Capítulo 3 - Prisionero
- Y bien, señor Grant, que puede aducir en su defensa.
- Nada, milord.
- Entonces, como se declara?
- Culpable, milord?
- Quienes fueron sus cómplices?
- Absolutamente nadie milord.
- Entonces, por los delitos de robo de la propiedad real, desacato, in-subordinación y mala fe es inmediatamente degradado y puesto en prisión para ser trasladado a la fortaleza militar más cercana, donde se le aplicará la pena que corresponda a su vil delito. De gracias que no estamos en alta mar, pues de ser así lo haría fusilar en el acto. Quiten de mi vista a este bastardo!
William R Grant es despojado de su uniforme, encadenado y conducido a una celda. Nunca pierde ni su porte ni baja la mirada. Asume la magnitud de sus actos y es consciente que no se librará de ésta.
- Y bien mi querido amigo, de ésta parece que no saldrá bien librado.
- Nuestros caminos se separan, señor Jones. Una lástima para nuestros estimados camaradas españoles. Extrañaran el filo de mi espada y el calor de mi pólvora.
- Trataré de que no lo extrañen mucho señor Grant. Aunque también tendré que ocuparme por usted de nuestras amigas en Gibraltar.
- Y las de Barbados, y las de Marruecos, las de San José y las de. . . .
- Basta! Me hace sentir algo de nostalgia.
- Buena suerte, mi buen amigo. Lo estaré esperando en el infierno.
- Adiós Will.
Un apretón de manos y unas palmadas cordiales. John se retira dejando a su amigo William en su celda, a la espera de su fatal final. Sólo espera que no sea la horca; que, por sus méritos y actos de valentía, sea fusilado y enterrado.
"Dios guarde tu alma, buen soldado".
Encadenado en su pequeña celda húmeda y oscura, recostado contra la dura y fría pared, William R Grant, con los ojos cerrados trata de comunicarse mentalmente con el gran e inmenso océano. Hubiese preferido mil veces la muerte en cubierta, a ésta humillación y maltrato. La bulla de la calle, las voces altisonantes, la música estruendosa no lo dejan tranquilo. Aún está en el puerto, en una pequeña celda para maleantes a la espera del transporte que lo llevará a su fatal final destino.
- Levántate, bastardo!
- Espero que ya hayas rezado y pedido perdón por todos tus pecados, malnacido!
A empellones, es conducido a la jaula que servirá de transporte hacia su final destino. Se somete sin oponer resistencia. Es escupido, abofeteado, orinado. Los cuidadores hacen fiesta con los castigos. Acepta sin decir palabra, sabe que oponer resistencia, o protestar es en vano.
"Mi Dios, soy pecador, y acepto mi castigo. Solo te pido, que no me lleven a la horca, prefiero las balas amigas en mi cuerpo envejecido". Reza y pide en silencio que la tortura no se prolongue, y que la muerte, la señora de la guadaña de él se apiade y lo recoja lo más pronto posible de este valle de lagrimas y sufrimiento.
La vetusta carreta se detiene a mitad del camino. "Quieren nuevamente distraerse conmigo" Piensa William, y se prepara para recibir de nuevo el castigo. Se incorpora lentamente, y se baja de la carreta. Siente un aliento a ron penetrante en su espalda, y luego algo que le golpea la cabeza. El mundo se apaga llevándose su alma de paseo por el bosque de las ánimas.
Nuevamente está en alta mar, navegando en el inmenso océano, en búsqueda de la gloria y la fortuna, en búsqueda de hazañas memorables, en búsqueda de la princesa incomparable....
- Despierte, señor. Beba un poco de agua, le hará bien.
Cree que aún está soñando, o quizá está muerto. Le parece oír la voz del esclavo negro que había liberado, incluso llega a sentir el olor a quemado que tanto a sus narinas habían torturado.
- Gombo? Pronuncia con una voz adolorida y semi abriendo un ojo. - Pero, qué demonios?
- Descanse señor, la herida es profunda, y no creo que podamos llegar a tiempo para que lo curen.
- Me duele el hombro..
- La herida es profunda, y ha perdido mucha sangre. No pude evitar la estocada del soldado, unos centímetros más y hubiese logrado su cometido.
- Cómo terminé acá?
- Se lo contaré lo mas detallado y corto que pueda.
Gombo procedió a contar a William que apenas se hubo subido a la barcaza, se percató que el cuartelero había despertado. También pudo ver que éste vio a William bajando del barco, y dar enseguida la alerta general. Sabiendo que iban a buscarlo, prefirió llevar al bote cerca a la bahía y esconderlo entre la basura. Luego pasó lo que quedaba de la noche deambulando cerca a las tabernas, escondido entre las sombras, temiendo ser capturado en cualquier momento.
Observó como capturaron a William, luego en la mañana desde su escondite privilegiado, noto que era enjuiciado en la cubierta del barco, y luego encadenado y trasladado a una carceleta en tierra firme, destinado a ladrones y forajidos. Vio zarpar el barco ese mismo día, y vio que los guardias de la carceleta encargaban el traslado del preso a dos soldados de bajo rango, ya que el tramo era corto. Noto que estos habían bebido bastante la noche anterior, y que estaban con una cruel resaca. Vio que se detuvieron a comprar ron en el camino y que iban muy alegres hacia su destino. Apoyado por las sombras y por que su color de piel se camuflaba muy bien, Gombo los siguió sigilosamente, hasta que pudo notar que se detuvieron, y que sobre algo estaban discutiendo los dos cuidadores. Una vez que golpearon a Will, pudo de la misma manera poner fuera de combate a uno de ellos, pero el segundo logró desenvainar su espada, y herir al prisionero en el brazo, lo que le dio tiempo para también noquearlo.
Desnudó a los soldados, que de ebrios y golpeados, dormían la mona cual niños. Los ató uno al otro, los metió en el carro, y azuzó al caballo. Se quedó con sus armas y ropas, sobre todo con las botas. Cargó al maltrecho Will sobre los hombros, y lo metió a la barcaza, partiendo en dirección a las costas francesas, esperando ser afortunado. Había con trozos de tela la herida de Will vendado, pero aún así sangraba copiosamente. Le dio de beber, pero aún así él estaba delirando.
- Entonces, señor Gombo, estoy en deuda con usted. Me ha salvado la vida.
- No, aún no. Está usted muy mal herido, y si no encontramos pronto algún cirujano, pasará a mejor vida, de eso no tenga duda.
- No la tengo, pero y si me toca morir hoy, pues no ha elegido usted mejor sitio.
- Aún no es tiempo de morir. La preciosa dama, como usted la llama, aún no ha venido.
- Vendrá cuando tenga que venir. No tiene algo de ron?
- Lo que pude quitar a sus amigos carceleros, únicamente. Beba un sorbo.
- Lo necesito, lo necesito. A su salud, señor Gombo. Ahora somos dos fugitivos, perseguidos por las fuerzas más poderosas del mundo entero.
- Duerma señor, aún no se nota la línea costera.
William cae dormido, o inconsciente, ni él ni Gombo lo saben. La noche y la niebla los cubren en su manto protector, y el mar está hoy apacible, como dándole una oportunidad a este par de fugitivos.
- Y bien, señor Grant, que puede aducir en su defensa.
- Nada, milord.
- Entonces, como se declara?
- Culpable, milord?
- Quienes fueron sus cómplices?
- Absolutamente nadie milord.
- Entonces, por los delitos de robo de la propiedad real, desacato, in-subordinación y mala fe es inmediatamente degradado y puesto en prisión para ser trasladado a la fortaleza militar más cercana, donde se le aplicará la pena que corresponda a su vil delito. De gracias que no estamos en alta mar, pues de ser así lo haría fusilar en el acto. Quiten de mi vista a este bastardo!
William R Grant es despojado de su uniforme, encadenado y conducido a una celda. Nunca pierde ni su porte ni baja la mirada. Asume la magnitud de sus actos y es consciente que no se librará de ésta.
- Y bien mi querido amigo, de ésta parece que no saldrá bien librado.
- Nuestros caminos se separan, señor Jones. Una lástima para nuestros estimados camaradas españoles. Extrañaran el filo de mi espada y el calor de mi pólvora.
- Trataré de que no lo extrañen mucho señor Grant. Aunque también tendré que ocuparme por usted de nuestras amigas en Gibraltar.
- Y las de Barbados, y las de Marruecos, las de San José y las de. . . .
- Basta! Me hace sentir algo de nostalgia.
- Buena suerte, mi buen amigo. Lo estaré esperando en el infierno.
- Adiós Will.
Un apretón de manos y unas palmadas cordiales. John se retira dejando a su amigo William en su celda, a la espera de su fatal final. Sólo espera que no sea la horca; que, por sus méritos y actos de valentía, sea fusilado y enterrado.
"Dios guarde tu alma, buen soldado".
Encadenado en su pequeña celda húmeda y oscura, recostado contra la dura y fría pared, William R Grant, con los ojos cerrados trata de comunicarse mentalmente con el gran e inmenso océano. Hubiese preferido mil veces la muerte en cubierta, a ésta humillación y maltrato. La bulla de la calle, las voces altisonantes, la música estruendosa no lo dejan tranquilo. Aún está en el puerto, en una pequeña celda para maleantes a la espera del transporte que lo llevará a su fatal final destino.
- Levántate, bastardo!
- Espero que ya hayas rezado y pedido perdón por todos tus pecados, malnacido!
A empellones, es conducido a la jaula que servirá de transporte hacia su final destino. Se somete sin oponer resistencia. Es escupido, abofeteado, orinado. Los cuidadores hacen fiesta con los castigos. Acepta sin decir palabra, sabe que oponer resistencia, o protestar es en vano.
"Mi Dios, soy pecador, y acepto mi castigo. Solo te pido, que no me lleven a la horca, prefiero las balas amigas en mi cuerpo envejecido". Reza y pide en silencio que la tortura no se prolongue, y que la muerte, la señora de la guadaña de él se apiade y lo recoja lo más pronto posible de este valle de lagrimas y sufrimiento.
La vetusta carreta se detiene a mitad del camino. "Quieren nuevamente distraerse conmigo" Piensa William, y se prepara para recibir de nuevo el castigo. Se incorpora lentamente, y se baja de la carreta. Siente un aliento a ron penetrante en su espalda, y luego algo que le golpea la cabeza. El mundo se apaga llevándose su alma de paseo por el bosque de las ánimas.
Nuevamente está en alta mar, navegando en el inmenso océano, en búsqueda de la gloria y la fortuna, en búsqueda de hazañas memorables, en búsqueda de la princesa incomparable....
- Despierte, señor. Beba un poco de agua, le hará bien.
Cree que aún está soñando, o quizá está muerto. Le parece oír la voz del esclavo negro que había liberado, incluso llega a sentir el olor a quemado que tanto a sus narinas habían torturado.
- Gombo? Pronuncia con una voz adolorida y semi abriendo un ojo. - Pero, qué demonios?
- Descanse señor, la herida es profunda, y no creo que podamos llegar a tiempo para que lo curen.
- Me duele el hombro..
- La herida es profunda, y ha perdido mucha sangre. No pude evitar la estocada del soldado, unos centímetros más y hubiese logrado su cometido.
- Cómo terminé acá?
- Se lo contaré lo mas detallado y corto que pueda.
Gombo procedió a contar a William que apenas se hubo subido a la barcaza, se percató que el cuartelero había despertado. También pudo ver que éste vio a William bajando del barco, y dar enseguida la alerta general. Sabiendo que iban a buscarlo, prefirió llevar al bote cerca a la bahía y esconderlo entre la basura. Luego pasó lo que quedaba de la noche deambulando cerca a las tabernas, escondido entre las sombras, temiendo ser capturado en cualquier momento.
Observó como capturaron a William, luego en la mañana desde su escondite privilegiado, noto que era enjuiciado en la cubierta del barco, y luego encadenado y trasladado a una carceleta en tierra firme, destinado a ladrones y forajidos. Vio zarpar el barco ese mismo día, y vio que los guardias de la carceleta encargaban el traslado del preso a dos soldados de bajo rango, ya que el tramo era corto. Noto que estos habían bebido bastante la noche anterior, y que estaban con una cruel resaca. Vio que se detuvieron a comprar ron en el camino y que iban muy alegres hacia su destino. Apoyado por las sombras y por que su color de piel se camuflaba muy bien, Gombo los siguió sigilosamente, hasta que pudo notar que se detuvieron, y que sobre algo estaban discutiendo los dos cuidadores. Una vez que golpearon a Will, pudo de la misma manera poner fuera de combate a uno de ellos, pero el segundo logró desenvainar su espada, y herir al prisionero en el brazo, lo que le dio tiempo para también noquearlo.
Desnudó a los soldados, que de ebrios y golpeados, dormían la mona cual niños. Los ató uno al otro, los metió en el carro, y azuzó al caballo. Se quedó con sus armas y ropas, sobre todo con las botas. Cargó al maltrecho Will sobre los hombros, y lo metió a la barcaza, partiendo en dirección a las costas francesas, esperando ser afortunado. Había con trozos de tela la herida de Will vendado, pero aún así sangraba copiosamente. Le dio de beber, pero aún así él estaba delirando.
- Entonces, señor Gombo, estoy en deuda con usted. Me ha salvado la vida.
- No, aún no. Está usted muy mal herido, y si no encontramos pronto algún cirujano, pasará a mejor vida, de eso no tenga duda.
- No la tengo, pero y si me toca morir hoy, pues no ha elegido usted mejor sitio.
- Aún no es tiempo de morir. La preciosa dama, como usted la llama, aún no ha venido.
- Vendrá cuando tenga que venir. No tiene algo de ron?
- Lo que pude quitar a sus amigos carceleros, únicamente. Beba un sorbo.
- Lo necesito, lo necesito. A su salud, señor Gombo. Ahora somos dos fugitivos, perseguidos por las fuerzas más poderosas del mundo entero.
- Duerma señor, aún no se nota la línea costera.
William cae dormido, o inconsciente, ni él ni Gombo lo saben. La noche y la niebla los cubren en su manto protector, y el mar está hoy apacible, como dándole una oportunidad a este par de fugitivos.
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