Capítulo 1 - Gombo.
- Y bien, mi querido amigo. Está listo para entregar su alma al diablo.
- Lo que es yo, estimado señor Jones, aún pretendo darle lata a nuestros amigos españoles, y no es mi intención librarlos de mi grata compañía tan pronto. Primero les haré el favor de abandonar este valle de lágrimas a la mayor cantidad posible de ellos.
- Si es que antes no le hace el favor a usted uno de ellos, mi querido señor Grant.
- No será así. Y en esta ocasión tendrán el placer de caer rendidos a mis pies... Ja, ja ja.
- No sin antes hacer una real reverencia... Ja, ja, ja.
- Fuego!
- Fuego!
El sonido de los cañones ensordece a los marineros. Por todos lados vuelan trozos de madera astillados, metralla candente, sangre y partes de cuerpos mutilados. Gritos de dolor, gritos de furia. Solo los asaltantes de su real majestad se mantienen firmes, con una mirada impasible, serena y tranquila, esperando la orden de abordaje. En primera fila, el sargento William R Grant al lado de su fiel amigo el cabo John J Jones por enésima vez se aprestan para participar en un abordaje. Frente a ellos, los gritos ensordecedores en la tripulación del galeón español muestran que la artillería inglesa en mas efectiva que la española y las bajas y daños en el lado español son superiores.
- Al abordaje!
- Al abordaje!
Se cruzan los tablones, y los primeros de la fila caen bajo el certero tiro de los fusileros, pero ya la segunda fila está empujando y se abren paso para, con los sables y bayonetas, crear estragos en las filas enemigas. Gritos de dolor y de furia, gritos de guerra y de muerte.Cesan los cañones, es tiempo de la brutal embestida humana.
A fuerza de entrenamiento y experiencia de combate, el sargento Willian R Grant se abre paso entre la caótica multitud y se dirige al puente. De un certero tiro pone fuera de combate al timonel, dejando el comando del galeón español a la deriva, y, sin darse cuenta, se pone frente a frente al que podría ser el capitán del navío abordado, que acaba de eliminar de una certera estocada a uno de sus compañeros de lucha.
Se miran por un segundo, el español hace un gesto que lo pinta de cuerpo entero. Es noble, es aguerrido, y la forma de manejar la espada demuestra que no es la primera vez que está en situación semejante. La altivez de su mirada, la elegancia de sus movimientos, lo hacen un digno oponente para cualquier combatiente. William no se inmuta, ataca en forma metódica y sin apuros, midiendo cada uno de los pasos y movimientos de tan formidable oponente.
Un dolor punzante en la pierna derecha y un ligero cosquilleo le indican que ha sido herido. El furor de la lucha y la adrenalina hacen que siga peleando,sin prestar atención a la lesión sufrida. El ataque del español es efectivo y abrumador, tanto así, que trastabilla y resbala por las escaleras. El español no se inmuta. Se mantiene en la cima del puente, mirando en dirección de William, que yace indefenso en el piso. Recupera su sable, y con un elegante movimiento, el sargento Grant está nuevamente en el puente batallando con el capitán español.
Un par de lances, y en una maniobra extraña, con una estocada limpia, Grant pone fuera de combate al español. Cae aparatosamente, exhalando un extraño estertor con el último aliento.
Como por arte de magia, la lucha se detiene. Lo españoles sobrevivientes deponen la armas, y levantan los brazos en signo inconfundible de rendición incondicional.
El breve silencio es roto por unos sonidos inconfundibles de disparos, seguido de gritos y sonidos de forcejeo que provienen de las bodegas de abajo.
Con un movimiento ágil, Grant se desliza hacia la entrada de las bodegas, y descubre una imagen macabra. Con las manos ensangrentadas, y blandiendo una espada, un fornido hombre está dando muerte a uno de los esclavos encadenados en la bodega de carga. Ya hay varios cuerpos inertes, y solamente uno mas se mantiene de pie, esperando su final a manos del matador.
Casi sin pensarlo, William se abalanza sobre el atacante, y con un gran porrazo en la nuca lo deja fuera de combate. Patea la espada del caído, y dirige su mirada hacia el montón de cadáveres aún sangrantes. Mira al sobreviviente. Tiene una mirada perdida, de desaliento y desesperanza, Nota unas extrañas marcas en su rostro, que aunque joven, están surcados por marcas de mil tormentos. Lo escruta, no está lastimado, Aligera sus cadenas, y permite que estire un poco las manos.
- Cómo te llamas? Pregunta en inglés, francés y español mal pronunciado.
- Gombo. Es la única y lacónica respuesta.
- Tardará mucho, señor Grant, de cortejar a su nueva conquista? El capitán lo solicita en la cubierta.
- No es hora de bromas, estimado Jones. Este pobre infeliz acaba de perder al parecer a toda su familia.
Notan que el esclavo de piel oscura como la noche sin luna, mira fijamente hacia los cuerpos inertes caídos al lado. Tienen unas marcas extrañas en el cuerpo y rostro similares. Pobres brutos, piensan para sí los guerreros, fueron sacados a la fuerza de sus aldeas, transportados como ganado, vendidos como mercancía, y terminan sus días acuchillados por sus cuidadores, para no ser utilizados por el enemigo.
Es cierto, la vida del soldado es dura, en una nave de guerra es mas dura aún. Pero nada se compara al destino cruel de los que son arrebatados de sus casas para ser convertidos en bestias de carga a servicio de cualquier desalmado. Es el cruel destino de un esclavo.
- Se puede saber porqué no capturó con vida al Capitán del galeón, señor Grant.
- No pude aprehenderlo, milord. Lastimosamente tuvo que enfrentarse al filo de mi bayoneta, y no salió airoso de este lance.
- Y que es lo que tiene usted para mí, señor? Pregunta el capitán inglés dirigiendo su mirada hacia el esclavo que se encuentra parado detrás de Grant, al lado del cabo Jones.
- Hmm, es uno de los esclavos que tenían en la bodega, milord. Lastimosamente el resto del cargamento fue fatalmente dañado.
- Muy dañado?
- Irreversible mente, milord?
- Es decir, quedaron inutilizados?
- En forma permanente, milord.
- Es una lástima, ya que esta carga es muy valiosa para los intereses de la corona. Tome todas las previsiones para que el "cargamento" sea tratado adecuadamente.
- Como ordene, milord.
- Ah, y la próxima vez que tenga a un noble de tan alto rango frente a su espada, háganos el favor de capturarlo vivo, señor Grant, aún a costa de su propia vida.
- Como ordene, milord.
Nunca cumple al pie de la letra las órdenes de los oficiales. Es una de las razones por las que aún está con vida. Es un soldado y un marino notable. Es tan útil en combate como 10 similares, y con su compañero Jones, son considerados afortunados, ya que hasta ahora solo han tenido heridas superficiales, y no están mutilados.
- Ejem, señor Grant. Cámbiese esos pantalones, que lleva demasiada sangre empapada.
Un ligero mareo y la oscuridad se apodera de sus ojos. Cae pesadamente cuan largo es, sobre la cubierta. Ha sangrado demasiado, y ha perdido la consciencia. Lo último que siente son unos poderosos brazos que amortiguan su caída y un extraño olor a quemado en sus narinas.
El sargento Grant es auxiliado inmediatamente, la cortada en la pierna es limpia, fue rápidamente suturada y desinfectada. El cirujano de a bordo hace un trabajo impecable. Se recupera en su litera, y en sus sueños y pesadillas ve a un monstruo alimentándose de entrañas humanas y sangre viva.
Al despertar recibe con alegría los alimentos. A su lado, su inseparable amigo Jones, también vendado.
- Somos como hermanos, mi querido William, Casi gemelos, mira mi vendaje en mi pierna derecha, es similar a la suya, solo que usted la tiene en la izquierda.
- Es decir, señor Jones, podríamos caminar juntos usando nuestras piernas sanas.
- Pero eso no se vería muy noble ni masculino, estimado señor Grant.
- Es cierto. Pareceríamos una pareja antinatural e inhumana.
- Mejor sigamos descansando, que pronto llegaremos al puerto con la carga, y ahí encontraremos alguna paz y diversión a nuestros maltrechos cuerpos.
- Tiene toda la razón, señor Jones. Es mejor descansar.
Lentamente el navío ingles se va acercando a la bahía. En el camarote dos compañeros de mil combates se recuperan alegres de sus heridas. En una bodega, cargando aún cadenas, un esclavo solitario, de nombre Gombo espera su destino incierto.
- Y bien, mi querido amigo. Está listo para entregar su alma al diablo.
- Lo que es yo, estimado señor Jones, aún pretendo darle lata a nuestros amigos españoles, y no es mi intención librarlos de mi grata compañía tan pronto. Primero les haré el favor de abandonar este valle de lágrimas a la mayor cantidad posible de ellos.
- Si es que antes no le hace el favor a usted uno de ellos, mi querido señor Grant.
- No será así. Y en esta ocasión tendrán el placer de caer rendidos a mis pies... Ja, ja ja.
- No sin antes hacer una real reverencia... Ja, ja, ja.
- Fuego!
- Fuego!
El sonido de los cañones ensordece a los marineros. Por todos lados vuelan trozos de madera astillados, metralla candente, sangre y partes de cuerpos mutilados. Gritos de dolor, gritos de furia. Solo los asaltantes de su real majestad se mantienen firmes, con una mirada impasible, serena y tranquila, esperando la orden de abordaje. En primera fila, el sargento William R Grant al lado de su fiel amigo el cabo John J Jones por enésima vez se aprestan para participar en un abordaje. Frente a ellos, los gritos ensordecedores en la tripulación del galeón español muestran que la artillería inglesa en mas efectiva que la española y las bajas y daños en el lado español son superiores.
- Al abordaje!
- Al abordaje!
Se cruzan los tablones, y los primeros de la fila caen bajo el certero tiro de los fusileros, pero ya la segunda fila está empujando y se abren paso para, con los sables y bayonetas, crear estragos en las filas enemigas. Gritos de dolor y de furia, gritos de guerra y de muerte.Cesan los cañones, es tiempo de la brutal embestida humana.
A fuerza de entrenamiento y experiencia de combate, el sargento Willian R Grant se abre paso entre la caótica multitud y se dirige al puente. De un certero tiro pone fuera de combate al timonel, dejando el comando del galeón español a la deriva, y, sin darse cuenta, se pone frente a frente al que podría ser el capitán del navío abordado, que acaba de eliminar de una certera estocada a uno de sus compañeros de lucha.
Se miran por un segundo, el español hace un gesto que lo pinta de cuerpo entero. Es noble, es aguerrido, y la forma de manejar la espada demuestra que no es la primera vez que está en situación semejante. La altivez de su mirada, la elegancia de sus movimientos, lo hacen un digno oponente para cualquier combatiente. William no se inmuta, ataca en forma metódica y sin apuros, midiendo cada uno de los pasos y movimientos de tan formidable oponente.
Un dolor punzante en la pierna derecha y un ligero cosquilleo le indican que ha sido herido. El furor de la lucha y la adrenalina hacen que siga peleando,sin prestar atención a la lesión sufrida. El ataque del español es efectivo y abrumador, tanto así, que trastabilla y resbala por las escaleras. El español no se inmuta. Se mantiene en la cima del puente, mirando en dirección de William, que yace indefenso en el piso. Recupera su sable, y con un elegante movimiento, el sargento Grant está nuevamente en el puente batallando con el capitán español.
Un par de lances, y en una maniobra extraña, con una estocada limpia, Grant pone fuera de combate al español. Cae aparatosamente, exhalando un extraño estertor con el último aliento.
Como por arte de magia, la lucha se detiene. Lo españoles sobrevivientes deponen la armas, y levantan los brazos en signo inconfundible de rendición incondicional.
El breve silencio es roto por unos sonidos inconfundibles de disparos, seguido de gritos y sonidos de forcejeo que provienen de las bodegas de abajo.
Con un movimiento ágil, Grant se desliza hacia la entrada de las bodegas, y descubre una imagen macabra. Con las manos ensangrentadas, y blandiendo una espada, un fornido hombre está dando muerte a uno de los esclavos encadenados en la bodega de carga. Ya hay varios cuerpos inertes, y solamente uno mas se mantiene de pie, esperando su final a manos del matador.
Casi sin pensarlo, William se abalanza sobre el atacante, y con un gran porrazo en la nuca lo deja fuera de combate. Patea la espada del caído, y dirige su mirada hacia el montón de cadáveres aún sangrantes. Mira al sobreviviente. Tiene una mirada perdida, de desaliento y desesperanza, Nota unas extrañas marcas en su rostro, que aunque joven, están surcados por marcas de mil tormentos. Lo escruta, no está lastimado, Aligera sus cadenas, y permite que estire un poco las manos.
- Cómo te llamas? Pregunta en inglés, francés y español mal pronunciado.
- Gombo. Es la única y lacónica respuesta.
- Tardará mucho, señor Grant, de cortejar a su nueva conquista? El capitán lo solicita en la cubierta.
- No es hora de bromas, estimado Jones. Este pobre infeliz acaba de perder al parecer a toda su familia.
Notan que el esclavo de piel oscura como la noche sin luna, mira fijamente hacia los cuerpos inertes caídos al lado. Tienen unas marcas extrañas en el cuerpo y rostro similares. Pobres brutos, piensan para sí los guerreros, fueron sacados a la fuerza de sus aldeas, transportados como ganado, vendidos como mercancía, y terminan sus días acuchillados por sus cuidadores, para no ser utilizados por el enemigo.
Es cierto, la vida del soldado es dura, en una nave de guerra es mas dura aún. Pero nada se compara al destino cruel de los que son arrebatados de sus casas para ser convertidos en bestias de carga a servicio de cualquier desalmado. Es el cruel destino de un esclavo.
- Se puede saber porqué no capturó con vida al Capitán del galeón, señor Grant.
- No pude aprehenderlo, milord. Lastimosamente tuvo que enfrentarse al filo de mi bayoneta, y no salió airoso de este lance.
- Y que es lo que tiene usted para mí, señor? Pregunta el capitán inglés dirigiendo su mirada hacia el esclavo que se encuentra parado detrás de Grant, al lado del cabo Jones.
- Hmm, es uno de los esclavos que tenían en la bodega, milord. Lastimosamente el resto del cargamento fue fatalmente dañado.
- Muy dañado?
- Irreversible mente, milord?
- Es decir, quedaron inutilizados?
- En forma permanente, milord.
- Es una lástima, ya que esta carga es muy valiosa para los intereses de la corona. Tome todas las previsiones para que el "cargamento" sea tratado adecuadamente.
- Como ordene, milord.
- Ah, y la próxima vez que tenga a un noble de tan alto rango frente a su espada, háganos el favor de capturarlo vivo, señor Grant, aún a costa de su propia vida.
- Como ordene, milord.
Nunca cumple al pie de la letra las órdenes de los oficiales. Es una de las razones por las que aún está con vida. Es un soldado y un marino notable. Es tan útil en combate como 10 similares, y con su compañero Jones, son considerados afortunados, ya que hasta ahora solo han tenido heridas superficiales, y no están mutilados.
- Ejem, señor Grant. Cámbiese esos pantalones, que lleva demasiada sangre empapada.
Un ligero mareo y la oscuridad se apodera de sus ojos. Cae pesadamente cuan largo es, sobre la cubierta. Ha sangrado demasiado, y ha perdido la consciencia. Lo último que siente son unos poderosos brazos que amortiguan su caída y un extraño olor a quemado en sus narinas.
El sargento Grant es auxiliado inmediatamente, la cortada en la pierna es limpia, fue rápidamente suturada y desinfectada. El cirujano de a bordo hace un trabajo impecable. Se recupera en su litera, y en sus sueños y pesadillas ve a un monstruo alimentándose de entrañas humanas y sangre viva.
Al despertar recibe con alegría los alimentos. A su lado, su inseparable amigo Jones, también vendado.
- Somos como hermanos, mi querido William, Casi gemelos, mira mi vendaje en mi pierna derecha, es similar a la suya, solo que usted la tiene en la izquierda.
- Es decir, señor Jones, podríamos caminar juntos usando nuestras piernas sanas.
- Pero eso no se vería muy noble ni masculino, estimado señor Grant.
- Es cierto. Pareceríamos una pareja antinatural e inhumana.
- Mejor sigamos descansando, que pronto llegaremos al puerto con la carga, y ahí encontraremos alguna paz y diversión a nuestros maltrechos cuerpos.
- Tiene toda la razón, señor Jones. Es mejor descansar.
Lentamente el navío ingles se va acercando a la bahía. En el camarote dos compañeros de mil combates se recuperan alegres de sus heridas. En una bodega, cargando aún cadenas, un esclavo solitario, de nombre Gombo espera su destino incierto.
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