viernes, 6 de noviembre de 2015

La hija de los mares. Capítulo 19 - La diosa fortuna.


- Vaya raro que es el chino Fukuda.
- Ni que te escuche que le has dicho chino, ya sabes que no le gusta. Mira con rayos fulgurantes que te quieren partir por la mitad cuando escucha que lo confundes. Él es "ja-po-nés"!
- Igual tiene los ojos chinos. Y si no le gusta, pues mejor no se lo digas... Pero, igual es raro. Mira que pedir un gato y grillos para poder incursionar en el convento. Tu que crees? Que se los come?
- Hmm... No se, aunque si estos chinos, ejem, japoneses, comen rata, pues no hay que sorprenderse que coman gatos, grillos y todas esas cosas también. Aunque, para ser sincero, nunca lo he visto comerse las ratas, incluso cuando hemos estado en la peor de las situaciones.
- Tienes razón. Epa, silencio, que aquí viene.

Es hasta cierto punto gracioso el respeto que le tienen al dragón Fukuda. El siempre silencioso japonés se acerca al par de amenos amigos, hace una venia, y recoge los mencionados "objetos", solicitados explicitamente al capitán Grant para poder dirigirse a su intento de infiltración al Convento donde está Margarita.

William ultimó los detalles con Fukuda sobre los pasos a seguir. Inicialmente dejaron a Fukuda en tierra firme, quien pidió quedarse un día antes, con su gato y algunos grillos, totalmente ataviado de negro. Apenas hubo pisado tierra firme, se esfumó cual sombra en noche sin luna. Y eso que era de mañana.

Se perdió entre las sombras, y sigilosamente, con el gato casi desmayado y los grillos adormecidos, se acercó a los muros del convento, y trepó a la cima de los mismos por el lado de mas difícil acceso y mas alejado, donde la vigilancia era casi nula. Se escondió cerca al campanario de la iglesia, y desde ahí se puso a observar. Notó todos los detalles de la pequeña ciudadela, haciendo un plan para poder deslizarse sigilosamente al atardecer hasta la puerta principal, no sin antes mandando a soñar a algunos guardias que por ahí habían. En ellos usó unas pequeñas llaves aprendidas de su maestro, pero en las monjas que estaban cerca, tuvo que usar los pañuelos empapados en éter proporcionados por el doctor Dávalos, aunque algunas reaccionaron de forma poco esperada, a quienes también tuvo que darles una ayudadita con una que otra llave.

La puerta del monasterio daba a una calle principal de la ciudad, muy concurrida aunque poco custodiada. Aún así era casi imposible pasar desapercibido al pasar por ella. Así que el plan contenía una parte de los "sacrificados": d'Alembert, el negro Estremadoyro, y navaja Tachini se encargarían de armar un escándalo de tal magnitud en el bar cercano, que acapararía toda la atención de peatones y guardias, con la finalidad que nadie note como William, Gombo y Vitia se cuelan por la puerta principal del convento, que para esto debía haber abierto Fukuda, según lo planeado cerca a las 8 de la noche, cuando la oscuridad reinaba, pero aún no todos dormían.

La explicación de los grillos era para que con el ruido que ellos hacían, enmascarar los pequeños ruidos de los movimientos del ninja. Y del gato, pues solamente Fukuda lo sabía. Y es que en la oscuridad de la noche, ellos podían saber la hora exacta del día o la noche con solo observar la forma de los ojos de estos felinos. Un arte secreto que solo ellos estaban en la capacidad de realizar.

- Silencio. Ordena Will, cuando el pequeño grupo traspasa el pórtico del convento. Todo en orden? Pregunta a Fukuda.
- En orden. Trajo lo que le pedí, señor Parker?
- Aquí lo tiene. Con cierto aire perplejo, Gombo alcanza un pequeño paquete a Fukuda, quien de reojo lo revisa rápidamente, y muestra a los atacantes un bulto detrás suyo.
Recién entonces se percatan que tiene a Margarita envuelta en una especie de fardo, dormida. Un segundo de silencio, y ya las poderosas manos de Vitia y Gombo cargan a la secuestrada con la mayor cautela posible, como si se tratase de una frágil muñeca de porcelana.

- Mañana, a la misma hora.

Es todo lo que dice Fukuda, mientras cierra desde dentro la puerta del convento. William y los otros se deslizan con presteza y en silencio con su valiosa carga, y se logran escabullir hasta el puerto, donde los esperan los demás listos en una pequeña chalupa. Pasa revista, todos completos, algunos moretones, olor a ron, pero todos completos.

- Y el dragón? pregunta Theo.
- Decidió hacerse monja... con un guiño burlón responde Vitia.
Gombo mira a los animosos compadres, con una mirada adusta y seria,
- Reemplazará a la señorita en el convento, hasta que la devolvamos mañana.
- Qué?!
Al unísono preguntan los divertidos amigos. Volverán? Devolver? Que acaso no recuerda Gombo que acaban de secuestrar a una persona de un Monasterio, que acaban de desatar una batalla infernal en el centro de la ciudad, y que escaparon por un pelo, y que si bien es cierto, fue difícil hacer esto, repetirlo sería casi imposible.

Pero era cierto. William jamás permitiría manchar la honra de Margarita. Y el plan de Fukuda le pareció genial. Suicida, pero genial. Fue él mismo que se lo propuso. Sacar a Margarita del convento, vestir sus ropas, disfrazarse de ella, y mantenerse en silencio el día en que las monjas en el convento se dedicaban íntegramente al rezo en sus celdas y al ayuno. Excelente!

Margarita no era novicia ni mucho menos monja. Estaba al cuidado de las monjas de clausura hasta su matrimonio, ya pactado con anticipación con un noble español de la zona. La rigidez y el estricto régimen de comportamiento dentro del claustro, en este caso serviría a la perfección para los planes de Fukuda, y para hacer realidad el sueño de William. Únicamente no habían contando con un detalle, que junto a Margarita, en el convento se encontraba la fiel Clementina.

- Buenos días, Señorita.
- Señor pirata, déjeme decirle que no estoy muy complacida con todo esto.
- No tiene que preocuparse mucho. Hoy por la noche estará de retorno a su claustro monacal, sin que nadie haya notado un minuto su ausencia. Únicamente quería compartir con usted este pequeño desayuno y estas flores excepcionales.
- Vaya que se lo tomó en serio. Y se puede saber cuáles son sus intenciones, señor Pirata?
- Las intenciones de un corazón enamorado,

El rostro aún sonrojado de William, contrasta con la sonrisa coqueta y juguetona de Margarita. Siente su respiración muy cercana, se siente como un pequeño indefenso, que agacha la mirada ante la travesura realizada. Ella lo coge con ambas manos, y con delicadeza acerca sus labios a los de él, y le estampa un apasionado beso. El mundo se enceguece a los ojos de William. Ya no se pertenece, ya no es él mismo, ya no es el pirata mas temido de todos los mares, ni el bandido mas desalmado. En este momento es solamente un adolescente enamorado.

Mientras esto sucede en la Hija de los Mares, en los claustros del convento:

- Por qué no completa su trabajo?
- Yo a usted lo conozco. Es del barco de William. Dónde está la señorita? Conteste o le juro por Dios que le corto el cuello.
Fukuda mira mas con curiosidad que con asombro a la pequeña Clementina, que sujeta un cuchillo de cocina con una mano temblorosa cerca al cuello del ninja. Casi sonríe. Sabe que no es rival para él, sabe que bastaría un movimiento furtivo para desarmarla, pero... Admira su valentía, y, además, le causa curiosidad el saber por qué no lo ha delatado, ya que sería suficiente que de la voz de alerta para poner sobre aviso a todos los habitantes de este lugar, de por si, silencioso.

- Ella está bien, señorita. Regresará sana y salva en la noche.

Con un español masticado, enrevesado y casi ininteligible contesta Fukuda.

Clementina guarda silencio, por unos instantes se muestra indecisa, pero le gana más la curiosidad y pregunta:
- La han llevado con el capitán Grant?
- Sí.
- La devolverán sana y salva?
- Sí.
- Estará intacto su honor?
- Sí.
- Me lo jura por Dios y la Virgen.
- No. Juro por el honor de Fukuda y su Maestro.
- Y quienes son esos dioses?
- Yo no ser Dios, mi maestro tampoco, pero el fue honorable.
- Por Dios. Que emoción. Osea tendrán su desayuno romántico después de todo. Yo bien le decía a la señorita que el capitán Grant no dejaría pasar esto, que él sería capaz de armarlo todo. Ella estaba algo dubitativa, sobre todo cuando la trajeron para acá, pero no se esperaba que yo también vendría, pues ni hablar, no la dejaría sopla, ni por un instante... Hmm, qué olor es ese? Ah, es usted, que huele a borrego apestado. Y así quiere engañar a las monjas? Está usted loco, a ver, acérquese. Y esa peluca, Dios mío! Cree que las monjas son ciegas? Lo descubrirán a la primera que lo vean. Déjeme que lo acomodo...

Fukuda era el mas pulcro y limpio de la tripulación de la Hija de los mares, pero aún así los olores del mar y del barco estaban tan impregnados en él, que cualquiera que se le acercase a menos de medio metro se daría cuenta que es marino. Al estar alejado no tenía problemas, pero de cerca, los olores eran demasiado. Sin mas ni más Clementina casi desnudó al perplejo Fukuda, que no movió un solo musculo, lo frotó con violencia con una trapo embebido en una especie de bálsamo con vinagre, limón y algunas cosas más, lo que cambiaron totalmente su olor; arregló su horripilante peluca, convirtiéndola en un peinado excelente, le acomodó los hábitos, le colocó la capucha de tal manera que se puedan visualizar solo partes del cabello y del rostro. Y le enseñó en fracción de segundos la forma correcta de estar de rodillas frente al crucifijo para el día de oración y ayuno.

- Haga de cuenta que en ese lugar donde está el crucifijo está su Fukuda maestro ese, y por favor, agache la cabeza. No se reza con la frente en alto. Shh, ahí vienen.

Muy hábilmente para todo este trámite, habían hecho maullar al gato. Lo que llamó la atención de las monjas. Las supervisoras tuvieron que dirigirse con dirección a las celdas de Margarita y Clementina. Pero ese pequeño maullido había escondido la "Charla" y los ruidos por el acomodo de las ropas y otras cosas. Cuando llegaron las Monjas, encontraron a Clementina con el gato en las faldas, acariciándolo, con un aire de inocencia, y a "Margarita" entregada a los rezos que corresponde a una novia próxima a contraer nupcias.

El rostro severo de una de las supervisores, cambió al ver que la mascota era tan cariñosa y tierna. Lo cogió entre sus manos, la examinó. Hizo un gesto de aprobación. Luego se persignó, lo entregó en manos de Clementina, y posteriormente le hizo el universal signo de "silencio" con las manos, para luego retirarse a su correspondiente celda.

Fukuda, en completa inmovilidad y silencio, ya tenía listo un plan de fuga en caso de ser necesario. La catana y las demás cosas, las había hábilmente camuflado debajo de la cama de Margarita, y esto solamente él lo sabía.

Lejos de ahí, a muchos kilómetros del convento de clausura donde un ninja se hacía pasar por monja, y de un barco pirata donde dos enamorados se daban su primer beso, muy lejos de esas costas, se estaba por prender el fuego de un acontecimiento que cambiaría para siempre las vidas y la suerte de nuestros amigos.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

La hija de los mares. Capítulo 18 - Bon appetit!


- Mi buen amigo, el Capitán William "cicatriz" Grant. Bienvenido a bordo.
- Capitán Morgan. No sabe el placer que tengo el volver a verlo. En toda el tiempo que ha durado esta pequeña empresa mía, únicamente pensaba en este momento.
- Nosotros también, ya temíamos lo peor. Lo imaginábamos atrapado por las temibles guerreras amazonas para ser ofrendado a dioses sanguinarios, o por los reducidores de cabeza, los jíbaros, para ser su cabeza convertida en adorno portátil, o engullido por alguno de esos seres mitológicos que abundan en la jungla o en el fenomenal río....
- No cabe dudas que su imaginación es grandiosa, mi querido Capitán Morgan. Aunque, para serle sincero, sus cavilaciones no están lejos de la realidad. Aún así, debo decirle que los lugares que hemos visitado distan mucho de los cuentos y leyendas que sobre ellas cuentan. Sobre todos, el mítico Dorado...
- El Dorado?!
- Ese mismo, ese lugar del que tanto nos habían contado, y del que tantas leyendas e historias hemos oído, este su humilde servidor, ha tenido la fortuna y suerte de admirarlo con sus propios ojos.
- Caramba, Grant! Cuéntemelo, cuénteme todo, sin obviar detalles, soy todo oídos.
- Tome asiento, Capitán Morgan, el relato es largo, y gustosamente pasaré a narrarlo.

Sentados en el camarote del Capitán Morgan, William y este último se entregan al placer de narrar y relatar historias, sin obviar detalles, y poniendo algunos matices de la imaginación de los dos, para adornarlas y hacerlas mas interesantes. Es un buen pasatiempo. Posteriormente harán algunas anotaciones en la bitácora. Y las partes mas importantes, mas sabrosas y entretenidas, les servirán para seguir cautivando a sus seguidores y detractores. Esa es su vida, vida de pirata, llena de aventuras y de encuentros fantásticos y excepcionales.

De boca de Morgan William se entera de que en el camino se encontraron con una flotilla de la armada española, y que entraron en cruel y desigual combate. Tuvieron que mandar a pique a una de las naves españolas, pero las otras dos las lograron capturar. Otra vez, la maestría y habilidad de los piratas fue superior. Y otra vez, lamentablemente, Fukuda se enfrentó a los capitanes de los navíos, y a ambos los mandó al mas allá sin más ni más. Los que lo vieron, dicen que los oficiales españoles atacados por el Dragón ni siquiera pudieron hacer  una mínima defensa.

Ryunosuke Fukuda,  el dragón. Silencioso, sigiloso. Lleva un extraño sable, una catana, que en sus manos es un arma poderosa y mortal. Nadie sabe nada de él,  excepto que es japonés y que no hay que molestarlo. Aunque para ser sinceros, puede ocurrir una tormenta a su lado, y él permanecerá in-inmutable en su típica posición de sentado con las piernas cruzadas, la espalda recta, la frente erguida y los ojos cerrados. Pudiendo cambiar de postura en menos de un segundo, y asestar un golpe mortal con su filoso sable, o con las manos cuando el oponente no es "digno" para el filo de su arma.
A veces, sólo algunas veces, usa su mortal arma contra cualquier adversario, tanto para defenderse como atacar, y puede incluso cortar miembros con extrema facilidad. Circulan leyendas entre la tripulación, que podría partir a una persona por la mitad de un solo tajo.

Puede caminar entre las sombras sin que nadie noté su presencia. Se mimetiza con el entorno con una facilidad y pericia admirable. Y es tan silencioso, que algunos llegan a creer que no es humano,  sino un espectro viviente.

Únicamente William conoce su historia. Nació en una isla japonesa, en una aldea alejada, siendo su padre el carnicero del pueblo. Era por esta razón considerado como integrante de la clase social más baja de todo el país, siendo relegados y menospreciados por este motivo. Siendo aún pequeño su aldea fue invadida por un grupo de mongoles, quienes mataron a los adultos, y se llevaron a los demás, prendiendo fuego a toda la comarca. El tenía a lo sumo 6 o 7 años, por lo que se escabulló al momento del ataque, se escondió en el bosque y regresó cuando el fuego ya había menguado. No encontró a nadie, solo algunos cuerpos calcinados y restos de las viviendas destruidas.

Sólo y hambriento se dirigió hacia el poblado mas cercano, a donde una vez fue con su padre. Al llegar allá se encontró con la amarga sorpresa que también habían sido atacados, y que había sucedido lo mismo. Pero encontró algo de arroz, así que pudo alimentarse un poco. Desconsolado y sin esperanzas se interno en el bosque, tratando de buscar refugio y alimento.

Abandonado a su suerte, sabía que no sobreviviría al invierno, así que se dirigió hacia la ciudad,  aunque sin muchas esperanzas. Cansado, debilitado, hambriento, perdió el conocimiento mientras caminaba, y en su mente de pequeño se dibujaba la imagen de sus padres y de su casa.

Despertó al calor de una fogata. Un extraño hombre con el cabello largo y vestimentas holgadas le alcanzó algo de arroz recién cocido. Comió con dificultad. El alimento le produjo espasmos, vómitos y sintió morirse. Pero sobrevivió, los cuidados del extraño surtieron efecto. Sólo después supo que era un guerrero samurai, que había quedado completamente sólo después de perder a su señor y a sus compañeros en una batalla. Y que no habían sido derrotados, sino podría decirse que habían ganado, pero nadie había sobrevivido. Y, que al encontrarse sin amo a quien defender ni clan al que pertenecer, se dirigía a otra ciudad a ofrecer sus servicios. Es ahí donde se encontraron, y, como le pareció adecuado, decidió tomar al pequeño como aprendiz.

Fueron años de estricto aprendizaje y adiestramiento. Le enseñó todo lo que debía saber, el manejo del sable, el arco, las flechas. También artes marciales y meditación. Pero, adicionalmente, le enseñó los artes de sigilo, camuflaje y engaño. Lo preparó para ser un guerrero ninja, ya que él mismo por su condición de samurai no podía "rebajarse" a esas actividades. 

Fue su maestro y su padre. Pero también fue su único amigo. Su condición de clase social baja lo perseguía por donde fuera. Incluso para la ceremonia de la mayoría de edad, que con tanta pompa celebran los japoneses el primer mes del año en todos los lugares, incluso para esta ocasión tuvo que hacerlo sólo, con su maestro. Nunca dijo el nombre ni el linaje de su maestro. Will no pudo sacarle más datos del mismo, solamente que cayó gravemente enfermo, y que lo "ayudó " a partir con sus ancestros. Él mismo se abrió el vientre con una daga y Ryunosuke lo decapito de un certero golpe. Guardó la catana, con la cual se fue lejos de las islas a buscar fortuna como guardia personal de mercaderes en Asia. Es así como llegó hasta África, donde pudo enlistarse en el grupo de William,  porque también despreciaba a los portugueses y españoles por embusteros y poco honorables.

El apelativo de "dragón" se lo puso Theo, quizá el único que podía gastarle bromas a Fukuda. Sabía algo de inglés, francés y desde poco unas palabras en español. Era muy empeñoso, limpio y disciplinado. Y alguna vez, preguntado por William,  dijo que moriría gustoso a manos de alguien honorable. Y que era lastimoso que hasta ahora no hubiese encontrado un oponente digno.

William y toda la tripulación ahora se preparaba para el siguiente gran paso: Invitar a Margarita a un desayuno a bordo de la Hija de los mares.

Acompañados de Morgan y su tripulación, no tardaron en llegar a Port Royal. Ahí "entregaron" amablemente las carabelas a los representantes del gobierno español que vinieron por ellas. La paga fue significativa. Antes de partir se encontraron con Claudius, quien ya tenía los tulipanes negro pedidos y un sinfín de manjares dignos de cualquier mesa real. Recogieron todo sin perder mucho tiempo, y se dirigieron a la Habana, en busca de una "Señorita",

Durante toda la travesía por la jungla y por el mar,  William había meditado mucho sobre la forma como haría la invitación,  llegando a una simple conclusión: debía secuestrarla. No tenía opciones. Pensó en como atacarán la casa paterna, en la noche, poniendo a dormir a los guardias. Todo debería ser exacto y sin errores, y la devolvería por el mismo método al siguiente día. Pero, hubo una complicación. Al llegar a la Habana, se enteró que Margarita y su acompañante estaban recluidas en un monasterio. 

La desazón y desesperanza de William fue total. Ni los más aguerridos soldados, piratas, marineros o demonios pueden compararse en fiereza que las monjas de clausura. Era literalmente imposible ingresar a un convento si ellas no lo permitían. Solamente destruyendo literalmente los muros del convento se puede acceder a esos claustros prohibidos para el común de las personas.

Desconsolado, William reunió a sus hombres en la cubierta de la nave, a donde había regresado. Armó una mesa enorme, y se dispuso a tomar el desayuno más amargo de su vida.

- Bon appetit! Con cierto sarcasmo invitó a la mesa a la consternada tripulación. 

Nadie tocó nada. Todos estaban compungidos, Theo, siempre alegre y vivaz, ni siquiera él reía. William tomó amargamente un sorbo de vino, y sin levantarse miraba fijamente a las hermosas flores que coronaban tan suculenta mesa. 

El silencio era sepulcral, hasta que fue roto por el dragón Fukuda, quien dijo:

- Yo puedo entrar. Solamente no me pidan pelear con mujeres.

Todos lo miraron estupefactos, incrédulos. 

En el rostro de William se dibujó una sonrisa maliciosa. Un plan se dibujaba en su mente, y de un tiro ordenó. 

- Señor d'Alembert!  Ordene que guarden todo! Prepárense piratas, hoy atacaremos al mismísimo diablo en persona!

Gritos de júbilo. Saltos, casi aullidos. La adrenalina y la emoción vuelve a los rostros de los compungidos piratas.

- Que esperan sarta de inútiles! Una esquela de invitación personal, acaso?! Cada uno a sus puestos, por los mil demonios! Hoy el mundo oirá que unos malditos bastardos osaron enfrentar a cancerbero y sus guardianes del infierno!!

Theodore no para de gritar y ordenar. El navío es atrapado por un caótico orden, mientras William ultima detalles con un impasible Fukuda, que muy serio le da detalles de los preparativos para la inusual incursión.

jueves, 3 de septiembre de 2015

La hija de los mares. Capítulo 17 - El Dorado.

- Muy buenos días! Poneos de pie, por favor, que no soy ningún santo ni tampoco un espíritu sagrado.
- Muy buen día, reverendo.  Soy William Grant, capitán de la Hija de los mares, y me acompañan el Doctor Dávalos,  y los señores Avery, Estremadoyro y Tito.
- Cuanto gusto, cuanto gusto. Repite con frenesí el fraile, mientras estrecha las manos de cada uno de los aludidos.

Ataviado con una sotana en andrajos, que debió ser negra y ahora es de un color imposible de describir con exactitud,  el Fraile lleva la cabeza completamente rapada y una barba incipiente. Habla en forma atropellada, poniendo énfasis en cada vocablo pronunciado. Alto, de casi dos metros, flaco y nervudo,  parece un gigante al lado de los pequeños nativos.

- Pero que descortesía la mía, no haberme presentado. Soy el hermano Melchor,  y estoy encargado de traer la palabra de Dios a nuestros hermanos Huambisas. Pero, venid,  acompañadme.  En mi humilde cabaña encontrareis pocas comodidades pero mucha hospitalidad. También algo de agua y un poco de alimento, que bien lo necesitáis,  pues vosotros estáis hasta los huesos, a fe mía.

Y así, mientras hablaba sin parar,  explicando cada una de sus peripecias para llegar hasta este remoto lugar, donde fue recibido por los nativos y donde inició una misión evangelizadora, el fraile Melchor, guía a nuestros expedicionarios hasta una cabaña donde al fin pueden poner sus huesos a descansar y donde luego de ser alimentados, los interrogó de manera tal, sacando la máxima información de los visitantes.  Le  causó mucha gracia el motivo de tamaño viaje, y admiró la belleza de la flor transportada.

- El amor, mi estimado capitán Grant. Es la fuerza que mueve el mundo. Es la máxima expresión de la creación. Y no hay nada más hermoso que vencer los obstáculos del camino y de la vida por amor.
- No se si será amor o capricho. Con cierto sarcasmo observa el Doctor Dávalos,  lo único cierto es que por poco y entregamos nuestras almas en esta empresa. Aunque, para ser sinceros, no la hemos pasado del todo mal. Y debo agregar que he enriquecido mis conocimientos al conocer a fondo a la Madre naturaleza, que tan frondosa y bondadosa es en estos lares.
- Aunque creo que nuestra expedición aún no se ha terminado, remarca Will,  pues según mis cálculos aún debemos estar algo alejados del océano Atlántico.
- El océano Atlántico!?  Pues si, yo no lo he visto desde que llegue acá hace ya casi 14 años. Con cierto entusiasmo añade el fraile.
- Y, tiene alguna idea reverendo de cuanto tiempo de navegación nos queda hasta la desembocadura del gran río? - pregunta Avery.
- Pues, según los nativos, pueden ser varias semanas, con buen tiempo y mucha suerte. Y acá eso no es frecuente, ni lo uno ni lo otro.- responde el aludido, mostrando cierta desazón.
- Pues, si queremos regresar a la Hija de los mares,  no nos queda otra que embarcarnos y seguir adelante. Dentro de aproximadamente 2 semanas ellos deben estar esperando cerca a la desembocadura. Agrega William,  con la convicción que lo caracteriza.

Mientras conversan plácidamente, varios nativos han ingresado al pequeño aposento, trayendo algunos recipientes y cosas envueltas en hojas.

- Señores, les presento al jefe de la tribu, Mashian Sejekam,  el quiere darles la bienvenida. Con gran ceremonia el fraile hace la introducción.
- Bienvenido. En nombre de yo, Mashian Sejekam, les doy la buenaventura al haber ustedes arribado a nuestra Gran tierra Huambisa. En forma ceremoniosa y haciendo énfasis en los nombres propios, el Jefe de la tribu ha tomado la palabra.
- Es bien conocido por todas las regiones de las demás tribus, que nosotros los Huambisas somos mucho amamos la paz - continua - pero que también cuando hay que guerrear, pues guerreamos. Tampoco debe olvidar que somos nosotros los que acá estamos, y somos hijos de nuestros padres y abuelos que acá han estado siempre, y que ustedes, los barbudos, recién están llegando. Conmigo comerán a mi lado los amigos de Melchor, sentados a mi lado, y tomaremos masato juntos. Pero, deben saber que si vienen trayendo paz, serán bien recibidos. Pero también si intentan cualquier otra cosa, serán como debe de ser castigados. Están invitados a compartir nuestra comida y nuestro masato, pero antes el hermano Melchor debe bendecir la comida.

- Gracias, hermano Mashian. Responde el Fraile- En el nombre del padre, del hijo....

Todos se ponen de rodillas, se persignan, y en silencio siguen el rezo del fraile, que bendice y agradece por los alimentos recibidos, y luego, con gran algarabía y en un ambiente festivo, todos los presentes se avocan a disfrutar de los aperitivos. Primero, pasan un brebaje en un recipiente de algo parecido a la madera, que es compartido por todos, sin excepción, incluyendo al fraile. Es una bebida local hecha a base de yuca masticada y fermentada. La presencia de alcohol en la bebida hace que todos suelten la lengua rápidamente, y que la reunión se transforme rápidamente en algo parecido a una fiesta. Empiezan por los plátanos asados, el pescado ahumado, la yuca hervida, la carne asada, al parecer venado u otro tipo de animal silvestre. También hay "cerdo" y "gallina". Aunque realmente son de animales que tienen la carne parecida. Luego traen algunos insectos, orugas y lagartijas asadas. Al inicio la pequeña comitiva muestra cierto rechazo para ingerir estos bocadillos, pero luego, ante el jolgorio de los presentes, terminan engullendo todo lo que les traen, inclusive algunas orugas vivas.

- El buen Capitán Morgan se ha perdido una gran aventura. Hemos conocido casi todo sobre las leyendas de la jungla amazónica- Con gran euforia habla Will- los seres gigantescos, serpientes monstruosas, delfines rosados, hemos avistado mujeres guerreras, y todo tipo de animales e insectos que no alcanzarían en una enciclopedia entera. Únicamente, el Dorado, es una leyenda. No hemos podido encontrar ni siquiera una referencia a ese mítico lugar..
- El Dorado? Se refiere a ese lugar maravilloso lleno de incontables e innumerables riquezas? Pregunta el fraile.
- Ese mismo, reverendo. No hemos visto ni encontrado algo siquiera parecido..
- Y es que no ha buscado bien...
- A que se refiere con eso?
- A que El Dorado si existe! 
- Bromea?
- Para nada hermano William. El Dorado no es una leyenda. Yo lo he visto con mis propios ojos.
- Discúlpeme por ser incrédulo, reverendo - interrumpe el Doctor- pero, hasta este momento no habíamos escuchado ni visto alguna huella de esa mítica ciudad..
- No es una leyenda, hermano. Es realidad. El Dorado si existe, y yo voy a mostrárselos!

A la mañana siguiente, luego de un refrescante chapuzón en la quebrada, y de un desayuno reparador, los 5 viajeros, guiados por el fraile y un séquito de nativos, parten con dirección a la espesura del bosque, con la intención de encontrar el lugar fascinante sobre el cual se tejían tantas leyendas.

El Dorado, lugar de ensueño y de innumerables riquezas, donde hay lagos llenos de polvo de oro, ciudades y templos enteros hechos de este mineral precioso, lleno de tanta riqueza, que aquel que lo descubra sería inmensamente rico. Caminan eufóricos, sabiendo que van a encontrar uno de los pocos lugares que han sido negados a todos los conquistadores desde el inicio de los tiempos. Saben que este precioso lugar se encuentra en la selva amazónica, saben por lo que han escuchado que es inaccesible y que no hay forma de encontrar la ruta salvo que seas guiado por alguien que conozca su exacta locación y accesos.

Caminan entre arboles gigantes, inmensas moles prehistóricas, que se yerguen  cual titanes guardianes de la majestuosa selva. Cataratas con luces multicolores, arboledas con pájaros de miles de colores, ruidos misteriosos, flores de tantas formas y colores que es difícil de describir. Sin darse cuenta, están subiendo una pendiente escarpada, pero la emoción del objetivo a lograr hace que el cansancio se aleje, y que la travesía se haga mas tolerable. Cuando empiezan a trepar por una pendiente vertical, colgando de raíces y ramas, saben que están cerca, pues en la cima se nota algo. 

Llegan jadeando, casi muertos por el esfuerzo y la fatiga, y cuando al fin levantan la mirada, no pueden creer lo que sus ojos están viendo:

En la cima de la montaña, en un pequeño claro del bosque, al lado de un inmenso milenario árbol se encuentra una pequeña cabaña. El fraile con señas les indica que se acerquen. Una sonrisa enorme se dibuja en sus labios, ante el estupor de William y sus acompañantes. Les hace pasar. Ellos creen que el fraile está loco, que por el mucho tiempo en la selva y con los aborígenes perdió la cordura, y que no sabe distinguir una ciudad con una cabaña, y el oro con la paja. Sintiéndose engañados, casi a regañadientes cumplen la orden de ingresar a la pequeña cabaña, y se acercan al lugar que el fraile les señala. 

- Señores, les presento a .., El Dorado!

Luego de decir esto el fraile abre una especie de cortina en un lado que está frente a ellos, y la luz invade la pequeña habitación. 

Todos se quedan mudos y estupefactos. Ante ellos se presenta una imagen que jamás ya podrán olvidar. La imagen de El Dorado.

Era una vista espectacular de la selva amazónica desde una altura considerable. Podía verse el inmenso río, que cruza el verde paisaje en forma serpenteante y se pierde en la linea azul del horizonte, que está adornado por algunas nubes. La exuberante vegetación, coloreada por las miles de aves, las orillas del inmenso río con los animales que ahí habitan. Algunos ríos de aguas cristalinas que desembocan en el río mayor, le dan la forma de una especie de rama gigante, los colores de algunas cascadas, algunos pequeños lagos y una que otra aldea. Es una imagen maravillosa, y muy colorida.

- Este es el Dorado, el lugar donde encontrarán los mayores tesoros de nuestro planeta. No lo podrán encontrar ni saqueadores ni oportunistas. Pues este lugar nos pertenece a todos, y nunca podrá irse de aquí. Disfrútenlo, pues muy pocos pueden darse este lujo. Con gran ceremonia hace esta observación el fraile, mientras los cinco expedicionarios, aún con la boca abierta, no salen de su asombro ante tanta belleza.

Partieron al día siguiente, escoltados por algunas canoas de los nativos, que los guiaron hasta ponerlos en la corriente mayor del gran río. Llevaron consigo muchas provisiones, muchos recuerdos. Pero sobre todo, la imagen de un lugar de ensueño, que se encuentra en el corazón de la selva amazónica, donde aún se puede ser libre, y estar cerca a Dios y a la naturaleza.

El viaje en su tramo final se desarrolló sin contratiempos. El río es tan ancho que apenas se pueden divisar las orillas. El buen viento y la corriente hacen que el catamarán, ahora reforzado, prácticamente vuele sobre el caudaloso río. Los habilidosos nativos, con la dirección de Avery han mejorado el diseño de la pequeña embarcación, convirtiéndola en un prodigio de la ingeniería, de tal manera que ahora se vale de las velas y del timón posterior para poder dirigirla, además de algunas inclinaciones del cuerpo, lo que la hace mucho mas maniobrable y mas veloz. 

En los tramos finales encontraron los delfines rosados en abundancia, algunos tiburones, caimanes, anacondas, manatíes y muchos otros animales. También algunos nativos cruzando el río en sus canoas, pero ninguno con intención de acercarse o de trabar pelea.

Al llegar a la desembocadura del inmenso río, se dieron con la sorpresa que existe una gran ola permanente al final del mismo, y surcar la ola fue todo un reto, por poco y voltean. Al salir de esta ola una silueta familiar se dibuja en el horizonte: es la inconfundible silueta de la Hija de los mares, y ya les parece que hay alguien que salta como un loco en el palo mayor haciéndoles señas. Es el tigre d'Alembert, no hay duda. Un poco alejada a estribor, la silueta de otro barco se hace notoria. Claro, es el capitán Morgan, que fiel a su promesa, espera la llegada de los expedicionarios.

Todos gritan eufóricos, hurras, vivas. De nuevo se sienten en casa. Hasta que... notan que hay una tercera silueta, es otro barco, y es una carabela, y al costado, otra mas, y también es una carabela.

Se quedan paralizados, sin saber que hacer. El viento los dirige directamente hacia las cuatro naves, y nuestros expedicionarios no saben si seguir alegres o preocuparse.

Cuatro naves esperan a William y su comitiva. La nave de Morgan, la Hija de los mares, y dos navíos de guerra de la temible Armada Española.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

La hija de los mares. Capítulo 16 - la jungla.

Partieron en silencio. Gombo era el más molesto. No quería quedarse. Realmente nadie quería hacerlo,  pero dadas las circunstancias no tenían opciones.  Si querían pasar desapercibidos debían mezclarse fácilmente con los lugareños. 

Así que no hubieron problemas para elegir al pequeño grupo: William, el doctor Dávalos,  Bartolomeo, manitas Avery y el negro Estremadoyro.

Simon manitas Avery.  Un mil oficios. Había sido criado en un bote de pescadores. Recogido aún siendo un pequeño que apenas podía caminar, lo adoptaron porque no lloraba mucho. Aparentemente había sido criado en condiciones de extrema pobreza, pues se contentaba con un pedazo de pescado. Cuando niño aún le preguntaban su nombre, sólo respondía "Simon ". Un viejo pescador le puso su apellido,  Avery, pues decía él que se parecía mucho a un hijo que tuvo, pero que había muerto de fiebres hace mucho tiempo. 

Creció en el bote de pescadores filipinos. Aprendió todo acerca de reparar un bote, redes de pescar, anzuelos y todo lo que pueda necesitarse a bordo. Era muy hábil con las manos. Además tenía una agilidad impresionante para trepar palos y cuerdas. 

Siendo aún niño, alrededor de los 10 años, el bote de pescadores se hundió en una tormenta. Sobrevivió asido a un tablón. Rescatado por comerciantes españoles, fue capturado posteriormente por un navío inglés que los atacó. Se salvó por su habilidad con las manos. Rápidamente fue tomado como aprendiz a bordo, siendo utilizado sobre todo en las labores de reparación.

Aprendió a manejar una espada con destreza, también un fusil y un cañón, como todo buen marino. Pero su principal arma eran sus propias manos. Podía convertir literalmente cualquier cosa en una herramienta o un arma mortal. De ahí el apodo de "manitas".

Callado por naturaleza,  habían apuestas a bordo para saber sus orígenes. Era de piel oscura, no llegando a ser negro, pelo hirsuto,  ojos pequeños,  achinados. Su mirada era serena y pícara. Llevaba un extraño cinturón, donde iban prendidas algunas herramientas que el mismo había diseñado y fabricado. Nunca permitía a nadie tocarlas siquiera.

Cuando participaba en una conversación, lo hacía con anotaciones sarcásticas, pero muy inteligentes. Había aprendido a leer en el barco inglés. Nadie sabía cómo ni porqué se hizo pirata. Solo sabían que si algo fallaba en el barco o en algún lado, pues Simon manitas Avery lo podía reparar. Si él no lo lograba, es que ya no existía solución.

Cuando se embarcaron rumbo a tierra firme, hizo un pedido especial a William :
- Necesitaremos lona para las velas.
- Eso significa.?
- Que hay que llevarlas desde acá. Estando en la selva, habrá gran cantidad de madera y mucho material para construir una barcaza. Pero lona, lo dudo.
- Entonces,  la cargaremos. Ordena William, dando la razón al manitas.
- Algo más: algunas sogas fuertes.
- Lo que usted ordene, milord!  Responde con un tono burlón William.
Las risas se apoderan del grupo. Y a causa de esto la partida fue más alegre. Tanto la Hija de los mares, como el navío de Morgan se acercaron temerariamente a las costas del Ecuador, donde bajaron la barcaza con los expedicionarios. Luego, tomaron rumbo sur oeste, alejándose de las costas y de los molestos españoles y portugueses.

Llegaron sin contratiempos,  y hundieron la barcaza para no dejar huellas. Posteriormente se dirigieron hacia la ciudad de Guayaquil,  donde fueron recibidos por el "amigo" de Morgan. Un comerciante judío, que entregó unas mulas y materiales a cambio de algunas monedas de oro. También los contacto con un pequeño grupo de 4 guías, que los llevarían por una ruta segura hasta la selva misma.

El cruce de la cordillera se hizo sin sobresaltos.  No encontraron ningún viajero curioso o fastidioso. Lo que si una población bastante amable y hospitalaria que no tenía reparos en mostrar su descontento con los españoles.

Al principio los guías se mostraron parcos y recelosos. Pero, luego de las conversaciones y días de compañía, fueron entrando en confianza y soltando la lengua.

Contaban de un Imperio bañado en oro, de riquezas enormes, de guerreros míticos, ancianos sabios, hermosas mujeres y de Dioses en forma de animales y estrellas. De hechiceros, brujos y oráculos que podían predecir con impactante exactitud las lluvias, las sequías, las inundaciones y terremotos. También de seres mitológicos, que podían tragarse personas y ciudades enteras.

También de las épocas oscuras cuando llegaron los barbudos y destruyeron todo, matando a los señores de entonces, robando y saqueando. Pero llegaría el momento de que los barbudos se irían, y nuevamente serían ese gran imperio, que era el centro del mundo.

William notó algo extraño. Eran fanáticos religiosos. A cada cosa extraña que pasaba, se persignaban y pedían perdón por sus pecados y los del mundo entero. Oraban con mucha fe, y hacían que el resto sintiese vergüenza por su incredulidad. Y llamaban "señor" a todos. Costumbres extrañas la de esta gente.

Al llegar a la "montaña", como ellos llamaban a la selva, los guías los llevaron hasta el centro poblado mas cercano, donde los contactaron con algunos nativos de la zona. No eran realmente indios salvajes los que los recibieron, aunque para ser sinceros, no hubo mucho entusiasmo por parte de ellos, ya que el oro que portaban no tenía mucho valor en los trueques. Pero si valían mucho algunas cosas que habían traído de la costa, algunos machetes, herramientas, pólvora y vestidos. Las mulas y los guías se retiraron por donde vinieron, y los actuales acompañantes eran nativos de la zona, que sobre los hombros levantaron todas las provisiones y se adentraron en la jungla, dando referencias del lugar donde podrían encontrar la dichosa orquídea.

La encontraron cerca a la vertiente oriental de un gran río. El lugar se les hacía antojadizo y paradisíaco. La tupida vegetación y los animales silvestres hacían que tuviesen la impresión de estar muy cerca a Dios y al cielo.

El doctor Dávalos se encargo de hacer una especie de maceta y en ella colocar las plantas con la dichosa orquídea. Hojas carnosas, blanco níveo, en su interior parece portar una paloma sentada con las alas semi abiertas. Hermosa, rara. La cuestión era si iba a soportar el viaje.

Era el tiempo de dirigirse cuesta abajo, siguiendo al río. Con anticipación, manitas Avery había sugerido que hiciesen un trueque por dos canoas. William no tuvo dudas en aceptar, aunque para esto tuvieron que entregar algunas armas. Les regalaron los remos. Manitas no soltaba por nada del mundo sus lonas y sus cuerdas, tampoco sus herramientas. Posteriormente hubo mucho tiempo para darle la razón.

Se despidieron de los nativos estando a orillas de un río navegable, aunque algo torrentoso. Y se embarcaron sobre las canoas, en las cuales tuvieron pocos problemas para dirigirse corriente abajo. 

Para esto manitas se había puesto manos a la obra, y con la ayuda de todos unió las canoas con algunos palos armando sobre ellas una especia de enrejado sobre la cual pudo fijar un palo para el velamen. Era curioso ver lo que había construido. Nadie estaba familiarizado con ese tipo de nave, pero tuvieron que aceptar que la habilidad e ingenio de Avery eran insuperables. 

Lo que había construido era una especie de catamaran y con las lonas le fabricó velas y con uno de los remos una especie de timón.  Tenía una estabilidad y maniobrabilidad impresionantes, además no era muy grande. Podían pasar desapercibidos. Y ese era su objetivo.  No llamar la atención de los nativos,  pues los jíbaros eran conocidos por su fiereza y por ser reducidores de cabezas.
También era harto conocido que los nativos no serían amigables, pues los visitantes desde tiempos remotos habían intentado someterlos. Sin éxito por cierto. Lo inexpugnable de la selva, la vegetación y los animales salvajes, hacían que cualquier intento conquistador sea infructuoso.

Conocedores de todo esto, habían cargado en los botes la suficiente cantidad de víveres para un par de semanas. Avery diseño el bote de tal manera, que al empezar la lluvia las velas servían como techo. Así podían guarecerse a orillas del río en medio de una tormenta sin necesidad de salir a tierra firme. Además podían utilizar los remos para impulsar la embarcación cuando el aire era bajo y la corriente muy lenta.

Hubo que sortear varios obstáculos,  como algunas zonas de corriente fuerte y lugares con tanta vegetación que hicieron que golpearon algunos caimanes, manatíes y una que otra anaconda.  También en dos ocasiones la fuerza del viento los agarró desprevenidos y voltearon la embarcación,  quedando todos en el agua. Lo bueno es que llevaban todo atado a las canoas,  por eso las pérdidas fueron menores. En la primera ocasión se perdió una de las plantas, que cayó y se perdió en la corriente. Desde ese momento el Doctor Dávalos se encargaba únicamente de cuidar las dos flores en sus macetas restantes, teniendo a Bartolomeo como ayudante.  Así para remar y defenderse quedaban solo Will y Estremadoyro,  pues Avery era el timonel.

Avanzaron rápidamente, siendo en ocasiones atacados por algunos nativos. Pero sin daños mayores,. Apenas lograron ingresar a las aguas del inmenso Amazonas, las velas de Avery hicieron la diferencia. Pudieron casi volar sobre la superficie. En el camino fueron escoltados por delfines rosados, y uno que otro nativo que desde la orilla los acompañaba con la vista. 

Hambrientos,  ya habiendo agotado sus escasas raciones, se detuvieron en un lugar al parecer deshabitado, e intentaron dar cacería a algunas aves y animales que por ahí encontraron, sin mucho éxito. Pero con tan mala suerte para ellos que se vieron cercados por una gran cantidad de canoas y nativos semi desnudos,  que los apresaron sin que puedan oponer resistencia, y los trasladaron selva adentro hasta su aldea.

-Tengo la ligera impresión de que estamos perdidos. 
- Señor Avery, no es momento para bromas. Pero, debo darle la razón, replica William,  estamos perdidos.
- No olvide de sazonarse lo mas que pueda, y trate de no estropear su cabellera, agrega con sarcasmo el Doctor, pues de hecho que estamos en manos de antropófagos y reducidores de cabeza. Ya me imagino su cabeza como un bonito adorno de alguno de estos salvajes. Aunque, no han destruido nada de nuestras pertenencias, incluso las macetas las llevan con cuidado. Es como que si quisieran conservar todo el botín en buen estado...
- Unos verdaderos piratas...

No tuvieron que esperar mucho, al llegar a la aldea en el medio de la espesura de la selva, fueron puestos "en libertad", con todas sus pertenencias a su lado, apiladas de tal forma, que parecía que fuesen a pasar revista. Una cosa al lado de la otra. Incluso el catamarán - canoa había sido trasladada intacta hasta el medio de la aldea.

- No lo puedo creer! Con asombro, y entornando los ojos, con la boca semi abierta, dijo el negro Estremadoyro, que casi inmediatamente cae de rodillas y se persigna.
- Santo cielo. Dice Will, hincándose de rodillas, y haciendo una reverencia respetuosa y la señal de la cruz en su frente.
El resto de la comitiva, casi en forma simultánea, se ponen de rodillas, y hacen la señal de la cruz en sus frentes.

Ante ellos, una hermosa edificación se yergue en medio de la espesura, rodeada por algunas chozas y coronada con una enorme cruz. Y en la puerta, una persona con los brazos abiertos, vestido de una túnica negra y con la cabeza rapada, se acerca presuroso y alegremente los saluda con un cordial y caluroso:

- Bienvenidos!!

miércoles, 19 de agosto de 2015

La hija de los mares Capítulo 15 - Una búsqueda imposible

- Y bien, estimado Doctor Dávalos, bienvenido al fin del mundo. Espero que haya pedido perdón por todos sus pecados, ya que estamos entrando directamente por la puertas del infierno.
- Su sentido del humor es terrible, mi estimado capitán Grant. - Replica el doctor - Pero déjeme decirle que el estrecho de Magallanes no es la puerta del infierno ni de entrada ni de salida, pues hasta donde puedo entender,  el infierno es el reino del fuego, pero acá, se nos congelan hasta las ideas.
- Entonces estamos perdidos, ya que dudo mucho que a Dios le gusten estos lugares. Y si no está el diablo por friolento,  pues no se me ocurre que tipo de seres puedan habitar tan desolados e inhóspitos lugares. Indica Theo, tratando de abrigarse lo más que pueda con una vieja capa.
- Pues hay varias tribus por acá, mi buen Tigre, - replica con aire de sabiduría el doctor Dávalos - los shelknam u onas,  los yaganes, los kaweskar y los manneken.  Fueron varios los intentos de los españoles por colonizar estos lugares, terminando sus intentos en estruendosos fracasos, ya sea tanto por lo aguerrido de este pueblo, o por las inclemencias del clima. Me viene a la memoria los intentos de don Juan de Alderete y de don Pedro Sarmiento de Gamboa. Aunque también hay que hacer mención a la hermandad pirata, que hostigo con gran frenesí y empeño a este último.
- Vaya doctor - con un ceño fruncido y haciendo un tono grave en su voz interviene Will-,  usted es una enciclopedia abierta. Quizá haya algo más en lo que pueda instruirnos?
- Soy un humilde cirujano con estudios universitarios,  y es mi deber compartir todo el conocimiento que me fue dado. - Es la respuesta calmada del doctor- Y ahora, si el capitán me lo permite, considero que es un momento importante para elevar una plegaria al Divino Creador y pedir perdón por nuestros pecados, que no son pocos. No vaya a ser que la dama de la guadaña nos esté esperando en ese lugar de muerte y desesperanza.

Padre Nuestro, que estas en los cielos...
Toda la tripulación, sin excepciones, se ha persignado,  y con la cabeza descubierta e inclinada, escucha en silencio el pregón del doctor. Muchos no comparten su credo, pero es lo más cercano a un predicador que hay a bordo. Así que todos y cada uno, en silencio y en su idioma natal piden a su Dios que los libre de cualquier desventura.

La Hija de los mares, lentamente, se adentra en la maraña de formaciones rocosas y canales que comunican al Atlántico con el gran Océano Pacífico. Paisajes congelados. Rocas inaccesibles. Pequeños puntos resplandecientes en las laderas. Son los famosos habitantes que en su momento encontraron Magallanes y su tripulación al explorar estos lares. Y son los mismos que dieron trágico final a todos aquellos que intentaron colonizarlos.

Rezan para no encontrar a nadie mas intentando cruzar el estrecho, ya que dar batalla bajo estas condiciones sería una tarea titánica. Aún así, van en sus puestos, listos para entregar su alma al diablo y lo que quede de su cuerpo al reino de Poseidón en caso de ser requeridos. Los maderos crujen al contacto de las heladas aguas, el hierro de las armas y de los cañones emite lastimosos gemidos, como si fueran atacados por alguna especie de dolor infrahumano.

Solamente Vitia se mantiene incólume,  incluso sonríe como un niño. Intenta algunas bromas y trata de relajar a la tripulación que no hace otra cosa que abrigarse como puede y tiritar de frío. Va tarareando una especie de canción. En su memoria se dibujan paisajes gélidos,  con abundante nieve, ríos congelados, renos y osos. Su tierra natal, tan inmensa como el océano mismo,  tan lejana y tan añorable.  "Volveré a la Madre Patria" se promete en silencio mientras sigue tarareando su canción y sonriendo ante el frío inclemente.

Otro que no la pasa "tan mal" es el dragón Fukuda.  Sentado en posición de flor de loto, con la cabeza erguida y los ojos cerrados, no da muestra alguna de sus sentimientos. Nadie jamás ha osado interrumpir su meditación ni su silencio. Incluso cuando han estado bajo fuego enemigo. En el momento menos esperado, puede pasar de esa posición a la de ataque, y su afilada espada no tiene quien lo detenga. Nunca hace comentarios, nunca habla de sus ideas ni de su tierra, ni de las razones por las que se alistó en la Hija de los mares. Es letal y preciso, parco y silencioso. Y ahora, sentado, recibiendo en el rostro el gélido viento, solo nos queda imaginar sus pensamientos.

Todo lo contrario al buen Gombo, que no sabe ya como quejarse del frío inclemente, de los nada silenciosos navaja Tachini y popote Samaras, que se han hecho un ovillo y no paran de tiritar y quejarse, causando las risas condescendientes del enorme Vitia.

El gran Océano Pacífico los recibe sin mucho cariño. Un cielo lleno de oscuras nubes, con vientos terribles y olas enormes. William sonríe y medita :" A quien rayos se le ocurrió llamar Pacífico a semejante monstruo? ".  Empiezan desplegando velas y poniendo en juego la integridad de la nave y de toda la tripulación se adentran en la inmensidad de la mole de agua. Los vientos ayudan, también la pericia de los navegantes, la habilidad del capitán al timón,  y la diosa fortuna ; que, en esta ocasión los pone directo sobre una corriente marina que los lleva de sur a norte cual saeta indetenible.
La vastedad del océano los pone algo nerviosos.  Parece que estuviesen quietos, encallados en un universo de agua y sal. Una ligera brisa, las velas apenas tensas. Creen que están perdidos, hasta que los ven.

Delfines. Hermosos, veloces, inteligentes. Se acercan al barco, y empiezan a nadar jugando al lado del mismo. Ahora sí.  Son conscientes de la enorme velocidad del navío. Una corriente marina. Están viajando a velocidades inimaginables, y se están acercando con mucha rapidez a su destino. La costa del Ecuador.

- Subestime sus cálculos, doctor. Nunca creí que existiese este "río" en medio del océano,  y mucho menos que nos lleve con tanta ligereza hacia nuestro destino. Hacia allá nos lleva, no?
- Mi estimado capitán,  no soy marino ni navegante,  y lo que conozco de esta gran corriente es gracias a las enseñanzas de la universidad.  Eso sí, estoy completamente seguro que hay otra corriente en sentido contrario muy cerca a nuestro destino. Así que, le sugiero que utilice sus artilugios de navegación para sacarnos de este "caminito" en el momento preciso, caso contrario tengo entendido terminaremos en las islas de Oceanía.
- De eso no se preocupe, doctor. Lo tengo todo previsto. Solamente me preocupa el modo como llegaremos hasta la jungla. Y no es que no confíe en usted. No. Lo que pasa es que después de que aquel paisano suyo intentó timarnos con esa flor blanca alegando que era la orquídea que buscamos, pues, ya no se si confiar o no.
- Ejem. Bien lo ha dicho. Era un timador. Como los hay en cualquier parte del mundo. Lastimosamente en estos lares esa calaña de tipejos abundan. Que le vamos a hacer, es la rica "herencia de la sangre española".
- Truanes,  ociosos y vividores. Los detesto, salvo honorables excepciones.
- Sobre todo "una gran excepción". Aquella que le quita el sueño y por cuya causa está dispuesto a dejar a su nave y adentrarse en "tierra firme" en territorio salvaje, poco explorado y harto hostil. Solo para satisfacerla. Haciendo un guiño pícaro remarca el doctor.
- Lo vale, doctor. Eso y mucho más. Con un suspiro responde William, dirigiendo su mirada hacia la línea del horizonte, como si tratase de divisar algo.

- Tierra a la vista!!
- A trabajar sarta de inútiles! Que están esperando?  Una esquela real quizá? Apúrense con esas malditas velas, que no tenemos todo el día...
- Es una isla!!
- Dios Santo!! La Isla Encantada!!

Todos se quedan paralizados como por arte de magia. Cada quien como si hubiese sido clavado en el lugar donde en ese momento se encontraba en la cubierta. William tiene una mirada de fastidio y una sonrisa nerviosa en el rostro. Ha oído hablar de esta famosa isla. No hay navegante que no haya escuchado hablar de ella, y todos temen por algún motivo llegar a ella. Seres fantásticos que las habitan, animales mitológicos, dragones botafuego, serpientes colosales, tortugas monstruosas capaces de engullirse a un hombre. Es la primera vez que estará en ellas, es la primera vez que sus botas pisarán tan mítico terruño. También es la primera vez que la Hija de los mares navegará por estas aguas inhóspitas. Pero, como buen pirata y aventurero, sabe que encontrará toda la emoción que buscaba.

Y no se equivoca.

- Barco a la vista!!
- Es la Jolly Roger!
- Izad la Jolly Roger!! Son de la hermandad!
- Todos a sus puestos, malditos bellacos! Son bucaneros...

La hermandad. Tan respetada como temida. Restos de la gran Cofradía de los Hermanos de la Costa, dueños y señores de los mares del Caribe, y enemigos acérrimos de los españoles y portugueses. Ahora se hacían llamar como la Hermandad, y navegaban por todos los mares del mundo, reclamando para si los libres océanos y mares. y conquistando los lugares mas inhóspitos de todo el planeta. No eran muy amables, y no era sensato entrar en conflicto con ellos. Aún así la Hija de los mares se había ganado a sangre y fuego su reputación, y era respetada entre los miembros de la mencionada Hermandad, a la cual, ya pertenecía.

- Mi querido y estimado capitán William "cicatriz" Grant, qué vientos lo trae a estos desolados parajes?
- Capitán Morgan, buen día! Estamos en ruta a la selva ecuatoriana, en búsqueda de un pequeño encargo de un gran amigo.
- Devolviendo favores?
- Puede decirse que si. Los favores y las promesas se pagan y no se rompen.
- Bien dicho, Grant. Un caballero siempre conserva los modales, y cumple la palabra empeñada. Señala el mítico Capitán Morgan, corsario y pirata, leyenda viviente, que por alguna razón se encuentra en esta isla.
A William no le agrada el sobrenombre de "cicatriz". Solamente otros capitanes de navío pueden llamarlo así, por ser sus iguales. Después, la tripulación tiene prohibido mencionar este apelativo. Y es que la marca que le puso mama Ruana en la frente, le ha dejado una cicatriz muy notoria, la cual siempre trata de cubrir con un pañuelo debajo del sombrero, pero a veces se hace evidente, y es muy notoria.

- Solamente un pequeño detalle, mi estimado William, estamos en una temporada difícil: las lluvias y el calor hacen que navegar hacia el norte sea sumamente peligroso. Hay temporales espantosos. Y muy pocos, salvo algunos locos y desquiciados, se aventuran a las aguas del Océano Pacífico en esta época.
- Una razón más para seguir adelante, responde Will, no necesitamos mas compañía que de Dios o del demonio, para llegar a las costas ecuatoriales, y hacer un desembarco rápido para encontrar el "encargo" y poder retornar sin contratiempos.
- Hmm, rascándose la cabeza responde Morgan, en este momento todos los puertos están llenos de milicias españolas, no hablemos ya de las fortificaciones, y de los galeones españoles esperando en los puertos a que mejore el clima. Creo yo que sería un suicidio si se presenta con su navío en las costas sudamericanas.
- Cierto. Esta situación me tenía algo preocupado, pero pensé en dejar la nave en alguna isla cercana, a buen recaudo, embarcarme en una pequeña chalupa, e ingresar a la playa en la penumbra de la noche, para incursionar a través de la montaña a la selva amazónica. Pensé que era mejor hacer la ruta por este lado, ya que el río Amazonas está muy bien custodiado, y la Hija de los mares hubiese sido presa fácil en sus aguas. Luego retornar, y en la misma chalupa hacernos a la mar buscando a nuestra nave.
- Osado, ingenioso, loco, pero poco probable. No dudo de su sagacidad y astucia. Pero, los españoles notarán su presencia, de una u otra manera. Así que, no tiene alternativa. Deberá dar batalla para retornar, y eso si se parece a algo cercano a un suicidio, a no ser que...

Morgan se toma el mentón, y en pose pensativa, con un ligero brillo en los ojos, y un aire picaresco, hace a William una propuesta insólita.

- A no ser que? Capitán Morgan, me deja con una duda.
- Hace algunos años, con gran solemnidad y paciencia remarca Morgan, un puñado de aventureros españoles, comandados por Francisco de Orellana, lograron llegar al Amazonas desde los bosques altos, y luego de algunos meses de navegación alcanzaron la desembocadura del gran río en el Océano Atlántico. Es sabido que esa zona es inhóspita y salvaje, llena de seres salvajes y monstruos mitológicos, cazadores de humanos y reducidores de cabezas, pero por la misma razón, libre de nuestros queridos españoles y portugueses. Solo sería cuestión de conseguir un buen bote, y "alguien" que lo espere en la desembocadura.
- Es la idea mas loca que he escuchado, cruzar todo el continente de costa a costa, es algo inaudito! Con los ojos desorbitados y un aire de asombro acota William, pero a la vez un brillo raro se nota en sus ojos. Es una locura! Es descabellado! Es desquiciado! Es sólo para Piratas!
- Bien dicho, hijo! Emocionado, Morgan brinda con William de pie, si tuviese unos años menos, os aseguro que personalmente partiría con usted! No tenga dudas. Pero, temo que por mi edad y condición, mas sería un estorbo que una ayuda. Eso sí, lo estaré esperando en la desembocadura del gran río.
- Tomo su ofrecimiento, y estaré eternamente agradecido por su apoyo, Capitán.
- Nada es gratis, hijo. Cuando nos encontremos, debe contármelo todo, El Dorado, las Amazonas, los reducidores de cabeza, todo. Necesito saber toda la verdad sobre esos relatos. Y usted es un hombre cabal, así que a través de sus ojos veré ese maravilloso mundo.
- No tenga dudas de que será así. Cumpliré, y llegaré a la desembocadura cueste lo que cueste.
- Algo más, al llegar a Guayaquil, busque a esta persona - Le extiende una nota Morgan - es un viejo amigo, me debe algunos favores, y pondrá unas acémilas a su servicio, así como de algunos guías. Eso si, solo hasta llegar a lo alto de las montañas. Cuesta abajo, estará por su cuenta.
- Eso es mas que suficiente, Capitán Morgan, le estaré eternamente agradecido.

Morgan se le acerca, le da unas palmadas en la espalda, y en voz baja, con aire de complicidad, le pregunta:
- Y se puede saber el nombre de la dama en cuyo honor está dispuesto a tamaña locura?
William se sonroja y se queda mudo por unos segundos, pero luego recobra la compostura, y responde:
- Margarita. Y lo vale.

La noche se cierne sobre el mar infinito, las estrellas y la luna se apoderan del firmamento. Dos caballeros piratas, parados frente a frente, charlan alegremente como viejos camaradas en el puente de la Hija de los mares. Uno es de edad avanzada, casi un anciano, pero con aires de nobleza y postura de viejo lobo de mar. El otro es un joven, casi un niño a su lado, pero también se notan en él los aires de un experimentado marino, que se apresta a una aventura extraordinaria en tierra firme y en la selva salvaje, con la finalidad de conseguir un capricho de la mujer de sus sueños.




domingo, 2 de agosto de 2015

La hija de los mares. Capítulo 14 - La flor del pañuelo.



- Mejor me hubiese dicho que no quiere en absoluto hablar conmigo, ni dirigirme la palabra, no soy tan tonto como para poder entender.
- Entender que, señor capitán William?
- Que no quiere verme y que me desprecia!. Anota William con cierta amargura.
- Hmm, no me pareció así - con calma y tranquilidad manifiesta el doctor Dávalos - , al contrario, creo que le estaba llevando la corriente.
- Y eso de "tulipanes negros y una orquídea salvaje venida del espíritu santo"? No son acaso cosas imposibles de conseguir?
- Difíciles, si. Imposibles, no. Mire William, las mujeres de nuestras tierras son especiales, y ésta es por lo que veo una de esas ejemplares por las que daría mi vida por tener a mi lado. Pero está totalmente fuera de mi alcance..
- Y del mío, interrumpe Will.
- Hmm, déjeme discrepar. Creo haber visto alguna especie de química y atracción entre ustedes...
- No, eso no es posible. Contesta Will mientras un pequeño rubor invade su rostro.
- Tengo algo de experiencia en estas lides, por algunos estudios sobre psicología humana hechos en la universidad, y no tanto por mis experiencias personales, aunque eso yo quisiera. Pero, volviendo al grano, me dio la ligera impresión que a esta hermosa doncella usted no le es indiferente- dice el doctor, haciendo un pequeño guiño a William.
- Pero, y los tulipanes negros? No son rojos acaso?! Dónde puede encontrarse un tulipán "negro"?! Y eso de la orquídea salvaje del espíritu santo?! Existe acaso algo semejante?

- Mire mi estimado capitán- dice con tranquilidad y ceremonia el doctor Dávalos- aunque no he llegado a tener entre mis manos en mi vida aquellas cosas, tengo entendido que si existen. Hay muchas alusiones a los tulipanes negros, que por ser flores estupendas y excepcionales son muy codiciadas y cotizadas, pero supongo que, siendo nuestro amigo Claudius Van Der Veen nativo de la tierra de los tulipanes, y teniendo él todas las posibilidades sociales, económicas y políticas, entonces no existirán motivos para no conseguirlos. Ahora, la orquídea salvaje, la llamada flor del espíritu santo, es una bellísima flor en forma de paloma, muy rara por cierto, que solamente se puede encontrar en la selva del norte de sur América. Es cierto, pude ver en una ocasión una, también en mis épocas de estudiante. Y déjeme decirle, es una belleza.

- Entonces, son tareas difíciles...
- Pero no imposibles, mi estimado capitán, teniendo en consideración que Port Royal está a la vista, y que desembarcaremos antes del amanecer, osea no existirá desayuno en el camarote, por lo menos en esta ocasión.
- Entonces...
- Entonces, que?! Acaso no entiende?! Es o se hace el tonto?
- Un momento doctor, eso quiere decir que me está proponiendo una...
- Cita!! Claro que si! Acaso no se ha dado cuenta que esa hermosa niña, que tanto lo ha deslumbrado, le está dejando las puertas abiertas para poder conseguir un acercamiento?!
- Pero... no podría haber sido más directa? Acaso es mucho pedir?
- Hmm, mire mi estimado Capitán, las mujeres de estas tierras, además de poseer una belleza e inteligencia notables, también son tan caprichosas y enigmáticas, que si quiere conquistar a una, tendrá que enfrentarse al mismísimo Lucifer en los Hades si ella así se lo propone.

Una sonrisa se dibuja en el rostro de William. Siente un hormigueo incesante en toda la piel, el corazón le late como un caballo desbocado, no sabe que hacer ni que decir, quiere reír y llorar, gritar, saltar, no entiende él mismo que le está pasando. Es una cosa extraña esa sensación:

- Port Royal está cerca, doctor. Tenemos que descansar un rato, ya que tenemos una valiosa carga que entregar.
- Buenas noches capitán, trate de dormir.
- Buenas noches, doctor. Se despide William, pero tiene los ojos tan abiertos y la piel tan sensible, que pasará la noche con la mente volando por las nubes, y viajando en sueños imaginarios, y sin pegar las pestañas, y no le interesa mucho esto.

Mientras tanto, en el camarote.

- Es muy guapo, el capitán pirata.
- Si Clementina, y se nota que no le soy indiferente.
- No, señorita, ni mucho menos. La estuvo mirando escandalosamente durante toda la velada. Déjeme decirle que su madre no aprobaría el comportamiento que usted tuvo...
- Pero mamá no está aquí, así que, tema zanjado, no necesito mas comentarios al respecto.
- Serán de confiar? Yo he escuchado, señorita Margarita, que a veces estos "hombres" les hacen cosas horribles a las doncellas, como besarles y todo tipo de "cochinadas", Dios nos libre.
- Es cierto, pequeña Clementina, yo también he escuchado semejantes historias. Pero, de algo estoy segura, estos hombres no nos harán daño alguno, primero, porque no parecen ser tan malos, y segundo, porque cobrarán una jugosa recompensa por nosotras - remarca Margarita.
- Nos están vendiendo?! Que horror! Seremos esclavas!! Dios mío...
- Tranquilízate de una buena vez, niña. No nos están vendiendo ni nada por el estilo. Hasta donde tengo entendido, han pedido una recompensa por devolvernos sanas a la Habana, o por lo menos nos entregarán a buen recaudo en algún puerto, desde donde podremos volver a casa.
- Que alivio - dice con un gran suspiro la sollozante Clementina - Entonces mañana estaremos en La Habana?
- No lo creo, me parece que aún estamos lejos. Pero no creo que estemos un día mas en este barco, ya vi que estaban preparándose para algo importante. Era muy notorio, pero aunque no nos han dicho nada, no creo que estemos un día más en este lugar.
- Que alivio, señorita Margarita, que alivio. Pero; y su baño con agua perfumada, con sus frutas frescas y todas esas flores que pidió para el desayuno?
- Ja, ja, ja... Pequeña niña, como se nota que aún no entiendes las cosas de la vida. Ven acércate un poco, te contaré algunos secretos que mamá me contó cuando casi tenía tu edad. Secretos que toda dama debe saber....

La pequeña se acerca traviesa a Margarita, y con cara de intriga y algo sonrojada empieza a escuchar las cosas que, al oído, ella le va diciendo. Algunos ah, oh, risitas contenidas, son acompañadas por el ruido del mar y del viento que acarician a la nave en su lento caminar hacia el famoso puerto de destino, el lugar por excelencia para los piratas y bucaneros.

El arribo a Port Royal ocurre sin contratiempos, bajo las tinieblas de la madrugada, la Hija de los mares se acerca sigilosamente y atraca a buen puerto sin sufrir percance alguno, tal y como lo ha venido haciendo hace ya mucho tiempo atrás. La "carga" es entregada a los intermediarios, que, sin hacer pregunta alguna, y sin chistar, la trasladan a los lugares de destino, según lo acordado.

Solamente unas "pasajeras" cubiertas por capuchas y con largas capas son acompañadas por el Capitán, Vitia, Gombo y el "negro" Estremadoyro, quien hace de intermediario para hacer la "entrega" correspondiente. Son recibidos por un par de personas, también encapuchados y con largas capas, que no permiten ser reconocidos y se ocultan en las tinieblas de una madrugada que empieza rápidamente a clarear.

Antes de separarse, Margarita se detiene, da media vuelta y dice:

- Señor, no se vaya a olvidar del desayuno.
- Ejem. No señorita, lo tengo presente, y así será.
- Que tenga buen viaje - dice margarita, extendiendo la mano derecha, en claro además de ofrecerla para el galante besamanos. William no duda un momento, y haciendo una graciosa reverencia, coge con delicadeza la extendida mano de Margarita, con mas nerviosismo que galantería, posa suavemente sus labios sobre la misma.
- Que tenga un buen viaje, señorita - casi tartamudeando, responde William.

Al retirarse la comitiva, William abre el puño, y entre sus dedos al fin puede ver lo que con sutileza y cortés delicadeza, fuera del alcance de la vista de los demás, Margarita puso entre sus manos. Un pañuelo, pequeño, delicado, con una margarita bordada en una esquina. Lo acerca lentamente, y un extraño aroma, delicioso, embriagante, nubla sus sentidos, y lo hace volar al infinito.

La hija de los mares. Capítulo 13 - Tulipanes negros y una orquídea salvaje.



- Y dígame, está consciente usted señor pirata de la tamaña afrenta que está propinando a mi persona, a mi familia, a toda la nobleza de la Habana, y de la real Corona Española.
- Un momento, señorita; interviene William, el hecho de ser mi invitada a borde de esta humilde nave, no debería ser considerada afrenta alguna. Además, está siendo tratada al nivel y condiciones que su noble clase y alcurnia obliga.
- Déjeme discrepar, señor capitán pirata. Aún no sabe cuales son las condiciones que se requiere a las obligaciones de mi noble cuna y alcurnia.

Anota con cierto desdén y desprecio Margarita, fijando su mirada al horizonte, en dirección al viento, lo que hace que el pequeño sombrero que lleva puesto salga volando empujado por la fuerza del aire en movimiento. Con un ágil movimiento de manos, William captura en pleno vuelo el pequeño volador sombrero, y se lo presenta con una pequeña reverencia a Margarita.

Ante sus ojos una deslumbrante imagen nubla sus sentidos. La cabellera negra ondulada de Margarita se mece alborotada al viento, contrastando con la blancura de su piel. El sol alumbra con sus rayos vespertinos las pequeñas gotas de agua que se impregnaron en su frondosa cabellera en forma de antojadiza lluvia de estrellas. Los ojos y la mirada penetrante y juguetona, con unos labios perfectos en una pequeña sonrisa de singular doncella hacen que nuestro pirata quede paralizado, y casi boquiabierto, no atina a decir palabra alguna.

"Qué hermosa que es!" piensa para sus adentros, "Tan bella y tan cercana. Tan lejana e inalcanzable"
Por unos segundos eternos William pierde la consciencia de su barco y de su condición de pirata. La suave brisa marina se le antoja una corriente etérea que lo transporta por las nubes, donde un ángel disfrazado de fémina se le presenta en todo su esplendor. Ebrio por el hechizo de una mirada furtiva, y por el encanto de una sonrisa en unos labios sensuales, ya no puede dominarse, ni dominar sus pensamientos, ni mucho menos a sus sentimientos. Se deja atrapar por una magia que no reconoce, que apenas está sintiendo, que no puede describir, que...

- Barco a la vista!!
- Bandera española!!

Unos segundos de desconcierto, William no ha pronunciado orden algunas.

- Todos a sus puestos!!. Recobra la compostura William, - Señor Parker, acompañe a las damas al camarote, y asegúrese de que estén confortables.
- Señor, lo que ordene mi capitán. A regañadientes acepta Gombo, no hay nada peor para un buen pirata que hacer el papel de niñera, pero una orden se debe cumplir a rajatabla, y además, Will es su amigo.

Apenas las damas están en el camarote, se escucha la voz de Theo:

- Por los mil demonios, sarta de inútiles! Que esperan para ocupar sus malditos puestos?!!
- Todos listos para evadir!!

Es la orden para evadir el combate. Saben que teniendo a  bordo a los "pasajeros" deben evitar combates, ya que el cuidarlos en este momento es mas importante, ya que el esperado "canje" siempre trae muchas mas ganancias. Y teniendo a algunos hombres encargados de cuidarlos, y teniendo las bodegas llenas, la maniobrabilidad disminuye, y también el factor sorpresa, entonces se pasa al protocolo de "evasión".

Como siempre la sorpresa es su mejor arma. Y también las letales boleadoras de Bartolomeo, los cañones de cubierta con sus bombas explosivas y la artillería de Vitia, combinados con la habilidad en el timón de William, y el momento exacto de poner "a toda vela" hacen que evadir sea toda una puesta en escena de precisión y pericia, y que hacen a la Hija de los mares una presa prácticamente inalcanzable.

Dejan que el navío enemigo, en este caso un galeón español, pase de largo, o en caso se acerquen con otros fines, esperan el momento preciso y:

- Fuego!!

Son disparados los cañones de cubierta, que están hábilmente camuflados, produciendo caos y desorden en la cubierta enemiga.

- Fuego!!

Primera andanada de los cañones de Vitia, y Bartolomeo ya lanzó sus famosas boleadoras atadas a pequeñas bombas explosivas, también es la segunda andanada de los cañones de cubierta.

- Fuego!!

Segunda andanada de los cañones de Vitia, comúnmente los cañones del enemigo apenas hacen el primer disparo, pero ya no logran nada, o casi nada, pues en esta segunda andanada disparada a propósito en forma oblicua, hace que la Hija de los mares sea impulsada hacia adelante, y con una maniobra de timón, logre una buena aceleración en dirección opuesta o perpendicular al navío enemigo. Para esto el palo mayor del enemigo ha caído o ha sido dañado significativamente, a veces también el timón, y la persecución es inútil, o imposible.

Una sonrisa en los labios. La Jolly Roger siempre flamea en estos momentos. Evadir, un arte, una forma de evitarse daños innecesarios y de inutilizar enemigos, para que quizá otros miembros de la hermandad puedan cazarlos. De todas maneras, nunca hunden un barco, salvo sea estrictamente necesario, pues los barcos valen mucho, y todo es un trofeo o tesoro para un buen pirata.

- Vayan a cazar monos!!
- Mejor traten de capturar a su p... madre!!
- De la Hija del Mar solo tendrán eso!!

Son las frases de despedida. Unas mas histriónicas y floridas que otras, pero al fin, muestran el júbilo y el sentimiento de la tripulación. El camino hacia Port Royal es largo, necesitan estar completos para cualquier eventualidad.

Mientras sucede esto, una melodía invade la cubierta. Violín, y una voz femenina. Suena extraño, pero es agradable. Todos se quedan en silencio extasiados. Los ruidos del mar, las pequeñas olas que se forman al paso del navío, al compás de la melodía y la suave voz femenina, combinadas con los últimos rayos del sol que se oculta en el horizonte, causan una sensación de grandeza y magnificencia que atrapa a toda la tripulación.

- Señor Théodore!
- Mi capitán!
- El barco es suyo!
- Lo que ordene mi capitán! Arriad las velas, sarta de inútiles! También la Jolly Roger! Que esperan? La noche se acerca, y necesitamos ponernos a buen recaudo...
Ordena entre maldiciones el segundo de a bordo, mientras la tripulación cumple frenéticamente con las órdenes, ya que es hora de ponerse a recaudo y descansar.

- Disculpen la intromisión.
- No faltaba más, mi estimado William, mi capitán, este es su camarote. Acota gentilmente el doctor Dávalos. - estaba tratando de hacer grata la permanencia de la Señorita Margarita, pues los ruidos de la lucha, el fragor de los cañones y todas las palabrotas de nuestra noble tripulación la alteraban un poco.
- No era necesario nada de esto - interrumpe Margarita - pero quedo muy agradecida por su deferencia, doctor. Mi querida Clementina es una cantante excepcional, algo de lo cual la naturaleza, tan sabia ella, no me ha dotado.
-"Pero si de una endemoniada belleza" piensa William para sus adentros, mientras sigue la conversación- Es cierto, esa voz es digna de teatros y óperas. A toda la tripulación no solo les gustó oírla, sino quedamos extasiados por un muy buen rato.
- Clementina es aún una niña, y como acompañante mía está bajo mi responsabilidad. Por cierto, ella no puede ni debe ser interrogada por ninguno de ustedes. Es un pedido mío - acota Margarita.
- Cómo usted disponga, su majestad! Hace una pequeña reverencia y apunta con un tono burlón William. - No querrá algo mas, con lo cuál podamos complacer sus reales antojos? Remata haciendo un guiño burlón al doctor ahí presente.

Margarita, sin perder la compostura, y controlándose ante el tono burlesco, se levanta, y tomando una posición arrogante dice:

- Por supuesto, claro que si. Una tina con agua caliente, perfumada, frutos frescos y jamón ahumado, además de un ramo de tulipanes negros con una orquídea blanca al medio, si, una orquídea salvaje, la llamada flor del espíritu santo. Todo ésto en mi camarote para el desayuno de mañana. Caso contrario, no ose nunca más dirigirme una palabra y ni siquiera la mirada. Buenas noches caballeros.

Y con toda naturalidad, con una sonrisita maliciosa y una mirada pícara, se despide y se retira, dejando a William perplejo y al doctor al borde de la risa parado a su lado.