miércoles, 2 de septiembre de 2015

La hija de los mares. Capítulo 16 - la jungla.

Partieron en silencio. Gombo era el más molesto. No quería quedarse. Realmente nadie quería hacerlo,  pero dadas las circunstancias no tenían opciones.  Si querían pasar desapercibidos debían mezclarse fácilmente con los lugareños. 

Así que no hubieron problemas para elegir al pequeño grupo: William, el doctor Dávalos,  Bartolomeo, manitas Avery y el negro Estremadoyro.

Simon manitas Avery.  Un mil oficios. Había sido criado en un bote de pescadores. Recogido aún siendo un pequeño que apenas podía caminar, lo adoptaron porque no lloraba mucho. Aparentemente había sido criado en condiciones de extrema pobreza, pues se contentaba con un pedazo de pescado. Cuando niño aún le preguntaban su nombre, sólo respondía "Simon ". Un viejo pescador le puso su apellido,  Avery, pues decía él que se parecía mucho a un hijo que tuvo, pero que había muerto de fiebres hace mucho tiempo. 

Creció en el bote de pescadores filipinos. Aprendió todo acerca de reparar un bote, redes de pescar, anzuelos y todo lo que pueda necesitarse a bordo. Era muy hábil con las manos. Además tenía una agilidad impresionante para trepar palos y cuerdas. 

Siendo aún niño, alrededor de los 10 años, el bote de pescadores se hundió en una tormenta. Sobrevivió asido a un tablón. Rescatado por comerciantes españoles, fue capturado posteriormente por un navío inglés que los atacó. Se salvó por su habilidad con las manos. Rápidamente fue tomado como aprendiz a bordo, siendo utilizado sobre todo en las labores de reparación.

Aprendió a manejar una espada con destreza, también un fusil y un cañón, como todo buen marino. Pero su principal arma eran sus propias manos. Podía convertir literalmente cualquier cosa en una herramienta o un arma mortal. De ahí el apodo de "manitas".

Callado por naturaleza,  habían apuestas a bordo para saber sus orígenes. Era de piel oscura, no llegando a ser negro, pelo hirsuto,  ojos pequeños,  achinados. Su mirada era serena y pícara. Llevaba un extraño cinturón, donde iban prendidas algunas herramientas que el mismo había diseñado y fabricado. Nunca permitía a nadie tocarlas siquiera.

Cuando participaba en una conversación, lo hacía con anotaciones sarcásticas, pero muy inteligentes. Había aprendido a leer en el barco inglés. Nadie sabía cómo ni porqué se hizo pirata. Solo sabían que si algo fallaba en el barco o en algún lado, pues Simon manitas Avery lo podía reparar. Si él no lo lograba, es que ya no existía solución.

Cuando se embarcaron rumbo a tierra firme, hizo un pedido especial a William :
- Necesitaremos lona para las velas.
- Eso significa.?
- Que hay que llevarlas desde acá. Estando en la selva, habrá gran cantidad de madera y mucho material para construir una barcaza. Pero lona, lo dudo.
- Entonces,  la cargaremos. Ordena William, dando la razón al manitas.
- Algo más: algunas sogas fuertes.
- Lo que usted ordene, milord!  Responde con un tono burlón William.
Las risas se apoderan del grupo. Y a causa de esto la partida fue más alegre. Tanto la Hija de los mares, como el navío de Morgan se acercaron temerariamente a las costas del Ecuador, donde bajaron la barcaza con los expedicionarios. Luego, tomaron rumbo sur oeste, alejándose de las costas y de los molestos españoles y portugueses.

Llegaron sin contratiempos,  y hundieron la barcaza para no dejar huellas. Posteriormente se dirigieron hacia la ciudad de Guayaquil,  donde fueron recibidos por el "amigo" de Morgan. Un comerciante judío, que entregó unas mulas y materiales a cambio de algunas monedas de oro. También los contacto con un pequeño grupo de 4 guías, que los llevarían por una ruta segura hasta la selva misma.

El cruce de la cordillera se hizo sin sobresaltos.  No encontraron ningún viajero curioso o fastidioso. Lo que si una población bastante amable y hospitalaria que no tenía reparos en mostrar su descontento con los españoles.

Al principio los guías se mostraron parcos y recelosos. Pero, luego de las conversaciones y días de compañía, fueron entrando en confianza y soltando la lengua.

Contaban de un Imperio bañado en oro, de riquezas enormes, de guerreros míticos, ancianos sabios, hermosas mujeres y de Dioses en forma de animales y estrellas. De hechiceros, brujos y oráculos que podían predecir con impactante exactitud las lluvias, las sequías, las inundaciones y terremotos. También de seres mitológicos, que podían tragarse personas y ciudades enteras.

También de las épocas oscuras cuando llegaron los barbudos y destruyeron todo, matando a los señores de entonces, robando y saqueando. Pero llegaría el momento de que los barbudos se irían, y nuevamente serían ese gran imperio, que era el centro del mundo.

William notó algo extraño. Eran fanáticos religiosos. A cada cosa extraña que pasaba, se persignaban y pedían perdón por sus pecados y los del mundo entero. Oraban con mucha fe, y hacían que el resto sintiese vergüenza por su incredulidad. Y llamaban "señor" a todos. Costumbres extrañas la de esta gente.

Al llegar a la "montaña", como ellos llamaban a la selva, los guías los llevaron hasta el centro poblado mas cercano, donde los contactaron con algunos nativos de la zona. No eran realmente indios salvajes los que los recibieron, aunque para ser sinceros, no hubo mucho entusiasmo por parte de ellos, ya que el oro que portaban no tenía mucho valor en los trueques. Pero si valían mucho algunas cosas que habían traído de la costa, algunos machetes, herramientas, pólvora y vestidos. Las mulas y los guías se retiraron por donde vinieron, y los actuales acompañantes eran nativos de la zona, que sobre los hombros levantaron todas las provisiones y se adentraron en la jungla, dando referencias del lugar donde podrían encontrar la dichosa orquídea.

La encontraron cerca a la vertiente oriental de un gran río. El lugar se les hacía antojadizo y paradisíaco. La tupida vegetación y los animales silvestres hacían que tuviesen la impresión de estar muy cerca a Dios y al cielo.

El doctor Dávalos se encargo de hacer una especie de maceta y en ella colocar las plantas con la dichosa orquídea. Hojas carnosas, blanco níveo, en su interior parece portar una paloma sentada con las alas semi abiertas. Hermosa, rara. La cuestión era si iba a soportar el viaje.

Era el tiempo de dirigirse cuesta abajo, siguiendo al río. Con anticipación, manitas Avery había sugerido que hiciesen un trueque por dos canoas. William no tuvo dudas en aceptar, aunque para esto tuvieron que entregar algunas armas. Les regalaron los remos. Manitas no soltaba por nada del mundo sus lonas y sus cuerdas, tampoco sus herramientas. Posteriormente hubo mucho tiempo para darle la razón.

Se despidieron de los nativos estando a orillas de un río navegable, aunque algo torrentoso. Y se embarcaron sobre las canoas, en las cuales tuvieron pocos problemas para dirigirse corriente abajo. 

Para esto manitas se había puesto manos a la obra, y con la ayuda de todos unió las canoas con algunos palos armando sobre ellas una especia de enrejado sobre la cual pudo fijar un palo para el velamen. Era curioso ver lo que había construido. Nadie estaba familiarizado con ese tipo de nave, pero tuvieron que aceptar que la habilidad e ingenio de Avery eran insuperables. 

Lo que había construido era una especie de catamaran y con las lonas le fabricó velas y con uno de los remos una especie de timón.  Tenía una estabilidad y maniobrabilidad impresionantes, además no era muy grande. Podían pasar desapercibidos. Y ese era su objetivo.  No llamar la atención de los nativos,  pues los jíbaros eran conocidos por su fiereza y por ser reducidores de cabezas.
También era harto conocido que los nativos no serían amigables, pues los visitantes desde tiempos remotos habían intentado someterlos. Sin éxito por cierto. Lo inexpugnable de la selva, la vegetación y los animales salvajes, hacían que cualquier intento conquistador sea infructuoso.

Conocedores de todo esto, habían cargado en los botes la suficiente cantidad de víveres para un par de semanas. Avery diseño el bote de tal manera, que al empezar la lluvia las velas servían como techo. Así podían guarecerse a orillas del río en medio de una tormenta sin necesidad de salir a tierra firme. Además podían utilizar los remos para impulsar la embarcación cuando el aire era bajo y la corriente muy lenta.

Hubo que sortear varios obstáculos,  como algunas zonas de corriente fuerte y lugares con tanta vegetación que hicieron que golpearon algunos caimanes, manatíes y una que otra anaconda.  También en dos ocasiones la fuerza del viento los agarró desprevenidos y voltearon la embarcación,  quedando todos en el agua. Lo bueno es que llevaban todo atado a las canoas,  por eso las pérdidas fueron menores. En la primera ocasión se perdió una de las plantas, que cayó y se perdió en la corriente. Desde ese momento el Doctor Dávalos se encargaba únicamente de cuidar las dos flores en sus macetas restantes, teniendo a Bartolomeo como ayudante.  Así para remar y defenderse quedaban solo Will y Estremadoyro,  pues Avery era el timonel.

Avanzaron rápidamente, siendo en ocasiones atacados por algunos nativos. Pero sin daños mayores,. Apenas lograron ingresar a las aguas del inmenso Amazonas, las velas de Avery hicieron la diferencia. Pudieron casi volar sobre la superficie. En el camino fueron escoltados por delfines rosados, y uno que otro nativo que desde la orilla los acompañaba con la vista. 

Hambrientos,  ya habiendo agotado sus escasas raciones, se detuvieron en un lugar al parecer deshabitado, e intentaron dar cacería a algunas aves y animales que por ahí encontraron, sin mucho éxito. Pero con tan mala suerte para ellos que se vieron cercados por una gran cantidad de canoas y nativos semi desnudos,  que los apresaron sin que puedan oponer resistencia, y los trasladaron selva adentro hasta su aldea.

-Tengo la ligera impresión de que estamos perdidos. 
- Señor Avery, no es momento para bromas. Pero, debo darle la razón, replica William,  estamos perdidos.
- No olvide de sazonarse lo mas que pueda, y trate de no estropear su cabellera, agrega con sarcasmo el Doctor, pues de hecho que estamos en manos de antropófagos y reducidores de cabeza. Ya me imagino su cabeza como un bonito adorno de alguno de estos salvajes. Aunque, no han destruido nada de nuestras pertenencias, incluso las macetas las llevan con cuidado. Es como que si quisieran conservar todo el botín en buen estado...
- Unos verdaderos piratas...

No tuvieron que esperar mucho, al llegar a la aldea en el medio de la espesura de la selva, fueron puestos "en libertad", con todas sus pertenencias a su lado, apiladas de tal forma, que parecía que fuesen a pasar revista. Una cosa al lado de la otra. Incluso el catamarán - canoa había sido trasladada intacta hasta el medio de la aldea.

- No lo puedo creer! Con asombro, y entornando los ojos, con la boca semi abierta, dijo el negro Estremadoyro, que casi inmediatamente cae de rodillas y se persigna.
- Santo cielo. Dice Will, hincándose de rodillas, y haciendo una reverencia respetuosa y la señal de la cruz en su frente.
El resto de la comitiva, casi en forma simultánea, se ponen de rodillas, y hacen la señal de la cruz en sus frentes.

Ante ellos, una hermosa edificación se yergue en medio de la espesura, rodeada por algunas chozas y coronada con una enorme cruz. Y en la puerta, una persona con los brazos abiertos, vestido de una túnica negra y con la cabeza rapada, se acerca presuroso y alegremente los saluda con un cordial y caluroso:

- Bienvenidos!!

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