domingo, 5 de julio de 2015

La hija de los mares Capítulo 7 - La cacería.


- Cómo sucedió?
- No me queda claro, pero que bueno verlo de nuevo, señor William.
- Y donde está ella?
- La tienen mas al fondo, con las demás mujeres.
- Y el resto?
- También allá, a nosotros nos pusieron aparte por estar muy lastimados.
- Te duele mucho?
- No, no es muy profunda la herida, pero si tardará mucho en cerrar, en caso de que pueda llegar a un lugar donde pueda descansar por algún rato. Pero, y su herida en la cabeza?
- Nada de importancia, solo una herida escandalosa que sangró en abundancia y dio la apariencia de que ya era un cadáver, además, el hecho que quedé inconsciente fue de ayuda.
- Eso es muy cierto. Y cómo hizo para llegar hasta acá?
- Recuerdas esas rocas que encontramos?
- Las de loa cueva en su primera iniciación?
- Exacto!. Son diamantes, enormes diamantes. Cambié una con un mercader árabe de la zona por algunas monedas de oro. Y, el resto fue fácil, mi querido Gombo. El licor y el oro lo pueden todo. Claro está también el filo de mi navaja y alguna ayuda de pólvora y de alguno que otro "amigo".

Con algo de dificultad, logra poner a Gombo en pie, pues la herida en el muslo le dificulta moverse por cuenta propia. Pero logra su cometido. Un buen trago de ron, suficiente medicina para que pueda recobrar fuerzas y valerse "por si mismo". Sin demora acuden a la parte posterior de la casucha, adecuada como "jaula" para los nuevos esclavos. Sin mucha dificultad logran poner fuera de combate a los pocos guardias, que duermen la mona, después de haber ingerido una dosis extra de ron.

- Tengo que presentarlos: señor Gabriel Parker, "Gombo", los señores Théodore d'Alembert y Víctor Stepanov.
- Un gusto, monsieur Gombo. Para mis amigos, solamente  Theo, "le tigre".
- Víctor Ivanovich Stepanov, para servirlo. Vitia, para los amigos.
- "Osito" seria mejor- socarronamente interviene Theo.
- Ya señores, ya habrá tiempo de coquetear y cotorrear, sigamos con nuestro plan.
- A sus órdenes Capitán.

Es la primera vez que lo llaman así. Le hace gracia, pero se siente bien escuchándolo. Sin prosas, se dirigen donde está el resto de los prisioneros. Gombo de adelanta y en voz baja les indica que deben ser cautos y silenciosos. Deben aprovechar las penumbras para poder ponerse a salvo, y huir lo más rápido posible a la espesura de la madre selva.

El ataque fue de madrugada. Fueron emboscados y cazados, con redes y lazos. Los que opusieron resistencia, fueron rápidamente silenciados. William fue uno de los primeros en caer con un certero golpe en la cabeza, que le produjo una herida que sangró profusamente y le hizo perder la consciencia. Al final, cuando tuvieron que revisar los cuerpos, consideraron a William como uno de los atacantes fallecidos, así que lo abandonaron entre los cuerpos de los demás, para ser alimento de los carroñeros. Los ancianos fueron eliminados en el acto, y todos los demás, cual bestias salvajes, puestos en jaulas, los niños, atados de manos, los mayores, y así fueron conducidos al puerto para ser trasladados en el siguiente barco con destino a las colonias americanas. Los mas valiosos eran las niñas, ya que se vendían para reproducción, o se usaban para distracción de los marineros. William no demoró mucho en despertar, pero tuvo que mantenerse oculto, esperando no ser descubierto. No fué ultimado, pues no lo creyeron necesario. Eran españoles y portugueses, con algunos bribones contratados en el puerto, que atacaron a la comarca, solo para conseguir esclavos. Tuvo que presenciar como ultimaban a los dos "ancianos", como obligaban a caminar a Gombo, a pesar de tener una herida en el muslo, que al parecer no era nada grave. Como degollaron a los dos bebés que amamantaba mama Ruana, a quien violaron en el acto, y como pusieron a los niños en una jaula, y a los demás, los ataron, para a golpes guiarlos hacia el puerto.

Con algunos jirones de su ropa pudo hacerse una especie de vendaje en la herida que había dejado de sangrar, se limpió lo mas que pudo, y se dirigió a la cueva, donde unos días atrás estaba realizando una de las pruebas de iniciación para ser parte de la tribu. Recordaba haber visto unas piedras que llamaron poderosamente su atención, por lo cual las escondió, y ahora volvía por ellas. Tendría que ser rápido, llevaba un plan en mente. No había tiempo que perder.

Como alma que lleva el diablo se dirigió al puerto. Sabía que tendría que salir a la desembocadura del gran río, y de ahí estaba el inmenso puerto. No debería de equivocarse, debería ser cuidadoso y puntual. Un solo error, y todo estaría perdido. Lo primero, era cambiar estos andrajos por algo menos llamativo, así que no pensó mucho ni tuvo muchos reparos al atacar a un guardia de uno de los puestos. Robó sus botas, los pantalones, y la camisa. También la pistola. Que bueno que aún guardaba el cuchillo. Luego atacó a otro, no se puso a pensar en resentimientos o sentimientos de culpa. Le robó un chaleco y su espada, también un sombrero alado, y ya vestido así se embarcó en la búsqueda de su principal objetivo: un árabe.

No demoró mucho en encontrarlo. En estos remotos lugares, los árabes son como granos de carbón en la harina, o como una gota de aceite en un vaso de agua, no puede dejar de notarlos, por sus vestimentas tan llamativas, sus gritos y su peculiar forma de hablar. Ya había tenido oportunidad de tratar con uno de ellos, el comerciante Mohamed Al Califi, de quien tenía buen concepto. Son usureros, tacaños, pero justos, eso pensaba. Este no demoró en notar que la piedra era algo realmente valioso, sus ojitos se encendieron con un brillo peculiar al verla, y no tardó mucho en empezar a negociar su precio. Debía irse con cuidado, William debía de negociar, sino el árabe notaría que algo anda mal. No tenía mucho tiempo, así que la negociación duró menos de lo habitual. Pero, el comerciante árabe se dio por satisfecho, esta piedra era una joya realmente valiosa, así que pagó en monedas de oro el precio acordado.

Ya con las monedas, se dirigió a la taberna, y es ahí donde notó a esa pareja díscola. Uno de ellos era un hombrecillo de algo mas de 1.5 metros, delgaducho, nariz respingada, ojos vivaces, modales refinados, nervudo, y muy ágil con las manos. El otro, era un gigante de casi 2 metros, de brazos y manos enormes, una panza algo prominente, barbudo, mirada gris bondadosa pero con una voz que parecía de trueno. Estaban en una competencia de quien toma mas copas de licor, y el resto apostaba.

"Estafadores"- pensó para sí William, pero se quedó a ver como terminaba. No le sorprendió que ganase el pequeñín, y que nadie pudiese mover al grandulón que "dormía" boca abajo sobre la mesa.

- Una moneda de oro a que tomo una botella completa y usted no soporta siquiera dos "vasitos".
- Eso es imposible, responde son un inconfundible acento francés.
- Entonces dos? Insiste William, poniendo las dos brillantes monedas sobre la mesa.
- Hecho!
A estas palabras, con un rápido movimiento, William toma la botella que estaba al lado del pequeño francés, y sin mediar palabras se toma el contenido casi sin respirar, de un solo trago. Luego eructa, y en viva voz llama:
- Cantinero, dos vasos de aguardiente para mi amigo, yo invito!

El francés sonríe. Levanta el primer vaso lleno de aguardiente, y pronuncia:
- A su salud, monsieur..
- Grant, William R. Grant.
- A su salud, Monsieur Gran,  Vive la France!
- Espere, interrumpe William, Cantinero! Un vaso mas! Nuestro "amigo" también quiere brindar - dice, mientras sonriente con un guiño dirige su mirada hacia el "dormido" gigante.
- Hay algún motivo en especial? Pregunta el francés.
- Quiero proponeros un trato.
- Y a buena fe nuestra, es algo que debería interesarnos? Interviene el "grandulón dormido" apenas volteando la cabeza sin haberse siquiera levantado de su posición inicial.
- Pues, hay que eliminar algunos españoles y portugueses, y rescatar algunos "amigos".
Silencio sepulcral, miradas de desprecio o de "algo mas?"
- Mucho oro, mucho ron, mucha diversión... tartamudea William.
- Ahora si tiene toda nuestra atención, monsieur Grant,  Théodore d'Alembert, "le tigre", a sus órdenes.
- Víctor Ivanovich Stepanov, "Vitia".
- Escuchadme con atención, esto es lo que haremos.

Y luego sucedió todo, tal y como lo habían planeado. Lograron liberar a los sobrevivientes de la masacre, y con no poco trabajo los pusieron a buen recaudo en lo profundo del bosque. Ellos, una vez ahí, se dirigieron en busca de una tribu hermana para juntos alcanzar la zona liberada de esclavitud en las fronteras de la sabana. No había tiempo para despedidas, ni para llorar a los muertos. Antes de despedirse, mama Ruana hace una pequeña marca en la frente de William, con su propia daga, le aplica una mezcla de hierbas, y le dice:

- Ahora eres uno de los nuestros. Esta marca servirá de señal para reconocernos en donde estemos.
- Volveré, mama Ruana.
- Lo sé - le responde, mientras venda la frente con un pedazo de tela - Y ahora, haz lo que tengas que hacer.

Mientras los aldeanos liberados, los niños y la jefe se adentran al bosque, William Gombo, Theo y Vitia se quedan parados mirando fijamente en dirección de la sabana africana, la inmensa y bella sabana.

- A moverse, ordena William.
- Como ordene, Capitán, repite Theo, mientras Gombo y Vitia lo miran perplejos.- Es el capitán, o no?, pregunta Theo. Los otros dos asienten.
- Bueno, basta, ordena William, necesitamos mas gente para la segunda parte.
- Y yo se donde encontrarla.
- No se por qué no me sorprende, señor Théodore.

Ya con diez "reclutas" mas, el pequeño grupo toma por asalto el barco de bandera española que se encontraba en el puerto. Con mucha audacia, sangre fría, suerte y mil maldiciones logran eliminar a los guardias, no toman prisioneros, los botan al mar, sabiendo que pueden nadar hasta la orilla, y se dirigen mar adentro, a toda vela, perseguidos muy de cerca por un galeón portugués de combate, artillado y con tropas a bordo. No sabe aún William si ha hecho lo correcto, solo sabe que es ahora un pirata, que ha robado un barco que tiene alguna carga valiosa a bordo, y que ahora será cazado por portugueses y españoles, y que también sus compatriotas ingleses lo están buscando para ponerle una bonita soga al cuello.

- Fuego!
- Fuego!

La primera andanada portuguesa es letal, destruye parte de la cubierta, y hay un forado en el lado de estribor. No tiene mucho tiempo, debe pensar en algo, o están perdidos. El ruido de las bombas destruyendo el viejo barco le hace ver su vida en cámara lenta, sabe que están perdidos. Pero tiene un plan, una idea loca, que podría funcionar.

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