Capítulo 5 - Mama Ruana
- Cuidado con esos aparejos!
- Por Alá, acaso sois sordos? Cuidado con esas cajas!
- Tiren con fuerza! Ahora!
- Tiren! Tiren! Tiren!
El sonido en la cubierta es ensordecedor. Órdenes a gritos, jadeos, ruido de cajas que chocan y de quejidos, maldiciones en todos los idiomas, súplicas y quizá hasta llanto. En un aparente caos, solamente los capataces están confiados que todo camina a la perfección. El dueño de la mercadería, un árabe de nombre Mohamed Al Califi (qué árabe no se llama Mohamed) trata de evitar que su preciosa mercadería sea dañada por los sucios y harapientos estibadores. Lentamente, a un ritmo propio y guiado a gusto y antojo de los capataces, toda la mercadería del viejo barco de transporte es trasladada a buen resguardo al puerto, y el barco es cargado con otro montón de cajas, cofres y tantas cosas mas, ocupando nuevamente las bodegas del vetusto navío.
- Y bien, mi querido Gombo, parece que vuestra querida Angola desde este lugar se hace más accesible.
- Sí, señor William, se siente la cercanía de la jungla, de la sabana, el llamado de la madre tierra.
- Cómo puede usted decir eso, si me aseguró que es la primera vez que pisa tierras Africanas?
- No lo sé, señor William, no lo sé. Sólo sé que acá dentro hay algo extraño que hace que mi pecho sienta unos furiosos golpes que quieren desbocarse. Señala Gombo apretando un puño cerca al costado izquierdo.
Los dos compañeros están frente a la caótica multitud de estibadores, comerciantes y mercaderes, marinos, rufianes, soldados y mucha gente mas que trata de hacerse campo entre la marea humano y el caos que reina en el puerto comercial. Llegaron a este puerto como parte de la tripulación del buque mercante de bandera portuguesa prácticamente a cambio de comida y el traslado, pues no les importaba la paga, sino el llegar a buen destino. Sus salvoconductos franceses los hacían libres de vagar por el mundo y emplearse donde quisieran, pero tenían que irse con cuidado de no toparse con los ingleses, compatriotas de William, ya que no la pasarían tan bien. El viaje no tuvo contratiempos, Gabriel Parker, Gombo, era muy aplicado y la vida en el mar le caía a la perfección, parecía tener sangre de navegante. Aprendió rápidamente las labores y aptitudes que William generosamente le enseñaba, y también tuvo tiempo de practicar un poco el arte del manejo de la daga, aunque siempre decía con humildad, que nunca siquiera se igualaría al señor William. Una que otra pelea fortuita en el barco, ya sea por alimento o por ron, ninguna tormenta y ningún barco pirata. La travesía hacia el gran río Congo fue de lo mas tranquila que cualquiera pudiese esperar.
- El gran Congo, en toda su majestad.
- Mi abuelo me contó sobre este río, el Nzadi, o como los demás le dicen, Zaire o Congo. Para los nuestros será el río que se traga a los otros ríos. Y además es el hogar de los terribles monstruos que pueden engullir personas y hasta cocodrilos.
- He escuchado esos relatos, estimado Gombo, pero déjame decirte que no he podido verificar la certeza de ninguno de ellos, ya que en las pocas ocasiones que por estos lares me ha traído la providencia, solamente he tenido la oportunidad de ver peces comunes y corriente, y también comunes y corrientes, pero feroces cocodrilos. Aunque, a quienes más hay que temer es a los comerciantes de esclavos y a los forajidos, que esos sí son capaces de "tragarse" comunidades enteras.
- Tiene mucha razón, señor William. Aunque, debo dar crédito a los relatos de mi abuelo, jamás había visto río mas imponente que éste, y entonces, también debo creer en los monstruos que lo habitan.
- De acuerdo, estimado Gombo. Engonces iremos en búsqueda de las tierras de tu abuelo.
- Hmm, señor William, hay algo que no le he dicho aún, y pienso que es mejor que lo sepa.
- Habla pronto.
- A donde vamos el "jefe" de la tribu no es un hombre.
- Entonces, es un animal? Un Dios acaso? Un ser venido de otro planeta?
- No señor, es una mujer.
El rostro de William queda petrificado por unos segundos. La sorpresa y la incredulidad se apresan de sus facciones, otrora rudas y serenas, y luego de unos segundos, suelta una sonora y estruendosa carcajada.
- Ja, ja, ja... Ese si es un buen chiste, mi querido Gombo. Ja, ja, ja.. espere un poco, que no paro de reír, ja, ja, ja...
- Ja, ja, ja... Que bueno que le cause risa, señor, y que se alegre tanto de esto...
- Espera, no es broma?
- No señor William, no es broma.
- Y cómo diablos? Disculpa, no puedo entender...
- Ni yo tampoco, señor William, mi abuelo me explicó que la madre del clan es la jefa de todo, y que los hombres se dedican al cuidado de los animales, y a la defensa, y las mujeres tienen las obligaciones en la casa y con los niños, y aún así no podía entender, pero eso me contó mi abuelo.
- Es algo muy extraño, pero así como los monstruos del río, espero sinceramente que todo haya sido producto de las fantasías de tu buen abuelo, mi estimado Gombo. De no ser así, tendremos que vérnoslas con terribles peces traga humanos y "jefas" todopoderosos. Y la verdad, no sé a que temer más.
- No se preocupe, señor William, que también como decía mi abuelo, mi tribu me reconocerá apenas me vean, no en vano son las marcas en mi rostro.
- Eso no deja de ser cierto, pero yo no soy ni negro ni mucho menos tengo las dichosas marcas esas. Y a fe mía, que no quiero ponérmelas, ya bastantes cicatrices tengo.
- No será necesario señor William, usted viene conmigo, y eso se supone debe ser suficiente.
- Eso espero, Gombo, eso espero. Hmm, que extraño, el sol es implacable, pero tengo algo de frío...
Los dos viajeros se adentran a las caudalosas aguas del gran río Congo, llenos de mitos y leyendas, sobre monstruos, cataratas, seres de otro mundo y muerte. Llevan consigo apenas unas cuantas provisiones, Sus cuchillos y sus pistolas con algo de pólvora, y muchas ansias de encontrar la aldea de los abuelos de Gombo. Se lo debe, pues él le salvo la vida. Y está a punto de hacerlo nuevamente. Tendido el fondo del vetusto bote, arropado con una vieja y sucia manta, William se encuentra en un delirio frenético, luchando contra seres fantasmagóricos que lo atacan en sus pesadillas por la fiebre que lo aqueja. A sido atacado por una de las tantas enfermedades que asolan este viejo continente, y solamente su compañero de viaje, el leal Gombo, siente la esperanza de encontrar alguna cura en la aldea lejana.
- Apártate de mí! No es la hora aún! Necesito una botella de ron! Nooo, así no, maldito!
- Tranquilo señor, tranquilo. Beba este poco de agua. Un poco más y ya llegamos.
- Jones? Eres tú Jones? Cabo John J Jones, preséntese!
- El cabo no está aquí. Tranquilo señor William, tranquilo.
- Sargento William R Grant, de la Real Armada de su Majestad! Diga su nombre y rango, marino!
- Tranquilo señor William, tranquilo...
- Al ataque!!
- No se mueva señor, que está muy débil...
- Si señor, me declaro culpable. Merezco la horca! Merezco la horca!
- Quien eres tú?
- Mama Ruana.
- Mamá? Mamá?! Mamaaa.. siempre supe que te encontraría, siempre supe que no me habías abandonado. Tengo frío, mucho frío.
- Tranquilo, muchacho, todo va a estar bien.
- Mamá, mamá...
La voz de William, quejumbrosa y entrecortada por el llanto como si se tratara de un niño, es calmada por una mano cariñosa que le pone unos trapos viejos mojados en todo el rostro, y con la otra le da a tomar un brebaje preparado por ella misma con algunas raíces que conoce de toda la vida, transmitida por sus antepasados desde tiempos milenarios.
- Cuidado con esos aparejos!
- Por Alá, acaso sois sordos? Cuidado con esas cajas!
- Tiren con fuerza! Ahora!
- Tiren! Tiren! Tiren!
El sonido en la cubierta es ensordecedor. Órdenes a gritos, jadeos, ruido de cajas que chocan y de quejidos, maldiciones en todos los idiomas, súplicas y quizá hasta llanto. En un aparente caos, solamente los capataces están confiados que todo camina a la perfección. El dueño de la mercadería, un árabe de nombre Mohamed Al Califi (qué árabe no se llama Mohamed) trata de evitar que su preciosa mercadería sea dañada por los sucios y harapientos estibadores. Lentamente, a un ritmo propio y guiado a gusto y antojo de los capataces, toda la mercadería del viejo barco de transporte es trasladada a buen resguardo al puerto, y el barco es cargado con otro montón de cajas, cofres y tantas cosas mas, ocupando nuevamente las bodegas del vetusto navío.
- Y bien, mi querido Gombo, parece que vuestra querida Angola desde este lugar se hace más accesible.
- Sí, señor William, se siente la cercanía de la jungla, de la sabana, el llamado de la madre tierra.
- Cómo puede usted decir eso, si me aseguró que es la primera vez que pisa tierras Africanas?
- No lo sé, señor William, no lo sé. Sólo sé que acá dentro hay algo extraño que hace que mi pecho sienta unos furiosos golpes que quieren desbocarse. Señala Gombo apretando un puño cerca al costado izquierdo.
Los dos compañeros están frente a la caótica multitud de estibadores, comerciantes y mercaderes, marinos, rufianes, soldados y mucha gente mas que trata de hacerse campo entre la marea humano y el caos que reina en el puerto comercial. Llegaron a este puerto como parte de la tripulación del buque mercante de bandera portuguesa prácticamente a cambio de comida y el traslado, pues no les importaba la paga, sino el llegar a buen destino. Sus salvoconductos franceses los hacían libres de vagar por el mundo y emplearse donde quisieran, pero tenían que irse con cuidado de no toparse con los ingleses, compatriotas de William, ya que no la pasarían tan bien. El viaje no tuvo contratiempos, Gabriel Parker, Gombo, era muy aplicado y la vida en el mar le caía a la perfección, parecía tener sangre de navegante. Aprendió rápidamente las labores y aptitudes que William generosamente le enseñaba, y también tuvo tiempo de practicar un poco el arte del manejo de la daga, aunque siempre decía con humildad, que nunca siquiera se igualaría al señor William. Una que otra pelea fortuita en el barco, ya sea por alimento o por ron, ninguna tormenta y ningún barco pirata. La travesía hacia el gran río Congo fue de lo mas tranquila que cualquiera pudiese esperar.
- El gran Congo, en toda su majestad.
- Mi abuelo me contó sobre este río, el Nzadi, o como los demás le dicen, Zaire o Congo. Para los nuestros será el río que se traga a los otros ríos. Y además es el hogar de los terribles monstruos que pueden engullir personas y hasta cocodrilos.
- He escuchado esos relatos, estimado Gombo, pero déjame decirte que no he podido verificar la certeza de ninguno de ellos, ya que en las pocas ocasiones que por estos lares me ha traído la providencia, solamente he tenido la oportunidad de ver peces comunes y corriente, y también comunes y corrientes, pero feroces cocodrilos. Aunque, a quienes más hay que temer es a los comerciantes de esclavos y a los forajidos, que esos sí son capaces de "tragarse" comunidades enteras.
- Tiene mucha razón, señor William. Aunque, debo dar crédito a los relatos de mi abuelo, jamás había visto río mas imponente que éste, y entonces, también debo creer en los monstruos que lo habitan.
- De acuerdo, estimado Gombo. Engonces iremos en búsqueda de las tierras de tu abuelo.
- Hmm, señor William, hay algo que no le he dicho aún, y pienso que es mejor que lo sepa.
- Habla pronto.
- A donde vamos el "jefe" de la tribu no es un hombre.
- Entonces, es un animal? Un Dios acaso? Un ser venido de otro planeta?
- No señor, es una mujer.
El rostro de William queda petrificado por unos segundos. La sorpresa y la incredulidad se apresan de sus facciones, otrora rudas y serenas, y luego de unos segundos, suelta una sonora y estruendosa carcajada.
- Ja, ja, ja... Ese si es un buen chiste, mi querido Gombo. Ja, ja, ja.. espere un poco, que no paro de reír, ja, ja, ja...
- Ja, ja, ja... Que bueno que le cause risa, señor, y que se alegre tanto de esto...
- Espera, no es broma?
- No señor William, no es broma.
- Y cómo diablos? Disculpa, no puedo entender...
- Ni yo tampoco, señor William, mi abuelo me explicó que la madre del clan es la jefa de todo, y que los hombres se dedican al cuidado de los animales, y a la defensa, y las mujeres tienen las obligaciones en la casa y con los niños, y aún así no podía entender, pero eso me contó mi abuelo.
- Es algo muy extraño, pero así como los monstruos del río, espero sinceramente que todo haya sido producto de las fantasías de tu buen abuelo, mi estimado Gombo. De no ser así, tendremos que vérnoslas con terribles peces traga humanos y "jefas" todopoderosos. Y la verdad, no sé a que temer más.
- No se preocupe, señor William, que también como decía mi abuelo, mi tribu me reconocerá apenas me vean, no en vano son las marcas en mi rostro.
- Eso no deja de ser cierto, pero yo no soy ni negro ni mucho menos tengo las dichosas marcas esas. Y a fe mía, que no quiero ponérmelas, ya bastantes cicatrices tengo.
- No será necesario señor William, usted viene conmigo, y eso se supone debe ser suficiente.
- Eso espero, Gombo, eso espero. Hmm, que extraño, el sol es implacable, pero tengo algo de frío...
Los dos viajeros se adentran a las caudalosas aguas del gran río Congo, llenos de mitos y leyendas, sobre monstruos, cataratas, seres de otro mundo y muerte. Llevan consigo apenas unas cuantas provisiones, Sus cuchillos y sus pistolas con algo de pólvora, y muchas ansias de encontrar la aldea de los abuelos de Gombo. Se lo debe, pues él le salvo la vida. Y está a punto de hacerlo nuevamente. Tendido el fondo del vetusto bote, arropado con una vieja y sucia manta, William se encuentra en un delirio frenético, luchando contra seres fantasmagóricos que lo atacan en sus pesadillas por la fiebre que lo aqueja. A sido atacado por una de las tantas enfermedades que asolan este viejo continente, y solamente su compañero de viaje, el leal Gombo, siente la esperanza de encontrar alguna cura en la aldea lejana.
- Apártate de mí! No es la hora aún! Necesito una botella de ron! Nooo, así no, maldito!
- Tranquilo señor, tranquilo. Beba este poco de agua. Un poco más y ya llegamos.
- Jones? Eres tú Jones? Cabo John J Jones, preséntese!
- El cabo no está aquí. Tranquilo señor William, tranquilo.
- Sargento William R Grant, de la Real Armada de su Majestad! Diga su nombre y rango, marino!
- Tranquilo señor William, tranquilo...
- Al ataque!!
- No se mueva señor, que está muy débil...
- Si señor, me declaro culpable. Merezco la horca! Merezco la horca!
- Quien eres tú?
- Mama Ruana.
- Mamá? Mamá?! Mamaaa.. siempre supe que te encontraría, siempre supe que no me habías abandonado. Tengo frío, mucho frío.
- Tranquilo, muchacho, todo va a estar bien.
- Mamá, mamá...
La voz de William, quejumbrosa y entrecortada por el llanto como si se tratara de un niño, es calmada por una mano cariñosa que le pone unos trapos viejos mojados en todo el rostro, y con la otra le da a tomar un brebaje preparado por ella misma con algunas raíces que conoce de toda la vida, transmitida por sus antepasados desde tiempos milenarios.
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