Un abucheo general y algunas risas invaden la cubierta.
No se lo esperaba. A pesar de su juventud, William se considera a si mismo, y no sin razón, como un viejo lobo de mar. A enfrentado mil batallas, y tantas veces ha enfrentado a la muerte, logrando salir airoso de todos sus lances. A sus casi 26 años, ha tenido tiempo suficiente para poder enfrentar a sus miedos y dominarlos, casi hasta la perfección. Pero hoy, frente a toda su tripulación, una extraña sensación trepa por su vientre e invade todo su cuerpo.
- Yo la dejaría tranquila.
Socarronamente indica el herido capitán español, agregando un: "es mas brava de lo que parece" entre dientes. Pero es escuchado por todo el mundo. La risa general se desata y un "uyuyuy" sostenido lastima los oídos de William, quien aún duda de su siguiente paso.
- Señora, permítame presentarme. Soy el Capitán William R Grant, y en nombre de mi tripulación le solicito nos conceda el honor de ser nuestra huésped, a bordo de nuestra pequeña pero cálida nave.
- De mi parte solo obtendrá un cálido recibimiento del filo de mi espada, sucio y malnacido pirata. Es la respuesta que obtiene William de la misma voz femenina desde el fondo del camarote, lo que provoca más abucheos y la risa general.
William levanta un brazo en ademán de silencio. Dirige una mirada terrible a toda su tripulación, que se queda callada en el acto. Pone su sombrero a un costado, deja también las pistolas, el saco, y todo artilugio que cuelga de sus hombros y cintura, para tener libertad de movimiento. Sin mas ceremonias, y dejando a su tropa en silencio, se interna en el camarote del capitán, donde le espera su peculiar adversario.
- Eh, no quisiera ser descortés, pero debo indicarle que no tiene una sola oportunidad de salir victoriosa, le sugiero deponer las armas, entregarse y será tratada con la cordialidad que se merece.
Intenta una especie de negociación William, conocedor que una mujer puede ser un botín muy valioso para un pirata. A veces pueden pedir rescate con sumas exorbitantes a esposos desesperados, o a padres diligentes. Claro, en cierta ocasión intentaron pagarles para "deshacerse" de la rehén, y no habría estado mal, pues la señora en cuestión era tan irritante, petulante, mimada y exigente, que muy cerca estuvo Will de aceptar tal propuesta, pero no lo hizo así, y dejo a la señora en cuestión en libertad, sin ya pedir nada a cambio. Y se vio reconfortado por esto. Luego de esto hizo en silencio un juramento de soltería permanente, no vaya a ser que le toque tamaña suerte con una joyita similar como esposa.
Ingresó con cautela y cuidado al interior del camarote, y en el fondo, sentada y encorvada en una especie de sillón logró divisar la silueta de una mujer con vestidos llamativos, hombros semidesnudos, y con el rostro cubierto, en posición de evidente temor y gimiendo como cualquier mujer sumamente asustada, casi temblando, se encontraba la pasajera por la cual había venido.
Por un instante quedó perplejo, pues había esperado algún tipo de súper mujer, armada hasta los dientes que pudiese ser un digno rival a quién enfrentar. Sólo había una cuestión: Cómo diantres esta pequeña y asustada mujer pudo haber puesto fuera de combate a dos de sus mejores hombres? Iba en esto pensando, y ya casi con la guardia baja, cuando con un movimiento felino, por escasos milímetros, pudo esquivar una certera estocada que se dirigía directamente a su cuello.
Por unos segundos se vio superado por tan hábil adversario. Trastabillando terminó apoyado contra la pared, y ya estaba a punto de ser sometido, cuando usó uno de sus movimientos extraños, y pudo deslizarse por abajo de las piernas del contrincante, tirarlo al suelo, y levantarse a sus espaldas, para poniéndose de pie, lograr cambiar la situación. Ya con el control de la lucha, no pudo mas que admirar la pericia y los movimientos finos y delicados de su contrincante. Era un espadachín muy habilidoso, parecía conocer cada uno de sus movimientos, e incluso llegó a pensar que podría ser vencido. Pero, era la leyenda viva, el Capitán pirata William R Grant el que estaba peleando, era su reputación y su orgullo lo que estaba en juego. Así que sin mas miramientos, hizo un ataque final apabullante, y a un pequeño descuido del oponente le hizo una zancadilla, y mientras caía le arrebató su espada.
- Cobarde! No puedes ganar limpiamente!
William no podía creer lo que había escuchado. No era el hecho que lo llamasen cobarde y traidor, eso ya lo había escuchado hasta el hartazgo. Era la voz de su contrincante.
Era una mujer.
A los gritos de la segunda mujer, acompañados de un llanto descontrolado, la abatida, mas que pedirle, le ordenó:
- Por favor, cálmese señorita! Nada le va a pasar!
A lo que la otra trataba de mascullar algo, pero nuevamente la espadachín abatida decía:
- Cálmese de una buena vez!
Se puso de pie, dejando a Will boquiabierto, y se acercó donde estaba la Señorita, que no dejaba de sollozar y gemir. Le dijo algo al oído, y luego, con presteza, la puso de pie a su lado, y tomando una digna postura, recitó:
- La Señorita a la que intentan dañar es nada menos que Doña Margarita Agnes Josefa de los Milagros Campoverde Del Río y Valleriestra, hija única de Don Juan Sebastián Campoverde Barrenechea y de Doña María Josefa de los Milagros Del Río y Valleriestra de Campoverde, dignos vecinos de la Ciudad de La Habana, y vasallos de Su Majestad los Reyes de España. Está ella retornando a casa de sus padres luego de un pequeño periplo por la Madre Patria.
Era completamente extasiante la imagen que se mostraba. La Señorita en cuestión era algo pequeña para el promedio, se cubría con algo de torpeza el rostro con un abanico de colores vivos, y parecía que se encontraba muy incomoda bajo los vestidos y corpiños, y el sombrero casi se le iba de lado; ademas cuando quiso dar un paso hacía adelante, trastabilló y casi cae, si no es el oportuno apoyo de su fiel acompañante. Y era la acompañante, la espadachín la que atraía todas las miradas. Joven, quizá una adolescente crecida, pero ya no una niña, quizá 17 o 18 años. Alta, espigada, firme y de mirada orgullosa, tenia el cabello negro azabache recogido en una trenza enorme en la espalda, unas facciones muy bien definidas, ojos negros como la noche que contrastaban con la blancura de su rostro que estaba bien cuidado, una dentadura perfecta, y la ropa dejaba notar una figura muy bien trabajada, con piernas fuertes y caderas dibujadas por una cintura bastante pequeña, pechos firmes que apenas se insinuaban bajo la camisa, pero que entraban en perfecta armonía con el resto de su figura. A William solo se le ocurrió una idea: "Es una Diosa guerrera, una Amazona en forma humana, es la mujer perfecta".
- Ejem,mi estimado Capitán, creo que las damas esperan una respuesta suya. Muy gentilmente observó el Doctor Dávalos, que ya había auxiliado a los inconscientes Theo y Bartolomeo, y que había notado que por poco William deja la boca abierta.
- Cierto!. Señoritas, deben comprender que son invitadas a nuestra pequeña nave, donde les brindaremos las mayores comodidades que podamos darles, mientras podemos ponerlas a buen recaudo en manos de sus familiares y amigos. Recitó William casi de memoria, sin perder de vista a la acompañante de la Señorita.
Mientras William hablaba, ambas mujeres estaban de pie, frente a él, sin mostrar la más mínima emoción, ni intentar ningún movimiento o mostrar ganas de hacer gesto alguno.
- Lastimosamente, continuó su monologo William, la hija del Mar, como se llama nuestro navío, no cuenta con espacio suficiente para todos, así que la servidumbre deberá acomodarse como pueda con el resto de pasajeros en las bodegas de carga.
En ese momento, la Señorita se quebró, casi de rodillas se abrazó a la acompañante, y sin importarle nada, se puso a sollozar y suplicar:
- No, por favor, no me separen de la Señorita Margarita. Sus papás me matarán si le llega a pasar algo. Decía esto mientras se aferraba firmemente a la cintura Margarita, quien solo atinó a decir:
- Tranquila, Clementina, nada nos va a pasar. Y trató de consolarla, en el preciso momento que se le cae el sombrero y deja ver que su rostro y su cabello: era apenas una niña, quizá catorce o a lo sumo quince años, que desconsoladamente lloraba.
- Debimos haber escuchado a Doña María, ella no quería que viajásemos solas, sino en compañía de...
- Silencio Clementina, no mas explicaciones.
- Si, Señorita Margarita, pero aunque me quemen las manos, y me partan las piernas no podrán separarme de su lado...
Así que Margarita era la espadachín, y la que estaba disfrazada en realidad era su acompañante y sirviente. Una niña. Eso lo explicaba todo. Y aunque el mismo no lo había notado, William había perdido totalmente la cabeza por ella.