragarse" comunidades enteras.
- Tiene mucha razón, señor William. Aunque, debo dar crédito a los relatos de mi abuelo, jamás había visto río mas imponente que éste, y entonces, también debo creer en los monstruos que lo habitan.
- De acuerdo, estimado Gombo. Engonces iremos en búsqueda de las tierras de tu abuelo.
- Hmm, señor William, hay algo que no le he dicho aún, y pienso que es mejor que lo sepa.
- Habla pronto.
- A donde vamos el "jefe" de la tribu no es un hombre.
- Entonces, es un animal? Un Dios acaso? Un ser venido de otro planeta?
- No señor, es una mujer.

El rostro de William queda petrificado por unos segundos. La sorpresa y la incredulidad se apresan de sus facciones, otrora rudas y serenas, y luego de unos segundos, suelta una sonora y estruendosa carcajada.

- Ja, ja, ja... Ese si es un buen chiste, mi querido Gombo. Ja, ja, ja.. espere un poco, que no paro de reír, ja, ja, ja...
- Ja, ja, ja... Que bueno que le cause risa, señor, y que se alegre tanto de esto...

- Espera, no es broma?
- No señor William, no es broma.
- Y cómo diablos? Disculpa, no puedo entender...
- Ni yo tampoco, señor William, mi abuelo me explicó que la madre del clan es la jefa de todo, y que los hombres se dedican al cuidado de los animales, y a la defensa, y las mujeres tienen las obligaciones en la casa y con los niños, y aún así no podía entender, pero eso me contó mi abuelo.
- Es algo muy extraño, pero así como los monstruos del río, espero sinceramente que todo haya sido producto de las fantasías de tu buen abuelo, mi estimado Gombo. De no ser así, tendremos que vérnoslas con terribles peces traga humanos y "jefas" todopoderosos. Y la verdad, no sé a que temer más.
- No se preocupe, señor William, que también como decía mi abuelo, mi tribu me reconocerá apenas me vean, no en vano son las marcas en mi rostro.
- Eso no deja de ser cierto, pero yo no soy ni negro ni mucho menos tengo las dichosas marcas esas. Y a fe mía, que no quiero ponérmelas, ya bastantes cicatrices tengo.
- No será necesario señor William, usted viene conmigo, y eso se supone debe ser suficiente.
- Eso espero, Gombo, eso espero. Hmm, que extraño, el sol es implacable, pero tengo algo de frío...

Los dos viajeros se adentran a las caudalosas aguas del gran río Congo, llenos de mitos y leyendas, sobre monstruos, cataratas, seres de otro mundo y muerte. Llevan consigo apenas unas cuantas provisiones, Sus cuchillos y sus pistolas con algo de pólvora, y muchas ansias de encontrar la aldea de los abuelos de Gombo. Se lo debe, pues él le salvo la vida. Y está a punto de hacerlo nuevamente. Tendido el fondo del vetusto bote, arropado con una vieja y sucia manta, William se encuentra en un delirio frenético, luchando contra seres fantasmagóricos que lo atacan en sus pesadillas por la fiebre que lo aqueja. A sido atacado por una de las tantas enfermedades que asolan este viejo continente, y solamente su compañero de viaje, el leal Gombo, siente la esperanza de encontrar alguna cura en la aldea lejana.

- Apártate de mí! No es la hora aún! Necesito una botella de ron! Nooo, así no, maldito!
- Tranquilo señor, tranquilo. Beba este poco de agua. Un poco más y ya llegamos.
- Jones? Eres tú Jones?  Cabo John J Jones, preséntese!
- El cabo no está aquí. Tranquilo señor William, tranquilo.
-  Sargento William R Grant, de la Real Armada de su Majestad! Diga su nombre y rango, marino!
- Tranquilo señor William, tranquilo...
- Al ataque!!
- No se mueva señor, que está muy débil...
- Si señor, me declaro culpable. Merezco la horca! Merezco la horca!

- Quien eres tú?
- Mama Ruana.
- Mamá? Mamá?! Mamaaa.. siempre supe que te encontraría, siempre supe que no me habías abandonado. Tengo frío, mucho frío.
- Tranquilo, muchacho, todo va a estar bien.
- Mamá, mamá...

La voz de William, quejumbrosa y entrecortada por el llanto como si se tratara de un niño, es calmada por una mano cariñosa que le pone unos trapos viejos mojados en todo el rostro, y con la otra le da a tomar un brebaje preparado por ella misma con algunas raíces que conoce de toda la vida, transmitida por sus antepasados desde tiempos milenarios.

domingo, 10 de mayo de 2015

La hija de los mares. Capítulo 4 - Fugitivos

Capítulo 4 - Fugitivos

- Alto! Deténgase en nombre del Rey!
- Ayuda, por favor! Nos persigue la armada inglesa.
- Toda la armada inglesa?
- Hmm. No ciertamente, supongo que solamente parte de ella, señor oficial.
- Soy sólo un cabo. Si fuera oficial no estaría acá parado. Acerque su bote, para poder verlo. Pero... qué demonios?!

La imagen de la barcaza es deplorable. Hecho un remedo humano, con el hombro vendado en un trapo ensangrentado, yace William todo mojado. Gombo, está apenas remando, y su cuerpo fatigado y exhausto por tamaño esfuerzo, pide a gritos un poco de descanso. Llevan consigo algunas ropas que de los guardias habían tomado, un fusil, dos espadas, una pistola y dos cuchillos, uno que le diera Will a Gombo en el primer escape, que pertenecía a un oficial inglés, y el segundo más simple y usado, que perteneció a uno de los guardias castigados.

El estado de William es muy malo, apenas respira con mucho esfuerzo, y la piel está tan blanca como la luna misma, palidecida de tanta sangre perdida. Es levantado no sin poco esfuerzo, y casi convertido en un cadáver es puesto en manos del cirujano de a bordo de la nave francesa que los había encontrado. Pero el cirujano se da cuenta de algo que por su experiencia y su trabajo ha aprendido: William es un soldado, y es marino, inglés por todos lados. Una imagen y una idea ronda por su mente: espía. Solamente el hecho que esté muy mal herido, casi muerto, le hace dudar de ésto. Igual comunica en secreto al capitán del navío sus observaciones.

Gombo es también atendido en cubierta, tiene los brazos y las piernas agarrotados, un temblor enorme sacude a su cuerpo. Luego el cirujano lo ha revisado, nota las heridas de su cuerpo y las marcas y rápidamente da su veredicto: es un esclavo. Es alimentado, y luego puesto en la celda destinada para estos menesteres. Tendrán que esperar a que despierte el soldado inglés para poder averiguar que es lo que les ha pasado. A Gombo no parece importarle nada, se entrega al sueño y recostado en el suelo de la pequeña celda a la que fue destinado, se acurruca y duerme plácidamente como un pequeño niño.

- Buenos días, señor.
- Buenos días. Hmm, donde estamos?
- Espere un momento. A ver, mire mis manos, siga mis dedos con la mirada... muy bien. Apriete con fuerza mi mano..,.
- Auch... duele.
- Si, el dolor significa que está vivo. Y eso es bueno. Póngase de pie.

En forma automática, cumpliendo una orden, William a duras penas logra sentarse, y al intentar parase siente que una nube negra cubre sus ojos, y que el mundo da vueltas inmensas al rededor de su cabeza.

- Tranquilo, con paciencia. Al inicio sentirá mareos, pero luego todo se irá estabilizando. Su nombre y grado.
- Sargento William R Grant de la Real Armada inglesa. Dado de baja y condenado a la horca o el pelotón de fusilamiento. Huí de mis captores con la ayuda del señor Gabriel Grant, Gombo, pero fui herido.Usted es..
- Doctor Balthasar Leblanc, cirujano de a bordo de la fragata L'Hermione. Déjeme decirle que es bastante afortunado, señor Grant, ya que sus heridas por milímetros escasos no fueron mortales. No tiene gangrena y se está recuperando. Debe agradecer a su esclavo que...
- No es esclavo, es mi compañero.
- Tiene algún documento que pueda certificar esto?
- Ninguno, señor doctor. Pero al igual que no tengo documentos del señor Gabriel Parker, tampoco tengo algo que pueda confirmar mi nombre y mi historia.
- Pero, usted es blanco, y él es negro. Y sus cicatrices no dejan dudas sobre su pasado.
- Es cierto, pero debo insistir que somos camaradas, y que el señor Park es tan libre o esclavo como yo mismo.
- Bueno, acá tengo un salvoconducto del capitán de nuestro navío. Podrán tomar algún navío de retorno de las costas de Marruecos, que es donde los dejaremos. No tenemos espacio para dos pasajeros más a bordo.
- Debo agradecer su gentileza, y quedo con usted endeudado por tamaño servicio doctor Leblanc.
- No es conmigo, señor Grant, sino con el capitán, que quedó fascinado con la historia del señor Gombo, que escuchó encantado.
- Entonces, usted ya sabía..
- Por supuesto, señor Grant, y nuestra conversación solo fue para confirmar que no han mentido ni en una sola palabra, y que si han puesto de vuelta y media a la armada inglesa, pues son bienvenidos a bordo de L'Hermione. Lamentablemente, debemos dejarlos en Marruecos, ya que no podemos llevarlos con nosotros a nuestro destino. También por cortesía de nuestro capitán les serán entregados sus cuchillos y una pistola. El resto es propiedad de la corona, usted entiende.
- Muchas gracias, por cierto.

Fueron dejados en Marruecos. Algo de dinero, los prometidos cuchillos y la pistola. Un ex marino inglés con salvoconducto de Francia, y un negro liberto. Una extraña pareja, pero al fin sanos y libres, aunque no por mucho tiempo.

- Y bien mi querido Gombo, que hacemos ahora?
- Una difícil pregunta, señor William. Es algo que debería usted responder.
- No tengo ninguna idea sobre qué hacer con mi extraña libertad. Toda la vida que recuerdo está en el mar, en un barco, y en la batalla. Y ahora, que estoy en tierra firme, no se que haremos.
- Angola.
- Dijo algo usted, señor Gombo?
- Mi sueño era ir a la tierra de mis abuelos. Se que Angola está en el mismo continente que Marruecos, pero no sé como llegar allá. Me contaban de pequeño que las marcas que nos hicieron en el rostro era para reconocernos en cualquier lugar y momento. He estado observando a todos los que hay por acá y no he hallado a nadie siquiera que se parezca un poco a los de mi familia.
- He estado un par de veces en esos lugares, tierra inhóspita y salvaje, disculpe la expresión mi amigo. Pero si ese es su objetivo, pues ahora también es el mío. Iremos hacia Angola a buscar nuestro destino.
- Y a mis hermanos...

viernes, 8 de mayo de 2015

La hija de los mares. Capítulo 3 - Prisionero

Capítulo 3 - Prisionero

- Y bien, señor Grant, que puede aducir en su defensa.
- Nada, milord.
- Entonces, como se declara?
- Culpable, milord?
- Quienes fueron sus cómplices?
- Absolutamente nadie milord.
- Entonces, por los delitos de robo de la propiedad real, desacato, in-subordinación y mala fe es inmediatamente degradado y puesto en prisión para ser trasladado a la fortaleza militar más cercana, donde se le aplicará la pena que corresponda a su vil delito. De gracias que no estamos en alta mar, pues de ser así lo haría fusilar en el acto. Quiten de mi vista a este bastardo!

 William R Grant es despojado de su uniforme, encadenado y conducido a una celda. Nunca pierde ni su porte ni baja la mirada. Asume la magnitud de sus actos y es consciente que no se librará de ésta.

- Y bien mi querido amigo, de ésta parece que no saldrá bien librado.
- Nuestros caminos se separan, señor Jones. Una lástima para nuestros estimados camaradas españoles. Extrañaran el filo de mi espada y el calor de mi pólvora.
- Trataré de que no lo extrañen mucho señor Grant. Aunque también tendré que ocuparme por usted de nuestras amigas en Gibraltar.
- Y las de Barbados, y las de Marruecos, las de San José y las de. . . .
- Basta! Me hace sentir algo de nostalgia.
- Buena suerte, mi buen amigo. Lo estaré esperando en el infierno.
- Adiós Will.

 Un apretón de manos y unas palmadas cordiales. John se retira dejando a su amigo William en su celda, a la espera de su fatal final. Sólo espera que no sea la horca; que, por sus méritos y actos de valentía, sea fusilado y enterrado.

"Dios guarde tu alma, buen soldado".

 Encadenado en su pequeña celda húmeda y oscura, recostado contra la dura y fría pared, William R Grant, con los ojos cerrados trata de comunicarse mentalmente con el gran e inmenso océano. Hubiese preferido mil veces la muerte en cubierta, a ésta humillación y maltrato. La bulla de la calle, las voces altisonantes, la música estruendosa no lo dejan tranquilo. Aún está en el puerto, en una pequeña celda para maleantes a la espera del transporte que lo llevará a su fatal final destino.

- Levántate, bastardo!
- Espero que ya hayas rezado y pedido perdón por todos tus pecados, malnacido!

A empellones, es conducido a la jaula que servirá de transporte hacia su final destino. Se somete sin oponer resistencia. Es escupido, abofeteado, orinado. Los cuidadores hacen fiesta con los castigos. Acepta sin decir palabra, sabe que oponer resistencia, o protestar es en vano.

"Mi Dios, soy pecador, y acepto mi castigo. Solo te pido, que no me lleven a la horca, prefiero las balas amigas en mi cuerpo envejecido". Reza y pide en silencio que la tortura no se prolongue, y que la muerte, la señora de la guadaña de él se apiade y lo recoja lo más pronto posible de este valle de lagrimas y sufrimiento.

La vetusta carreta se detiene a mitad del camino.  "Quieren nuevamente distraerse conmigo" Piensa William, y se prepara para recibir de nuevo el castigo. Se incorpora lentamente, y se baja de la carreta. Siente un aliento a ron penetrante en su espalda, y luego algo que le golpea la cabeza. El mundo se apaga llevándose su alma de paseo por el bosque de las ánimas.

Nuevamente está en alta mar, navegando en el inmenso océano, en búsqueda de la gloria y la fortuna, en búsqueda de hazañas memorables, en búsqueda de la princesa incomparable....

- Despierte, señor. Beba un poco de agua, le hará bien.

Cree que aún está soñando, o quizá está muerto. Le parece oír la voz del esclavo negro que había liberado, incluso llega a sentir el olor a quemado que tanto a sus narinas habían torturado.

- Gombo? Pronuncia con una voz adolorida y semi abriendo un ojo. - Pero, qué demonios?
- Descanse señor, la herida es profunda, y no creo que podamos llegar a tiempo para que lo curen.
- Me duele el hombro..
- La herida es profunda, y ha perdido mucha sangre. No pude evitar la estocada del soldado, unos centímetros más y hubiese logrado su cometido.
- Cómo terminé acá?
- Se lo contaré lo mas detallado y corto que pueda.

Gombo procedió a contar a William que apenas se hubo subido a la barcaza, se percató que el cuartelero había despertado. También pudo ver que éste vio a William bajando del barco, y dar enseguida la alerta general. Sabiendo que iban a buscarlo, prefirió llevar al bote cerca a la bahía y esconderlo entre la basura. Luego pasó lo que quedaba de la noche deambulando cerca a las tabernas, escondido entre las sombras, temiendo ser capturado en cualquier momento.

Observó como capturaron a William, luego en la mañana desde su escondite privilegiado, noto que era enjuiciado en la cubierta del barco, y luego encadenado y trasladado a una carceleta en tierra firme, destinado a ladrones y forajidos. Vio zarpar el barco ese mismo día, y vio que los guardias de la carceleta encargaban el traslado del preso a dos soldados de bajo rango, ya que el tramo era corto.  Noto que estos habían bebido bastante la noche anterior, y que estaban con una cruel resaca. Vio que se detuvieron a comprar ron en el camino y que iban muy alegres hacia su destino. Apoyado por las sombras y por que su color de piel se camuflaba muy bien, Gombo los siguió sigilosamente, hasta que pudo notar que se detuvieron, y que sobre algo estaban discutiendo los dos cuidadores. Una vez que golpearon a Will, pudo de la misma manera poner fuera de combate a uno de ellos, pero el segundo logró desenvainar su espada, y herir al prisionero en el brazo, lo que le dio tiempo para también noquearlo.

Desnudó a los soldados, que de ebrios y golpeados, dormían la mona cual niños. Los ató uno al otro, los metió en el carro, y azuzó al caballo. Se quedó con sus armas y ropas, sobre todo con las botas. Cargó al maltrecho Will sobre los hombros, y lo metió a la barcaza, partiendo en dirección a las costas francesas, esperando ser afortunado. Había con trozos de tela la herida de Will vendado, pero aún así sangraba copiosamente. Le dio de beber, pero aún así él estaba delirando.

- Entonces, señor Gombo, estoy en deuda con usted. Me ha salvado la vida.
- No, aún no. Está usted muy mal herido, y si no encontramos pronto algún cirujano, pasará a mejor vida, de eso no tenga duda.
- No la tengo, pero y si me toca morir hoy, pues no ha elegido usted mejor sitio.
- Aún no es tiempo de morir. La preciosa dama, como usted la llama, aún no ha venido.
- Vendrá cuando tenga que venir. No tiene algo de ron?
- Lo que pude quitar a sus amigos carceleros, únicamente. Beba un sorbo.
- Lo necesito, lo necesito. A su salud, señor Gombo. Ahora somos dos fugitivos, perseguidos por las fuerzas más poderosas del mundo entero.
- Duerma señor, aún no se nota la línea costera.

William cae dormido, o inconsciente, ni él ni Gombo lo saben. La noche y la niebla los cubren en su manto protector, y el mar está hoy apacible, como dándole una oportunidad a este par de fugitivos.

La hija de los mares. Capítulo 2 - La fuga.

Capítulo 2 - La fuga.

Apenas repuesto de sus heridas de combate, William se dirige hacia cubierta, observa hacia un lado el puerto bullicioso y caótico, mundano y sucio, y hacia el otro lado la línea de horizonte donde mueren los astros y se pierden las esperanzas. El mar eterno y glorioso, cuna y tumba de héroes y villanos, de hazañas y tragedias. No conoce otro hogar, no sabe qué es vivir apartado de un barco, de la brisa marina y de la inmensidad de los vastos océanos.

Ha recorrido el mundo entero conocido a borde de navíos de guerra y de carga, ha participado en combates, asaltos terrestres, ha sido herido múltiples veces, en dos ocasiones capturado, pero también oportunamente liberado. Ha visto hundirse sus embarcaciones con toda la tripulación y ha estado a la deriva en alta mar hasta por dos meses, flotando en una pequeña barcaza, alimentándose de peces y de agua de la lluvia.

Amores ha tenido muchos, como buen marino. Una mujer diferente en cada puerto. Ha pagado por amor, bebe hasta la última gota del último jarro. Sabe que hoy es lo único que importa. Las heridas ya cicatrizaron y hoy nuevamente se enfrentará al fuego y espadas enemigos, enfrentará a la muerte con el aplomo de siempre. "Querida amiga, elegante dama, señora muerte, dame la gracia de partir con honor y gloria, en el fragor de un combate, alcanzado por una espada, o volando en mil pedazos por una granada"

La vida en el mar es lo único que conoce. Apenas tiene 25 años y ya es un viejo lobo de mar. Conoce todos los secretos de una nave, se ha desempeñado desde cocinero hasta timonel, ya que se embarcó a los quince años. Todos han notado que en la fila de los fusileros y en el abordaje es sumamente eficiente y letal, y que por alguna razón es siempre obviado por la muerte. Tamaña suerte la suya. Espadachín diestro y letal, tiene una puntería formidable con las armas de fuego, y ha aprendido el manejo del cuchillo con tal precisión y sigilo, que a veces los oficiales de a bordo le tienen miedo.

William R Grant, abandonado en un orfanato al nacimiento, con una nota indicando su nombre, nunca supo que significa la R. Apenas pudo escapó y se ofreció de voluntario en un barco mercante. Posteriormente, con la edad apropiada, se presentó a la armada real. Quería más acción, quería ser parte de la armada más poderosa del mundo entero. Y fue aceptado. Ese mismo día conoció a John J Jones, que llegó a filas unas horas después. Se convirtieron en grandes amigos. William tuvo algo más de suerte, ya que por sus habilidades de marinero, lo ascendieron antes. Igual estaban juntos en todo momento. O casi. En fin, nunca supo quien partiría primero, pero tenían un acuerdo, no dejarse morir lentamente, y siempre ayudarse mutuamente.

"El mar, el océano, el inmenso e imponente océano. Eres mi cuna, y también espero que en el momento final me recojas en tus brazos... "

Un sonido extraño, como una especie de música gutural, lo saca de sus meditaciones. Viene de la bodega. Mas que una canción, parece un lamento. Baja sigilosamente hacia la bodega de carga, y al levantar la mirada encuentra al esclavo, aún encadenado, cubierto de harapos desgarrados, volteado hacia la pared, mostrando su espalda con rastros de sangre y huellas de haber sido azotado. Es costumbre universal azotar a los esclavos para evitar desobediencia y evitar que huyan. No hay otra manera de someterlos. Pero, se siente compungido. Pensar que pudo haber muerto, que quizá el matador español le hubiese hecho un favor al liberarlo de esta cruel y tormentosa vida. Un leve remordimiento atrapa a su corazón envejecido.

Vaya, "envejecido" a los 25 años. Son apenas 10 años en el mar, y ya se siente parte de él, y se está convirtiendo en un blandengue.

Coge un poco de agua, algo de ron. Se acerca a Gombo.

- Bebe.
- Gracias. Responde en un inglés masticado, pero bien pronunciado.
- Cómo aprendiste a hablar en mi idioma natal? Pregunta William, algo desconcertado.
- Soy de Virginia.
- De las colonias?
- Exacto, pero mis padres son de Angola. Fueron capturados por españoles, el barco de transporte hundido por holandeses y vendidos por éstos a los ingleses. Yo nací ahí. Pero luego, me vendieron junto a mis hermanos, ya que mi amo quedó en la ruina. Éramos trasladados hacia una colonia española, hasta que ustedes llegaron.

Todo esto lo refirió Gombo de un tirón, como quien recita un poema. También dijo que su nombre de bautizo era Gabriel Parker, pero que su verdadero nombre, de su tribu, era Gombo. Y que ahora que estaba solo, ya nada le importaba. No tenía a nadie en este mundo. Y lo que estaba cantando, era la canción con la que su madre lo arrullaba. Su madre. Había muerto con la malaria. Aún el era un niño, y su padre, aunque viejo, también fue vendido. Pero no sabe a donde ni a quién.

Piensa unos segundos, y no sabe porqué toma esa decisión. Lo libera de sus cadenas. El guardia está borracho y felizmente dormido. En cubierta no hay prácticamente nadie, y la tarde ha traído sombras y niebla.

- Tome, señor Gabriel Parker, Gombo. Este cuchillo le perteneció a un oficial inglés, muerto en combate. Con mucha suerte y mucha más destreza, podrá cruzar el canal, y ruegue a Dios y a sus dioses de encontrarse con los franceses. Ellos, bien sabido es, nos odian a muerte. Puede mostrar el cuchillo y aducir que ha huido y dado eterno descanso a su amo inglés. Será bien recibido. Y que tenga suerte, mucha suerte.

- Por qué lo hace?

- Ya no pregunte estupideces, que yo mismo no entiendo. Y apúrese, que me arrepiento.

Y sin decir más, luego de haber entregado unas viejas ropas que ha hurtado, y el cuchillo de empuñadura de marfil viejo, empuja a Gombo y el pequeño bote a mar abierto, esperando no haberse equivocado al haber hecho caso a sus instintos.

Se para nuevamente sobre cubierta. Aspira el aire espeso, salino y húmedo de la noche. Nuevamente es abordado por sus recuerdos, necesita un buen trago de ron y algo de compañía. Se dirige al puerto, a paso cansino y lento. La bulla que impera en las cantinas y bares, no hacen que note que en cubierta del navío se ha dado la alerta general.


miércoles, 6 de mayo de 2015

La hija de los mares. Capítulo 1 - Gombo.

Capítulo 1 - Gombo.

- Y bien, mi querido amigo. Está listo para entregar su alma al diablo.
- Lo que es yo, estimado señor Jones,  aún pretendo darle lata a nuestros amigos españoles, y no es mi intención librarlos de mi grata compañía tan pronto. Primero les haré el favor de abandonar este valle de lágrimas a la mayor cantidad posible de ellos.
- Si es que antes no le hace el favor a usted uno de ellos, mi querido señor Grant.
- No será así. Y en esta ocasión tendrán el placer de caer rendidos a mis pies... Ja, ja ja.
- No sin antes hacer una real reverencia... Ja, ja, ja.

- Fuego!
- Fuego!

El sonido de los cañones ensordece a los marineros. Por todos lados vuelan trozos de madera astillados, metralla candente, sangre y partes de cuerpos mutilados.  Gritos de dolor, gritos de furia. Solo los asaltantes de su real majestad se mantienen firmes, con una mirada impasible, serena y tranquila, esperando la orden de abordaje. En primera fila, el sargento William R Grant al lado de su fiel amigo el cabo John J Jones por enésima vez se aprestan para participar en un abordaje. Frente a ellos, los gritos ensordecedores en la tripulación del galeón español muestran que la artillería inglesa en mas efectiva que la española y las bajas y daños en el lado español son superiores.

- Al abordaje!
- Al abordaje!

Se cruzan los tablones, y los primeros de la fila caen bajo el certero tiro de los fusileros, pero ya la segunda fila está empujando y se abren paso para, con los sables y bayonetas, crear estragos en las filas enemigas. Gritos de dolor y de furia, gritos de guerra y de muerte.Cesan los cañones, es tiempo de la brutal embestida humana.

A fuerza de entrenamiento y experiencia de combate, el sargento Willian R Grant se abre paso entre la caótica multitud y se dirige al puente. De un certero tiro pone fuera de combate al timonel, dejando el comando del galeón español a la deriva, y, sin darse cuenta, se pone frente a frente al que podría ser el capitán del navío abordado, que acaba de eliminar de una certera estocada a uno de sus compañeros de lucha.

Se miran por un segundo, el español hace un gesto que lo pinta de cuerpo entero. Es noble, es aguerrido, y la forma de manejar la espada demuestra que no es la primera vez que está en situación semejante. La altivez de su mirada, la elegancia de sus movimientos, lo hacen un digno oponente para cualquier combatiente. William no se inmuta, ataca en forma metódica y sin apuros, midiendo cada uno de los pasos y movimientos de tan formidable oponente.

Un dolor punzante en la pierna derecha y un ligero cosquilleo le indican que ha sido herido. El furor de la lucha y la adrenalina hacen que siga peleando,sin prestar atención a la lesión sufrida. El ataque del español es efectivo y abrumador, tanto así, que trastabilla y resbala por las escaleras. El español no se inmuta. Se mantiene en la cima del puente, mirando en dirección de William, que yace indefenso en el piso. Recupera su sable, y con un elegante movimiento, el sargento Grant está nuevamente en el puente batallando con el capitán español.

Un par de lances, y en una maniobra extraña, con una estocada limpia, Grant  pone fuera de combate al español. Cae aparatosamente, exhalando un extraño estertor con el último aliento.

Como por arte de magia, la lucha se detiene. Lo españoles sobrevivientes deponen la armas, y levantan los brazos en signo inconfundible de rendición incondicional.

El breve silencio es roto por unos sonidos inconfundibles de disparos, seguido de gritos y sonidos de forcejeo que provienen de las bodegas de abajo.

Con un movimiento ágil, Grant se desliza hacia la entrada de las bodegas, y descubre una imagen macabra. Con las manos ensangrentadas, y blandiendo una espada, un fornido hombre está dando muerte a uno de los esclavos encadenados en la bodega de carga. Ya hay varios cuerpos inertes, y solamente uno mas se mantiene de pie, esperando su final a manos del matador.

Casi sin pensarlo, William se abalanza sobre el atacante, y con un gran porrazo en la nuca lo deja fuera de combate. Patea la espada del caído, y dirige su mirada hacia el montón de cadáveres aún sangrantes. Mira al sobreviviente. Tiene una mirada perdida, de desaliento y desesperanza, Nota unas extrañas marcas en su rostro, que aunque joven, están surcados por marcas de mil tormentos. Lo escruta, no está lastimado, Aligera sus cadenas, y permite que estire un poco las manos.

- Cómo te llamas? Pregunta en inglés, francés y español mal pronunciado.
- Gombo. Es la única y lacónica respuesta.

- Tardará mucho, señor Grant, de cortejar a su nueva conquista? El capitán lo solicita en la cubierta.
- No es hora de bromas, estimado Jones. Este pobre infeliz acaba de perder al parecer a toda su familia.

Notan que el esclavo de piel oscura como la noche sin luna, mira fijamente hacia los cuerpos inertes caídos al lado. Tienen unas marcas extrañas en el cuerpo y rostro similares. Pobres brutos, piensan para sí los guerreros, fueron sacados a la fuerza de sus aldeas, transportados como ganado, vendidos como mercancía, y terminan sus días acuchillados por sus cuidadores, para no ser utilizados por el enemigo.

Es cierto, la vida del soldado es dura, en una nave de guerra es mas dura aún. Pero nada se compara al destino cruel de los que son arrebatados de sus casas para ser convertidos en bestias de carga a servicio de cualquier desalmado. Es el cruel destino de un esclavo.

- Se puede saber porqué no capturó con vida al Capitán del galeón, señor Grant.
- No pude aprehenderlo, milord. Lastimosamente tuvo que enfrentarse al filo de mi bayoneta, y no salió airoso de este lance.
- Y que es lo que tiene usted para mí, señor? Pregunta el capitán inglés dirigiendo su mirada hacia el esclavo que se encuentra parado detrás de Grant, al lado del cabo Jones.
- Hmm, es uno de los esclavos que tenían en la bodega, milord. Lastimosamente el resto del cargamento fue fatalmente dañado.
- Muy dañado?
- Irreversible mente, milord?
- Es decir, quedaron inutilizados?
- En forma permanente, milord.
- Es una lástima, ya que esta carga es muy valiosa para los intereses de la corona. Tome todas las previsiones para que el "cargamento" sea tratado adecuadamente.
- Como ordene, milord.
- Ah, y la próxima vez que tenga a un noble de tan alto rango frente a su espada, háganos el favor de capturarlo vivo, señor Grant, aún a costa de su propia vida.
- Como ordene, milord.

Nunca cumple al pie de la letra las órdenes de los oficiales. Es una de las razones por las que aún está con vida. Es un soldado y un marino notable. Es tan útil en combate como 10 similares, y con su compañero Jones, son considerados afortunados, ya que hasta ahora solo han tenido heridas superficiales, y no están mutilados.

- Ejem, señor Grant. Cámbiese esos pantalones, que lleva demasiada sangre empapada.

Un ligero mareo y la oscuridad se apodera de sus ojos. Cae pesadamente cuan largo es, sobre la cubierta. Ha sangrado demasiado, y ha perdido la consciencia. Lo último que siente son unos poderosos brazos que amortiguan su caída y un extraño olor a quemado en sus narinas.

El sargento Grant es auxiliado inmediatamente, la cortada en la pierna es limpia, fue rápidamente suturada y desinfectada. El cirujano de a bordo hace un trabajo impecable. Se recupera en su litera, y en sus sueños y pesadillas ve a un monstruo alimentándose de entrañas humanas y sangre viva.

Al despertar recibe con alegría los alimentos. A su lado, su inseparable amigo Jones, también vendado.

- Somos como hermanos, mi querido William, Casi gemelos, mira mi vendaje en mi pierna derecha, es similar a la suya, solo que usted la tiene en la izquierda.
- Es decir, señor Jones, podríamos caminar juntos usando nuestras piernas sanas.
- Pero eso no se vería muy noble ni masculino, estimado señor Grant.
- Es cierto. Pareceríamos una pareja antinatural e inhumana.
- Mejor sigamos descansando, que pronto llegaremos al puerto con la carga, y ahí encontraremos alguna paz y diversión a nuestros maltrechos cuerpos.
- Tiene toda la razón, señor Jones. Es mejor descansar.

Lentamente el navío ingles se va acercando a la bahía. En el camarote dos compañeros de mil combates se recuperan alegres de sus heridas. En una bodega, cargando aún cadenas, un esclavo solitario, de nombre Gombo espera su destino incierto.