domingo, 2 de agosto de 2015

La hija de los mares. Capítulo 14 - La flor del pañuelo.



- Mejor me hubiese dicho que no quiere en absoluto hablar conmigo, ni dirigirme la palabra, no soy tan tonto como para poder entender.
- Entender que, señor capitán William?
- Que no quiere verme y que me desprecia!. Anota William con cierta amargura.
- Hmm, no me pareció así - con calma y tranquilidad manifiesta el doctor Dávalos - , al contrario, creo que le estaba llevando la corriente.
- Y eso de "tulipanes negros y una orquídea salvaje venida del espíritu santo"? No son acaso cosas imposibles de conseguir?
- Difíciles, si. Imposibles, no. Mire William, las mujeres de nuestras tierras son especiales, y ésta es por lo que veo una de esas ejemplares por las que daría mi vida por tener a mi lado. Pero está totalmente fuera de mi alcance..
- Y del mío, interrumpe Will.
- Hmm, déjeme discrepar. Creo haber visto alguna especie de química y atracción entre ustedes...
- No, eso no es posible. Contesta Will mientras un pequeño rubor invade su rostro.
- Tengo algo de experiencia en estas lides, por algunos estudios sobre psicología humana hechos en la universidad, y no tanto por mis experiencias personales, aunque eso yo quisiera. Pero, volviendo al grano, me dio la ligera impresión que a esta hermosa doncella usted no le es indiferente- dice el doctor, haciendo un pequeño guiño a William.
- Pero, y los tulipanes negros? No son rojos acaso?! Dónde puede encontrarse un tulipán "negro"?! Y eso de la orquídea salvaje del espíritu santo?! Existe acaso algo semejante?

- Mire mi estimado capitán- dice con tranquilidad y ceremonia el doctor Dávalos- aunque no he llegado a tener entre mis manos en mi vida aquellas cosas, tengo entendido que si existen. Hay muchas alusiones a los tulipanes negros, que por ser flores estupendas y excepcionales son muy codiciadas y cotizadas, pero supongo que, siendo nuestro amigo Claudius Van Der Veen nativo de la tierra de los tulipanes, y teniendo él todas las posibilidades sociales, económicas y políticas, entonces no existirán motivos para no conseguirlos. Ahora, la orquídea salvaje, la llamada flor del espíritu santo, es una bellísima flor en forma de paloma, muy rara por cierto, que solamente se puede encontrar en la selva del norte de sur América. Es cierto, pude ver en una ocasión una, también en mis épocas de estudiante. Y déjeme decirle, es una belleza.

- Entonces, son tareas difíciles...
- Pero no imposibles, mi estimado capitán, teniendo en consideración que Port Royal está a la vista, y que desembarcaremos antes del amanecer, osea no existirá desayuno en el camarote, por lo menos en esta ocasión.
- Entonces...
- Entonces, que?! Acaso no entiende?! Es o se hace el tonto?
- Un momento doctor, eso quiere decir que me está proponiendo una...
- Cita!! Claro que si! Acaso no se ha dado cuenta que esa hermosa niña, que tanto lo ha deslumbrado, le está dejando las puertas abiertas para poder conseguir un acercamiento?!
- Pero... no podría haber sido más directa? Acaso es mucho pedir?
- Hmm, mire mi estimado Capitán, las mujeres de estas tierras, además de poseer una belleza e inteligencia notables, también son tan caprichosas y enigmáticas, que si quiere conquistar a una, tendrá que enfrentarse al mismísimo Lucifer en los Hades si ella así se lo propone.

Una sonrisa se dibuja en el rostro de William. Siente un hormigueo incesante en toda la piel, el corazón le late como un caballo desbocado, no sabe que hacer ni que decir, quiere reír y llorar, gritar, saltar, no entiende él mismo que le está pasando. Es una cosa extraña esa sensación:

- Port Royal está cerca, doctor. Tenemos que descansar un rato, ya que tenemos una valiosa carga que entregar.
- Buenas noches capitán, trate de dormir.
- Buenas noches, doctor. Se despide William, pero tiene los ojos tan abiertos y la piel tan sensible, que pasará la noche con la mente volando por las nubes, y viajando en sueños imaginarios, y sin pegar las pestañas, y no le interesa mucho esto.

Mientras tanto, en el camarote.

- Es muy guapo, el capitán pirata.
- Si Clementina, y se nota que no le soy indiferente.
- No, señorita, ni mucho menos. La estuvo mirando escandalosamente durante toda la velada. Déjeme decirle que su madre no aprobaría el comportamiento que usted tuvo...
- Pero mamá no está aquí, así que, tema zanjado, no necesito mas comentarios al respecto.
- Serán de confiar? Yo he escuchado, señorita Margarita, que a veces estos "hombres" les hacen cosas horribles a las doncellas, como besarles y todo tipo de "cochinadas", Dios nos libre.
- Es cierto, pequeña Clementina, yo también he escuchado semejantes historias. Pero, de algo estoy segura, estos hombres no nos harán daño alguno, primero, porque no parecen ser tan malos, y segundo, porque cobrarán una jugosa recompensa por nosotras - remarca Margarita.
- Nos están vendiendo?! Que horror! Seremos esclavas!! Dios mío...
- Tranquilízate de una buena vez, niña. No nos están vendiendo ni nada por el estilo. Hasta donde tengo entendido, han pedido una recompensa por devolvernos sanas a la Habana, o por lo menos nos entregarán a buen recaudo en algún puerto, desde donde podremos volver a casa.
- Que alivio - dice con un gran suspiro la sollozante Clementina - Entonces mañana estaremos en La Habana?
- No lo creo, me parece que aún estamos lejos. Pero no creo que estemos un día mas en este barco, ya vi que estaban preparándose para algo importante. Era muy notorio, pero aunque no nos han dicho nada, no creo que estemos un día más en este lugar.
- Que alivio, señorita Margarita, que alivio. Pero; y su baño con agua perfumada, con sus frutas frescas y todas esas flores que pidió para el desayuno?
- Ja, ja, ja... Pequeña niña, como se nota que aún no entiendes las cosas de la vida. Ven acércate un poco, te contaré algunos secretos que mamá me contó cuando casi tenía tu edad. Secretos que toda dama debe saber....

La pequeña se acerca traviesa a Margarita, y con cara de intriga y algo sonrojada empieza a escuchar las cosas que, al oído, ella le va diciendo. Algunos ah, oh, risitas contenidas, son acompañadas por el ruido del mar y del viento que acarician a la nave en su lento caminar hacia el famoso puerto de destino, el lugar por excelencia para los piratas y bucaneros.

El arribo a Port Royal ocurre sin contratiempos, bajo las tinieblas de la madrugada, la Hija de los mares se acerca sigilosamente y atraca a buen puerto sin sufrir percance alguno, tal y como lo ha venido haciendo hace ya mucho tiempo atrás. La "carga" es entregada a los intermediarios, que, sin hacer pregunta alguna, y sin chistar, la trasladan a los lugares de destino, según lo acordado.

Solamente unas "pasajeras" cubiertas por capuchas y con largas capas son acompañadas por el Capitán, Vitia, Gombo y el "negro" Estremadoyro, quien hace de intermediario para hacer la "entrega" correspondiente. Son recibidos por un par de personas, también encapuchados y con largas capas, que no permiten ser reconocidos y se ocultan en las tinieblas de una madrugada que empieza rápidamente a clarear.

Antes de separarse, Margarita se detiene, da media vuelta y dice:

- Señor, no se vaya a olvidar del desayuno.
- Ejem. No señorita, lo tengo presente, y así será.
- Que tenga buen viaje - dice margarita, extendiendo la mano derecha, en claro además de ofrecerla para el galante besamanos. William no duda un momento, y haciendo una graciosa reverencia, coge con delicadeza la extendida mano de Margarita, con mas nerviosismo que galantería, posa suavemente sus labios sobre la misma.
- Que tenga un buen viaje, señorita - casi tartamudeando, responde William.

Al retirarse la comitiva, William abre el puño, y entre sus dedos al fin puede ver lo que con sutileza y cortés delicadeza, fuera del alcance de la vista de los demás, Margarita puso entre sus manos. Un pañuelo, pequeño, delicado, con una margarita bordada en una esquina. Lo acerca lentamente, y un extraño aroma, delicioso, embriagante, nubla sus sentidos, y lo hace volar al infinito.

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