martes, 7 de julio de 2015

La hija de los mares. Capítulo 9 - Un encuentro inesperado.


- Días buenos, feliz estamos de saludarlos, sis!!
- Buen día, señor...
- Van Der Veen, Claudius Van Der Veen, a sus servicios. Y estes es Bartolomeus, mi gran amigo y compañero de aventura.
- Barto-lo-meo Tito, a su servicio, usia.
- Capitán Grant. Pirata.
- Pirata? Vaya! que alegría, entonces está usted buscando un tesoro? O quiere esconder uno? Puede estar seguros que no hay lugar mejor para esconder sus tesoros que estas islas, ya que acá no ha venido nadies en los últimos tres años. Y, para ahorrarle buscar, no hay tesorosos escondidos aquís. Sí o nos, Bartolomeus?
- Así es usía, afirma muy ceremonialmente el aludido.
- Gracias por la información, señores. Pero en este momento lo que mas nos importa es encontrar agua, y materiales para pode reparar nuestra averiada nave.
- Uyuyuy, materiales no creo que puedas usteds encontrar. Pero agua, si hay, a montones. Gustosos les mostramos, por acá señores.

Eran un par nada común. El holandés, de hablar extraño y siseante era algo pequeño, con cachetes regordetes, pelirrojo, cara pecosa y barba copiosa, calvicie muy notoria, pero los cabellos restantes eran rizados, y se mostraba muy comunicativo y frenético, casi al borde de la locura. El indio, de pelo hirsuto y negro, piel cobriza y nariz aguileña, era tan lampiño que parecía recién afeitado, sus ojos eran pequeños y su mirada tan aguda, que lastimaba verlo. Vestían andrajos, aunque se notaba que habían tratado de reparar sus ropas de la mejor manera posible. Pero se notaban bien alimentados, solo parecía que andaban algo mal de la cabeza.

- Ya hace mas de tres años que acá vivimoss, con Bartolomeus. Es la Divina providencia quien los ha traído a esta humilde islas, por que ya habíamos perdido esperanzas. Fue una cruel tormenta que hundió el navío, el buen navíos donde viajábamos. Estuvimos buenos días en el agua, flotando a unos barriles, y las corrientess nos arrastraron a estas playas. Creímos haber muertos, pero luego, la corriente trajo partes del barco, que al parecer se había destruidos al chocar con algo, y gran cantidad de barriles y cofres, con ropas, ron y cosas por el estilos. Ningún sobrevivientes mas, solo los dos, Bartolomeus y yos.

Hablaba así en un monólogo interminable el holandés, no dejando a nadie participar de su tertulia, y se notaba que disfrutaba esto, que estaba desesperado por hacerse oír y por seguir hablando.

- Construimos una casuchas, luego empezamos a cosechar algunas frutas, que crecieron en el lugar donde inicialmente hicimos el baño. Si, pareces que trajimos algunas semillas en dentro de nosotros, y crecieron, y fuimos felices. Cazamos pescados, y poco a poco nos aguantamos y sobrevivimos. Pero hay un problemas, ningún libros, nada para leer o escribir. Y mi buen amigo, Bartolomeus es un buen oyente, pero poco hablador, lo han notados?
- Es cierto, hasta ahora no ha dicho palabra alguna. Entiende lo que le decimos, señor Bartolomeus? Pregunta William algo
- Entiendo, señor, y mi nombre es Barto-lo-meo Tito, para servirlo- responde el indio haciendo énfasis en las últimas sílabas, pues al parecer no es de su agrado que lo confundan.
- Y quiere decir que vivieron solos, por tres años en esta pequeña isla? Pregunta Gombo algo incrédulo.
- Tres años, dos meses y 12 días, señor negro. Contesta con su parsimoniosa voz Bartolomeo.
- Gombo es mi nombre.
- Bartolomeo Tito, para servirlo, usía. Repite el indio y extiende su mano a Gombo, en una manera tan ceremonial, que causa la risa de todo el cortejo.
- Théodore d'Alembert, "le tigre", se adelanta Theo, y toma la mano de Bartolomeo y la estrecha efusivamente luego que Gombo ha hecho lo mismo.
- Víctor Ivanovich Stepanov, "Vitia", dice con su voz de trueno el ruso y estrecha la mano de Bartolomeo tan fuerte, que este hace una pequeña mueca de dolor, lo que causa la algarabía general.

Y así, uno a uno se van presentando todos los integrantes de la comitiva,  Yu lien "el chino", con su sombrero gracioso, Silver  "cocinero" Stone, con el Señor Robinson, su  loro,  Mario "navaja" Tachini,  Julius "popote" Samaras, Mohamad "sultán" Sahidi, Ryunosuke "dragón" Fukuda, Darshán "califa" Rabandkore, Simon "manitas" Avery, Alejandro "negro" Estremadoyro.
Todos diferentes, todos bandidos, cada uno peor que el otro, unidos por un solo deseo: aventura, oro, ron, mujeres.

Luego de alimentarse, descansar y comentar todo lo comentable, se dispusieron a solucionar su principal problema: repara el viejo galeón, que tenían encallado en la playa, y ver la forma de remontarse a las costas caribeñas para hacerse de alguna otra embarcación y continuar su aventura.

- No llegarán muy lejos, así - meneaba la cabeza Claudius - incluso los del caribe les darán caza y sus cuerpos serán colgados a la entrada de algún puerto como escarnio. Lo habré visto con estos propios ojos en mil ocasiones, pues he viajado mucho, lo sabéis? Mucho ha viajado Claudius Van Der Veen por estos mundos, mucho ha visto, mucho conoce de colgados y muertos. Y no hay peor pestilencia que un colgado pudriéndose, comido por gaviotas, desde los ojos.
- No sea tan ilustrativo ni explícito, señor Van Der Veen, ya lo entendimos, pero no nos queda mas que tentar a la diosa fortuna, y a nuestra suerte, pues no nos queda otro camino.
- Otro caminos queda, eso es cierto. Conoce el viejo Claudius Van Der Veen a algunas personas en Port Royal, lugar de piratas y bucaneros, pero tengo que llegar primero allá, y no con estos andrajos, así podría negociar una transportación a mi querida Holland, y ahí otra cosa sería la historias.
- Eso suena muy interesante, conversemos al respecto, mi estimado amigo Claudius.

La cara de William ha cambiado, al escuchar las últimas palabras del holandés, que algo chiflado, al parecer sabe más, y vale más de lo que habían inicialmente pensado.

En poco tiempo, con nuevos bríos y mayor entusiasmo, la pequeña tropa multicolor se puso manos a la obra, y logran con algunos sobresaltos reparar la vetusta nave. Sin informar a Claudius ni a Bartolomeo, entierran los dos baúles con el oro, guardando 6 monedas cada uno en sus bolsillos, para usarlas en Port Royal, oro español, marcado con la corona española, pero oro de las indias, del mejor que hay, y que les servirá para sus fines iniciales. Will hace un pequeño mapa en un trozo de género, y lo entrega a Gombo, su fiel y leal escudero. Ahora tienen un pequeño salvoconducto, que lo usarán cuando sea necesario.

No tardaron ni dos semanas, y ya están nuevamente en el mar, ahora si el viejo galeón es maniobrable. Aunque no tienen pólvora ni cañones, guardan la esperanza de llegar a Port Royal antes de ser alcanzados por españoles, portugueses o ingleses.  Es cierto, Port Royal es territorio inglés, pero ahí manda la ley de la piratería, y ellos, son al fin y al cabo, piratas, o eso por lo menos creían.


Estando cerca a las islas caribeñas, hundieron el viejo galeón, no con mucha alegría. Se subieron a los tablones y balsas preparadas para simular el desastre, y rezando a todos los santos conocidos o inventados, esperaron a la primera embarcación que pasara, rogando al cielo que sean los piratas que regresaban de alguna de sus fechorías. La suerte les acompañaba, ya que así sucedió, y antes que tuvieran tiempo de pedir que no los mataran, o que no los abandonaran, o algo peor, la tripulación del barco pirata reconoció a Claudius.

Era un gran comerciante, trasladaba de todo desde Europa a Port Royal, y hace buen tiempo le echaban de menos. No fueron necesarias muchas explicaciones. Una tormenta, un desastre, los suelen haber en esos lugares. A nadie le interesó el aspecto desgreñado, ni las vestimentas. Claudius tenía una reputación bien ganada, y presentó a los demás como su séquito, sus empleados, y fue suficiente.

En un tiempo récord, menos de lo esperado, ya estaban embarcados con rumbo a Holanda, y ya Claudius había hecho una promesa a William por su rescate: tendría a los mejores astilleros holandeses y a los mejores constructores navieros para construir una embarcación que sería la envidia de los mares, que sería veloz como una saeta, fuerte como un martillo y letal como una cobra, tendría lo mejor de lo mejor, pues Claudius Van Der Veen tenía el dinero y la influencia suficientes para hacerlo, y era hombre de palabra, y así lo haría.

- Solo una cosa, señor capitán Grant, una embarcación debe llevar un buen nombre antes de zarpar, de eso depende todo. Así que piense bien, que nombre le pondrá a esta preciosura, pues será una espléndida nave, hermosa entre hermosas, y tan temible como la mas terrorífica bestia desalmada jamás parida por el océano, será una digna hija de Poseidón y de las profundidades...
- Exacto!... La hija del mar!

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