- Y bien, estimado Doctor Dávalos, bienvenido al fin del mundo. Espero que haya pedido perdón por todos sus pecados, ya que estamos entrando directamente por la puertas del infierno.
- Su sentido del humor es terrible, mi estimado capitán Grant. - Replica el doctor - Pero déjeme decirle que el estrecho de Magallanes no es la puerta del infierno ni de entrada ni de salida, pues hasta donde puedo entender, el infierno es el reino del fuego, pero acá, se nos congelan hasta las ideas.
- Entonces estamos perdidos, ya que dudo mucho que a Dios le gusten estos lugares. Y si no está el diablo por friolento, pues no se me ocurre que tipo de seres puedan habitar tan desolados e inhóspitos lugares. Indica Theo, tratando de abrigarse lo más que pueda con una vieja capa.
- Pues hay varias tribus por acá, mi buen Tigre, - replica con aire de sabiduría el doctor Dávalos - los shelknam u onas, los yaganes, los kaweskar y los manneken. Fueron varios los intentos de los españoles por colonizar estos lugares, terminando sus intentos en estruendosos fracasos, ya sea tanto por lo aguerrido de este pueblo, o por las inclemencias del clima. Me viene a la memoria los intentos de don Juan de Alderete y de don Pedro Sarmiento de Gamboa. Aunque también hay que hacer mención a la hermandad pirata, que hostigo con gran frenesí y empeño a este último.
- Vaya doctor - con un ceño fruncido y haciendo un tono grave en su voz interviene Will-, usted es una enciclopedia abierta. Quizá haya algo más en lo que pueda instruirnos?
- Soy un humilde cirujano con estudios universitarios, y es mi deber compartir todo el conocimiento que me fue dado. - Es la respuesta calmada del doctor- Y ahora, si el capitán me lo permite, considero que es un momento importante para elevar una plegaria al Divino Creador y pedir perdón por nuestros pecados, que no son pocos. No vaya a ser que la dama de la guadaña nos esté esperando en ese lugar de muerte y desesperanza.
Padre Nuestro, que estas en los cielos...
- Su sentido del humor es terrible, mi estimado capitán Grant. - Replica el doctor - Pero déjeme decirle que el estrecho de Magallanes no es la puerta del infierno ni de entrada ni de salida, pues hasta donde puedo entender, el infierno es el reino del fuego, pero acá, se nos congelan hasta las ideas.
- Entonces estamos perdidos, ya que dudo mucho que a Dios le gusten estos lugares. Y si no está el diablo por friolento, pues no se me ocurre que tipo de seres puedan habitar tan desolados e inhóspitos lugares. Indica Theo, tratando de abrigarse lo más que pueda con una vieja capa.
- Pues hay varias tribus por acá, mi buen Tigre, - replica con aire de sabiduría el doctor Dávalos - los shelknam u onas, los yaganes, los kaweskar y los manneken. Fueron varios los intentos de los españoles por colonizar estos lugares, terminando sus intentos en estruendosos fracasos, ya sea tanto por lo aguerrido de este pueblo, o por las inclemencias del clima. Me viene a la memoria los intentos de don Juan de Alderete y de don Pedro Sarmiento de Gamboa. Aunque también hay que hacer mención a la hermandad pirata, que hostigo con gran frenesí y empeño a este último.
- Vaya doctor - con un ceño fruncido y haciendo un tono grave en su voz interviene Will-, usted es una enciclopedia abierta. Quizá haya algo más en lo que pueda instruirnos?
- Soy un humilde cirujano con estudios universitarios, y es mi deber compartir todo el conocimiento que me fue dado. - Es la respuesta calmada del doctor- Y ahora, si el capitán me lo permite, considero que es un momento importante para elevar una plegaria al Divino Creador y pedir perdón por nuestros pecados, que no son pocos. No vaya a ser que la dama de la guadaña nos esté esperando en ese lugar de muerte y desesperanza.
Padre Nuestro, que estas en los cielos...
Toda la tripulación, sin excepciones, se ha persignado, y con la cabeza descubierta e inclinada, escucha en silencio el pregón del doctor. Muchos no comparten su credo, pero es lo más cercano a un predicador que hay a bordo. Así que todos y cada uno, en silencio y en su idioma natal piden a su Dios que los libre de cualquier desventura.
La Hija de los mares, lentamente, se adentra en la maraña de formaciones rocosas y canales que comunican al Atlántico con el gran Océano Pacífico. Paisajes congelados. Rocas inaccesibles. Pequeños puntos resplandecientes en las laderas. Son los famosos habitantes que en su momento encontraron Magallanes y su tripulación al explorar estos lares. Y son los mismos que dieron trágico final a todos aquellos que intentaron colonizarlos.
Rezan para no encontrar a nadie mas intentando cruzar el estrecho, ya que dar batalla bajo estas condiciones sería una tarea titánica. Aún así, van en sus puestos, listos para entregar su alma al diablo y lo que quede de su cuerpo al reino de Poseidón en caso de ser requeridos. Los maderos crujen al contacto de las heladas aguas, el hierro de las armas y de los cañones emite lastimosos gemidos, como si fueran atacados por alguna especie de dolor infrahumano.
Solamente Vitia se mantiene incólume, incluso sonríe como un niño. Intenta algunas bromas y trata de relajar a la tripulación que no hace otra cosa que abrigarse como puede y tiritar de frío. Va tarareando una especie de canción. En su memoria se dibujan paisajes gélidos, con abundante nieve, ríos congelados, renos y osos. Su tierra natal, tan inmensa como el océano mismo, tan lejana y tan añorable. "Volveré a la Madre Patria" se promete en silencio mientras sigue tarareando su canción y sonriendo ante el frío inclemente.
Otro que no la pasa "tan mal" es el dragón Fukuda. Sentado en posición de flor de loto, con la cabeza erguida y los ojos cerrados, no da muestra alguna de sus sentimientos. Nadie jamás ha osado interrumpir su meditación ni su silencio. Incluso cuando han estado bajo fuego enemigo. En el momento menos esperado, puede pasar de esa posición a la de ataque, y su afilada espada no tiene quien lo detenga. Nunca hace comentarios, nunca habla de sus ideas ni de su tierra, ni de las razones por las que se alistó en la Hija de los mares. Es letal y preciso, parco y silencioso. Y ahora, sentado, recibiendo en el rostro el gélido viento, solo nos queda imaginar sus pensamientos.
Todo lo contrario al buen Gombo, que no sabe ya como quejarse del frío inclemente, de los nada silenciosos navaja Tachini y popote Samaras, que se han hecho un ovillo y no paran de tiritar y quejarse, causando las risas condescendientes del enorme Vitia.
El gran Océano Pacífico los recibe sin mucho cariño. Un cielo lleno de oscuras nubes, con vientos terribles y olas enormes. William sonríe y medita :" A quien rayos se le ocurrió llamar Pacífico a semejante monstruo? ". Empiezan desplegando velas y poniendo en juego la integridad de la nave y de toda la tripulación se adentran en la inmensidad de la mole de agua. Los vientos ayudan, también la pericia de los navegantes, la habilidad del capitán al timón, y la diosa fortuna ; que, en esta ocasión los pone directo sobre una corriente marina que los lleva de sur a norte cual saeta indetenible.
La vastedad del océano los pone algo nerviosos. Parece que estuviesen quietos, encallados en un universo de agua y sal. Una ligera brisa, las velas apenas tensas. Creen que están perdidos, hasta que los ven.
Delfines. Hermosos, veloces, inteligentes. Se acercan al barco, y empiezan a nadar jugando al lado del mismo. Ahora sí. Son conscientes de la enorme velocidad del navío. Una corriente marina. Están viajando a velocidades inimaginables, y se están acercando con mucha rapidez a su destino. La costa del Ecuador.
- Subestime sus cálculos, doctor. Nunca creí que existiese este "río" en medio del océano, y mucho menos que nos lleve con tanta ligereza hacia nuestro destino. Hacia allá nos lleva, no?
- Mi estimado capitán, no soy marino ni navegante, y lo que conozco de esta gran corriente es gracias a las enseñanzas de la universidad. Eso sí, estoy completamente seguro que hay otra corriente en sentido contrario muy cerca a nuestro destino. Así que, le sugiero que utilice sus artilugios de navegación para sacarnos de este "caminito" en el momento preciso, caso contrario tengo entendido terminaremos en las islas de Oceanía.
- De eso no se preocupe, doctor. Lo tengo todo previsto. Solamente me preocupa el modo como llegaremos hasta la jungla. Y no es que no confíe en usted. No. Lo que pasa es que después de que aquel paisano suyo intentó timarnos con esa flor blanca alegando que era la orquídea que buscamos, pues, ya no se si confiar o no.
- Ejem. Bien lo ha dicho. Era un timador. Como los hay en cualquier parte del mundo. Lastimosamente en estos lares esa calaña de tipejos abundan. Que le vamos a hacer, es la rica "herencia de la sangre española".
- Truanes, ociosos y vividores. Los detesto, salvo honorables excepciones.
- Sobre todo "una gran excepción". Aquella que le quita el sueño y por cuya causa está dispuesto a dejar a su nave y adentrarse en "tierra firme" en territorio salvaje, poco explorado y harto hostil. Solo para satisfacerla. Haciendo un guiño pícaro remarca el doctor.
- Lo vale, doctor. Eso y mucho más. Con un suspiro responde William, dirigiendo su mirada hacia la línea del horizonte, como si tratase de divisar algo.
- Mi estimado capitán, no soy marino ni navegante, y lo que conozco de esta gran corriente es gracias a las enseñanzas de la universidad. Eso sí, estoy completamente seguro que hay otra corriente en sentido contrario muy cerca a nuestro destino. Así que, le sugiero que utilice sus artilugios de navegación para sacarnos de este "caminito" en el momento preciso, caso contrario tengo entendido terminaremos en las islas de Oceanía.
- De eso no se preocupe, doctor. Lo tengo todo previsto. Solamente me preocupa el modo como llegaremos hasta la jungla. Y no es que no confíe en usted. No. Lo que pasa es que después de que aquel paisano suyo intentó timarnos con esa flor blanca alegando que era la orquídea que buscamos, pues, ya no se si confiar o no.
- Ejem. Bien lo ha dicho. Era un timador. Como los hay en cualquier parte del mundo. Lastimosamente en estos lares esa calaña de tipejos abundan. Que le vamos a hacer, es la rica "herencia de la sangre española".
- Truanes, ociosos y vividores. Los detesto, salvo honorables excepciones.
- Sobre todo "una gran excepción". Aquella que le quita el sueño y por cuya causa está dispuesto a dejar a su nave y adentrarse en "tierra firme" en territorio salvaje, poco explorado y harto hostil. Solo para satisfacerla. Haciendo un guiño pícaro remarca el doctor.
- Lo vale, doctor. Eso y mucho más. Con un suspiro responde William, dirigiendo su mirada hacia la línea del horizonte, como si tratase de divisar algo.
- Tierra a la vista!!
- A trabajar sarta de inútiles! Que están esperando? Una esquela real quizá? Apúrense con esas malditas velas, que no tenemos todo el día...
- A trabajar sarta de inútiles! Que están esperando? Una esquela real quizá? Apúrense con esas malditas velas, que no tenemos todo el día...
- Es una isla!!
- Dios Santo!! La Isla Encantada!!
Todos se quedan paralizados como por arte de magia. Cada quien como si hubiese sido clavado en el lugar donde en ese momento se encontraba en la cubierta. William tiene una mirada de fastidio y una sonrisa nerviosa en el rostro. Ha oído hablar de esta famosa isla. No hay navegante que no haya escuchado hablar de ella, y todos temen por algún motivo llegar a ella. Seres fantásticos que las habitan, animales mitológicos, dragones botafuego, serpientes colosales, tortugas monstruosas capaces de engullirse a un hombre. Es la primera vez que estará en ellas, es la primera vez que sus botas pisarán tan mítico terruño. También es la primera vez que la Hija de los mares navegará por estas aguas inhóspitas. Pero, como buen pirata y aventurero, sabe que encontrará toda la emoción que buscaba.
Y no se equivoca.
- Barco a la vista!!
- Es la Jolly Roger!
- Izad la Jolly Roger!! Son de la hermandad!
- Todos a sus puestos, malditos bellacos! Son bucaneros...
La hermandad. Tan respetada como temida. Restos de la gran Cofradía de los Hermanos de la Costa, dueños y señores de los mares del Caribe, y enemigos acérrimos de los españoles y portugueses. Ahora se hacían llamar como la Hermandad, y navegaban por todos los mares del mundo, reclamando para si los libres océanos y mares. y conquistando los lugares mas inhóspitos de todo el planeta. No eran muy amables, y no era sensato entrar en conflicto con ellos. Aún así la Hija de los mares se había ganado a sangre y fuego su reputación, y era respetada entre los miembros de la mencionada Hermandad, a la cual, ya pertenecía.
- Mi querido y estimado capitán William "cicatriz" Grant, qué vientos lo trae a estos desolados parajes?
- Capitán Morgan, buen día! Estamos en ruta a la selva ecuatoriana, en búsqueda de un pequeño encargo de un gran amigo.
- Devolviendo favores?
- Puede decirse que si. Los favores y las promesas se pagan y no se rompen.
- Bien dicho, Grant. Un caballero siempre conserva los modales, y cumple la palabra empeñada. Señala el mítico Capitán Morgan, corsario y pirata, leyenda viviente, que por alguna razón se encuentra en esta isla.
A William no le agrada el sobrenombre de "cicatriz". Solamente otros capitanes de navío pueden llamarlo así, por ser sus iguales. Después, la tripulación tiene prohibido mencionar este apelativo. Y es que la marca que le puso mama Ruana en la frente, le ha dejado una cicatriz muy notoria, la cual siempre trata de cubrir con un pañuelo debajo del sombrero, pero a veces se hace evidente, y es muy notoria.
- Solamente un pequeño detalle, mi estimado William, estamos en una temporada difícil: las lluvias y el calor hacen que navegar hacia el norte sea sumamente peligroso. Hay temporales espantosos. Y muy pocos, salvo algunos locos y desquiciados, se aventuran a las aguas del Océano Pacífico en esta época.
- Una razón más para seguir adelante, responde Will, no necesitamos mas compañía que de Dios o del demonio, para llegar a las costas ecuatoriales, y hacer un desembarco rápido para encontrar el "encargo" y poder retornar sin contratiempos.
- Hmm, rascándose la cabeza responde Morgan, en este momento todos los puertos están llenos de milicias españolas, no hablemos ya de las fortificaciones, y de los galeones españoles esperando en los puertos a que mejore el clima. Creo yo que sería un suicidio si se presenta con su navío en las costas sudamericanas.
- Cierto. Esta situación me tenía algo preocupado, pero pensé en dejar la nave en alguna isla cercana, a buen recaudo, embarcarme en una pequeña chalupa, e ingresar a la playa en la penumbra de la noche, para incursionar a través de la montaña a la selva amazónica. Pensé que era mejor hacer la ruta por este lado, ya que el río Amazonas está muy bien custodiado, y la Hija de los mares hubiese sido presa fácil en sus aguas. Luego retornar, y en la misma chalupa hacernos a la mar buscando a nuestra nave.
- Osado, ingenioso, loco, pero poco probable. No dudo de su sagacidad y astucia. Pero, los españoles notarán su presencia, de una u otra manera. Así que, no tiene alternativa. Deberá dar batalla para retornar, y eso si se parece a algo cercano a un suicidio, a no ser que...
Morgan se toma el mentón, y en pose pensativa, con un ligero brillo en los ojos, y un aire picaresco, hace a William una propuesta insólita.
- A no ser que? Capitán Morgan, me deja con una duda.
- Hace algunos años, con gran solemnidad y paciencia remarca Morgan, un puñado de aventureros españoles, comandados por Francisco de Orellana, lograron llegar al Amazonas desde los bosques altos, y luego de algunos meses de navegación alcanzaron la desembocadura del gran río en el Océano Atlántico. Es sabido que esa zona es inhóspita y salvaje, llena de seres salvajes y monstruos mitológicos, cazadores de humanos y reducidores de cabezas, pero por la misma razón, libre de nuestros queridos españoles y portugueses. Solo sería cuestión de conseguir un buen bote, y "alguien" que lo espere en la desembocadura.
- Es la idea mas loca que he escuchado, cruzar todo el continente de costa a costa, es algo inaudito! Con los ojos desorbitados y un aire de asombro acota William, pero a la vez un brillo raro se nota en sus ojos. Es una locura! Es descabellado! Es desquiciado! Es sólo para Piratas!
- Bien dicho, hijo! Emocionado, Morgan brinda con William de pie, si tuviese unos años menos, os aseguro que personalmente partiría con usted! No tenga dudas. Pero, temo que por mi edad y condición, mas sería un estorbo que una ayuda. Eso sí, lo estaré esperando en la desembocadura del gran río.
- Tomo su ofrecimiento, y estaré eternamente agradecido por su apoyo, Capitán.
- Nada es gratis, hijo. Cuando nos encontremos, debe contármelo todo, El Dorado, las Amazonas, los reducidores de cabeza, todo. Necesito saber toda la verdad sobre esos relatos. Y usted es un hombre cabal, así que a través de sus ojos veré ese maravilloso mundo.
- No tenga dudas de que será así. Cumpliré, y llegaré a la desembocadura cueste lo que cueste.
- Algo más, al llegar a Guayaquil, busque a esta persona - Le extiende una nota Morgan - es un viejo amigo, me debe algunos favores, y pondrá unas acémilas a su servicio, así como de algunos guías. Eso si, solo hasta llegar a lo alto de las montañas. Cuesta abajo, estará por su cuenta.
- Eso es mas que suficiente, Capitán Morgan, le estaré eternamente agradecido.
Morgan se le acerca, le da unas palmadas en la espalda, y en voz baja, con aire de complicidad, le pregunta:
- Y se puede saber el nombre de la dama en cuyo honor está dispuesto a tamaña locura?
William se sonroja y se queda mudo por unos segundos, pero luego recobra la compostura, y responde:
- Margarita. Y lo vale.
La noche se cierne sobre el mar infinito, las estrellas y la luna se apoderan del firmamento. Dos caballeros piratas, parados frente a frente, charlan alegremente como viejos camaradas en el puente de la Hija de los mares. Uno es de edad avanzada, casi un anciano, pero con aires de nobleza y postura de viejo lobo de mar. El otro es un joven, casi un niño a su lado, pero también se notan en él los aires de un experimentado marino, que se apresta a una aventura extraordinaria en tierra firme y en la selva salvaje, con la finalidad de conseguir un capricho de la mujer de sus sueños.
- Dios Santo!! La Isla Encantada!!
Todos se quedan paralizados como por arte de magia. Cada quien como si hubiese sido clavado en el lugar donde en ese momento se encontraba en la cubierta. William tiene una mirada de fastidio y una sonrisa nerviosa en el rostro. Ha oído hablar de esta famosa isla. No hay navegante que no haya escuchado hablar de ella, y todos temen por algún motivo llegar a ella. Seres fantásticos que las habitan, animales mitológicos, dragones botafuego, serpientes colosales, tortugas monstruosas capaces de engullirse a un hombre. Es la primera vez que estará en ellas, es la primera vez que sus botas pisarán tan mítico terruño. También es la primera vez que la Hija de los mares navegará por estas aguas inhóspitas. Pero, como buen pirata y aventurero, sabe que encontrará toda la emoción que buscaba.
Y no se equivoca.
- Barco a la vista!!
- Es la Jolly Roger!
- Izad la Jolly Roger!! Son de la hermandad!
- Todos a sus puestos, malditos bellacos! Son bucaneros...
La hermandad. Tan respetada como temida. Restos de la gran Cofradía de los Hermanos de la Costa, dueños y señores de los mares del Caribe, y enemigos acérrimos de los españoles y portugueses. Ahora se hacían llamar como la Hermandad, y navegaban por todos los mares del mundo, reclamando para si los libres océanos y mares. y conquistando los lugares mas inhóspitos de todo el planeta. No eran muy amables, y no era sensato entrar en conflicto con ellos. Aún así la Hija de los mares se había ganado a sangre y fuego su reputación, y era respetada entre los miembros de la mencionada Hermandad, a la cual, ya pertenecía.
- Mi querido y estimado capitán William "cicatriz" Grant, qué vientos lo trae a estos desolados parajes?
- Capitán Morgan, buen día! Estamos en ruta a la selva ecuatoriana, en búsqueda de un pequeño encargo de un gran amigo.
- Devolviendo favores?
- Puede decirse que si. Los favores y las promesas se pagan y no se rompen.
- Bien dicho, Grant. Un caballero siempre conserva los modales, y cumple la palabra empeñada. Señala el mítico Capitán Morgan, corsario y pirata, leyenda viviente, que por alguna razón se encuentra en esta isla.
A William no le agrada el sobrenombre de "cicatriz". Solamente otros capitanes de navío pueden llamarlo así, por ser sus iguales. Después, la tripulación tiene prohibido mencionar este apelativo. Y es que la marca que le puso mama Ruana en la frente, le ha dejado una cicatriz muy notoria, la cual siempre trata de cubrir con un pañuelo debajo del sombrero, pero a veces se hace evidente, y es muy notoria.
- Solamente un pequeño detalle, mi estimado William, estamos en una temporada difícil: las lluvias y el calor hacen que navegar hacia el norte sea sumamente peligroso. Hay temporales espantosos. Y muy pocos, salvo algunos locos y desquiciados, se aventuran a las aguas del Océano Pacífico en esta época.
- Una razón más para seguir adelante, responde Will, no necesitamos mas compañía que de Dios o del demonio, para llegar a las costas ecuatoriales, y hacer un desembarco rápido para encontrar el "encargo" y poder retornar sin contratiempos.
- Hmm, rascándose la cabeza responde Morgan, en este momento todos los puertos están llenos de milicias españolas, no hablemos ya de las fortificaciones, y de los galeones españoles esperando en los puertos a que mejore el clima. Creo yo que sería un suicidio si se presenta con su navío en las costas sudamericanas.
- Cierto. Esta situación me tenía algo preocupado, pero pensé en dejar la nave en alguna isla cercana, a buen recaudo, embarcarme en una pequeña chalupa, e ingresar a la playa en la penumbra de la noche, para incursionar a través de la montaña a la selva amazónica. Pensé que era mejor hacer la ruta por este lado, ya que el río Amazonas está muy bien custodiado, y la Hija de los mares hubiese sido presa fácil en sus aguas. Luego retornar, y en la misma chalupa hacernos a la mar buscando a nuestra nave.
- Osado, ingenioso, loco, pero poco probable. No dudo de su sagacidad y astucia. Pero, los españoles notarán su presencia, de una u otra manera. Así que, no tiene alternativa. Deberá dar batalla para retornar, y eso si se parece a algo cercano a un suicidio, a no ser que...
Morgan se toma el mentón, y en pose pensativa, con un ligero brillo en los ojos, y un aire picaresco, hace a William una propuesta insólita.
- A no ser que? Capitán Morgan, me deja con una duda.
- Hace algunos años, con gran solemnidad y paciencia remarca Morgan, un puñado de aventureros españoles, comandados por Francisco de Orellana, lograron llegar al Amazonas desde los bosques altos, y luego de algunos meses de navegación alcanzaron la desembocadura del gran río en el Océano Atlántico. Es sabido que esa zona es inhóspita y salvaje, llena de seres salvajes y monstruos mitológicos, cazadores de humanos y reducidores de cabezas, pero por la misma razón, libre de nuestros queridos españoles y portugueses. Solo sería cuestión de conseguir un buen bote, y "alguien" que lo espere en la desembocadura.
- Es la idea mas loca que he escuchado, cruzar todo el continente de costa a costa, es algo inaudito! Con los ojos desorbitados y un aire de asombro acota William, pero a la vez un brillo raro se nota en sus ojos. Es una locura! Es descabellado! Es desquiciado! Es sólo para Piratas!
- Bien dicho, hijo! Emocionado, Morgan brinda con William de pie, si tuviese unos años menos, os aseguro que personalmente partiría con usted! No tenga dudas. Pero, temo que por mi edad y condición, mas sería un estorbo que una ayuda. Eso sí, lo estaré esperando en la desembocadura del gran río.
- Tomo su ofrecimiento, y estaré eternamente agradecido por su apoyo, Capitán.
- Nada es gratis, hijo. Cuando nos encontremos, debe contármelo todo, El Dorado, las Amazonas, los reducidores de cabeza, todo. Necesito saber toda la verdad sobre esos relatos. Y usted es un hombre cabal, así que a través de sus ojos veré ese maravilloso mundo.
- No tenga dudas de que será así. Cumpliré, y llegaré a la desembocadura cueste lo que cueste.
- Algo más, al llegar a Guayaquil, busque a esta persona - Le extiende una nota Morgan - es un viejo amigo, me debe algunos favores, y pondrá unas acémilas a su servicio, así como de algunos guías. Eso si, solo hasta llegar a lo alto de las montañas. Cuesta abajo, estará por su cuenta.
- Eso es mas que suficiente, Capitán Morgan, le estaré eternamente agradecido.
Morgan se le acerca, le da unas palmadas en la espalda, y en voz baja, con aire de complicidad, le pregunta:
- Y se puede saber el nombre de la dama en cuyo honor está dispuesto a tamaña locura?
William se sonroja y se queda mudo por unos segundos, pero luego recobra la compostura, y responde:
- Margarita. Y lo vale.
La noche se cierne sobre el mar infinito, las estrellas y la luna se apoderan del firmamento. Dos caballeros piratas, parados frente a frente, charlan alegremente como viejos camaradas en el puente de la Hija de los mares. Uno es de edad avanzada, casi un anciano, pero con aires de nobleza y postura de viejo lobo de mar. El otro es un joven, casi un niño a su lado, pero también se notan en él los aires de un experimentado marino, que se apresta a una aventura extraordinaria en tierra firme y en la selva salvaje, con la finalidad de conseguir un capricho de la mujer de sus sueños.