viernes, 6 de noviembre de 2015

La hija de los mares. Capítulo 19 - La diosa fortuna.


- Vaya raro que es el chino Fukuda.
- Ni que te escuche que le has dicho chino, ya sabes que no le gusta. Mira con rayos fulgurantes que te quieren partir por la mitad cuando escucha que lo confundes. Él es "ja-po-nés"!
- Igual tiene los ojos chinos. Y si no le gusta, pues mejor no se lo digas... Pero, igual es raro. Mira que pedir un gato y grillos para poder incursionar en el convento. Tu que crees? Que se los come?
- Hmm... No se, aunque si estos chinos, ejem, japoneses, comen rata, pues no hay que sorprenderse que coman gatos, grillos y todas esas cosas también. Aunque, para ser sincero, nunca lo he visto comerse las ratas, incluso cuando hemos estado en la peor de las situaciones.
- Tienes razón. Epa, silencio, que aquí viene.

Es hasta cierto punto gracioso el respeto que le tienen al dragón Fukuda. El siempre silencioso japonés se acerca al par de amenos amigos, hace una venia, y recoge los mencionados "objetos", solicitados explicitamente al capitán Grant para poder dirigirse a su intento de infiltración al Convento donde está Margarita.

William ultimó los detalles con Fukuda sobre los pasos a seguir. Inicialmente dejaron a Fukuda en tierra firme, quien pidió quedarse un día antes, con su gato y algunos grillos, totalmente ataviado de negro. Apenas hubo pisado tierra firme, se esfumó cual sombra en noche sin luna. Y eso que era de mañana.

Se perdió entre las sombras, y sigilosamente, con el gato casi desmayado y los grillos adormecidos, se acercó a los muros del convento, y trepó a la cima de los mismos por el lado de mas difícil acceso y mas alejado, donde la vigilancia era casi nula. Se escondió cerca al campanario de la iglesia, y desde ahí se puso a observar. Notó todos los detalles de la pequeña ciudadela, haciendo un plan para poder deslizarse sigilosamente al atardecer hasta la puerta principal, no sin antes mandando a soñar a algunos guardias que por ahí habían. En ellos usó unas pequeñas llaves aprendidas de su maestro, pero en las monjas que estaban cerca, tuvo que usar los pañuelos empapados en éter proporcionados por el doctor Dávalos, aunque algunas reaccionaron de forma poco esperada, a quienes también tuvo que darles una ayudadita con una que otra llave.

La puerta del monasterio daba a una calle principal de la ciudad, muy concurrida aunque poco custodiada. Aún así era casi imposible pasar desapercibido al pasar por ella. Así que el plan contenía una parte de los "sacrificados": d'Alembert, el negro Estremadoyro, y navaja Tachini se encargarían de armar un escándalo de tal magnitud en el bar cercano, que acapararía toda la atención de peatones y guardias, con la finalidad que nadie note como William, Gombo y Vitia se cuelan por la puerta principal del convento, que para esto debía haber abierto Fukuda, según lo planeado cerca a las 8 de la noche, cuando la oscuridad reinaba, pero aún no todos dormían.

La explicación de los grillos era para que con el ruido que ellos hacían, enmascarar los pequeños ruidos de los movimientos del ninja. Y del gato, pues solamente Fukuda lo sabía. Y es que en la oscuridad de la noche, ellos podían saber la hora exacta del día o la noche con solo observar la forma de los ojos de estos felinos. Un arte secreto que solo ellos estaban en la capacidad de realizar.

- Silencio. Ordena Will, cuando el pequeño grupo traspasa el pórtico del convento. Todo en orden? Pregunta a Fukuda.
- En orden. Trajo lo que le pedí, señor Parker?
- Aquí lo tiene. Con cierto aire perplejo, Gombo alcanza un pequeño paquete a Fukuda, quien de reojo lo revisa rápidamente, y muestra a los atacantes un bulto detrás suyo.
Recién entonces se percatan que tiene a Margarita envuelta en una especie de fardo, dormida. Un segundo de silencio, y ya las poderosas manos de Vitia y Gombo cargan a la secuestrada con la mayor cautela posible, como si se tratase de una frágil muñeca de porcelana.

- Mañana, a la misma hora.

Es todo lo que dice Fukuda, mientras cierra desde dentro la puerta del convento. William y los otros se deslizan con presteza y en silencio con su valiosa carga, y se logran escabullir hasta el puerto, donde los esperan los demás listos en una pequeña chalupa. Pasa revista, todos completos, algunos moretones, olor a ron, pero todos completos.

- Y el dragón? pregunta Theo.
- Decidió hacerse monja... con un guiño burlón responde Vitia.
Gombo mira a los animosos compadres, con una mirada adusta y seria,
- Reemplazará a la señorita en el convento, hasta que la devolvamos mañana.
- Qué?!
Al unísono preguntan los divertidos amigos. Volverán? Devolver? Que acaso no recuerda Gombo que acaban de secuestrar a una persona de un Monasterio, que acaban de desatar una batalla infernal en el centro de la ciudad, y que escaparon por un pelo, y que si bien es cierto, fue difícil hacer esto, repetirlo sería casi imposible.

Pero era cierto. William jamás permitiría manchar la honra de Margarita. Y el plan de Fukuda le pareció genial. Suicida, pero genial. Fue él mismo que se lo propuso. Sacar a Margarita del convento, vestir sus ropas, disfrazarse de ella, y mantenerse en silencio el día en que las monjas en el convento se dedicaban íntegramente al rezo en sus celdas y al ayuno. Excelente!

Margarita no era novicia ni mucho menos monja. Estaba al cuidado de las monjas de clausura hasta su matrimonio, ya pactado con anticipación con un noble español de la zona. La rigidez y el estricto régimen de comportamiento dentro del claustro, en este caso serviría a la perfección para los planes de Fukuda, y para hacer realidad el sueño de William. Únicamente no habían contando con un detalle, que junto a Margarita, en el convento se encontraba la fiel Clementina.

- Buenos días, Señorita.
- Señor pirata, déjeme decirle que no estoy muy complacida con todo esto.
- No tiene que preocuparse mucho. Hoy por la noche estará de retorno a su claustro monacal, sin que nadie haya notado un minuto su ausencia. Únicamente quería compartir con usted este pequeño desayuno y estas flores excepcionales.
- Vaya que se lo tomó en serio. Y se puede saber cuáles son sus intenciones, señor Pirata?
- Las intenciones de un corazón enamorado,

El rostro aún sonrojado de William, contrasta con la sonrisa coqueta y juguetona de Margarita. Siente su respiración muy cercana, se siente como un pequeño indefenso, que agacha la mirada ante la travesura realizada. Ella lo coge con ambas manos, y con delicadeza acerca sus labios a los de él, y le estampa un apasionado beso. El mundo se enceguece a los ojos de William. Ya no se pertenece, ya no es él mismo, ya no es el pirata mas temido de todos los mares, ni el bandido mas desalmado. En este momento es solamente un adolescente enamorado.

Mientras esto sucede en la Hija de los Mares, en los claustros del convento:

- Por qué no completa su trabajo?
- Yo a usted lo conozco. Es del barco de William. Dónde está la señorita? Conteste o le juro por Dios que le corto el cuello.
Fukuda mira mas con curiosidad que con asombro a la pequeña Clementina, que sujeta un cuchillo de cocina con una mano temblorosa cerca al cuello del ninja. Casi sonríe. Sabe que no es rival para él, sabe que bastaría un movimiento furtivo para desarmarla, pero... Admira su valentía, y, además, le causa curiosidad el saber por qué no lo ha delatado, ya que sería suficiente que de la voz de alerta para poner sobre aviso a todos los habitantes de este lugar, de por si, silencioso.

- Ella está bien, señorita. Regresará sana y salva en la noche.

Con un español masticado, enrevesado y casi ininteligible contesta Fukuda.

Clementina guarda silencio, por unos instantes se muestra indecisa, pero le gana más la curiosidad y pregunta:
- La han llevado con el capitán Grant?
- Sí.
- La devolverán sana y salva?
- Sí.
- Estará intacto su honor?
- Sí.
- Me lo jura por Dios y la Virgen.
- No. Juro por el honor de Fukuda y su Maestro.
- Y quienes son esos dioses?
- Yo no ser Dios, mi maestro tampoco, pero el fue honorable.
- Por Dios. Que emoción. Osea tendrán su desayuno romántico después de todo. Yo bien le decía a la señorita que el capitán Grant no dejaría pasar esto, que él sería capaz de armarlo todo. Ella estaba algo dubitativa, sobre todo cuando la trajeron para acá, pero no se esperaba que yo también vendría, pues ni hablar, no la dejaría sopla, ni por un instante... Hmm, qué olor es ese? Ah, es usted, que huele a borrego apestado. Y así quiere engañar a las monjas? Está usted loco, a ver, acérquese. Y esa peluca, Dios mío! Cree que las monjas son ciegas? Lo descubrirán a la primera que lo vean. Déjeme que lo acomodo...

Fukuda era el mas pulcro y limpio de la tripulación de la Hija de los mares, pero aún así los olores del mar y del barco estaban tan impregnados en él, que cualquiera que se le acercase a menos de medio metro se daría cuenta que es marino. Al estar alejado no tenía problemas, pero de cerca, los olores eran demasiado. Sin mas ni más Clementina casi desnudó al perplejo Fukuda, que no movió un solo musculo, lo frotó con violencia con una trapo embebido en una especie de bálsamo con vinagre, limón y algunas cosas más, lo que cambiaron totalmente su olor; arregló su horripilante peluca, convirtiéndola en un peinado excelente, le acomodó los hábitos, le colocó la capucha de tal manera que se puedan visualizar solo partes del cabello y del rostro. Y le enseñó en fracción de segundos la forma correcta de estar de rodillas frente al crucifijo para el día de oración y ayuno.

- Haga de cuenta que en ese lugar donde está el crucifijo está su Fukuda maestro ese, y por favor, agache la cabeza. No se reza con la frente en alto. Shh, ahí vienen.

Muy hábilmente para todo este trámite, habían hecho maullar al gato. Lo que llamó la atención de las monjas. Las supervisoras tuvieron que dirigirse con dirección a las celdas de Margarita y Clementina. Pero ese pequeño maullido había escondido la "Charla" y los ruidos por el acomodo de las ropas y otras cosas. Cuando llegaron las Monjas, encontraron a Clementina con el gato en las faldas, acariciándolo, con un aire de inocencia, y a "Margarita" entregada a los rezos que corresponde a una novia próxima a contraer nupcias.

El rostro severo de una de las supervisores, cambió al ver que la mascota era tan cariñosa y tierna. Lo cogió entre sus manos, la examinó. Hizo un gesto de aprobación. Luego se persignó, lo entregó en manos de Clementina, y posteriormente le hizo el universal signo de "silencio" con las manos, para luego retirarse a su correspondiente celda.

Fukuda, en completa inmovilidad y silencio, ya tenía listo un plan de fuga en caso de ser necesario. La catana y las demás cosas, las había hábilmente camuflado debajo de la cama de Margarita, y esto solamente él lo sabía.

Lejos de ahí, a muchos kilómetros del convento de clausura donde un ninja se hacía pasar por monja, y de un barco pirata donde dos enamorados se daban su primer beso, muy lejos de esas costas, se estaba por prender el fuego de un acontecimiento que cambiaría para siempre las vidas y la suerte de nuestros amigos.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

La hija de los mares. Capítulo 18 - Bon appetit!


- Mi buen amigo, el Capitán William "cicatriz" Grant. Bienvenido a bordo.
- Capitán Morgan. No sabe el placer que tengo el volver a verlo. En toda el tiempo que ha durado esta pequeña empresa mía, únicamente pensaba en este momento.
- Nosotros también, ya temíamos lo peor. Lo imaginábamos atrapado por las temibles guerreras amazonas para ser ofrendado a dioses sanguinarios, o por los reducidores de cabeza, los jíbaros, para ser su cabeza convertida en adorno portátil, o engullido por alguno de esos seres mitológicos que abundan en la jungla o en el fenomenal río....
- No cabe dudas que su imaginación es grandiosa, mi querido Capitán Morgan. Aunque, para serle sincero, sus cavilaciones no están lejos de la realidad. Aún así, debo decirle que los lugares que hemos visitado distan mucho de los cuentos y leyendas que sobre ellas cuentan. Sobre todos, el mítico Dorado...
- El Dorado?!
- Ese mismo, ese lugar del que tanto nos habían contado, y del que tantas leyendas e historias hemos oído, este su humilde servidor, ha tenido la fortuna y suerte de admirarlo con sus propios ojos.
- Caramba, Grant! Cuéntemelo, cuénteme todo, sin obviar detalles, soy todo oídos.
- Tome asiento, Capitán Morgan, el relato es largo, y gustosamente pasaré a narrarlo.

Sentados en el camarote del Capitán Morgan, William y este último se entregan al placer de narrar y relatar historias, sin obviar detalles, y poniendo algunos matices de la imaginación de los dos, para adornarlas y hacerlas mas interesantes. Es un buen pasatiempo. Posteriormente harán algunas anotaciones en la bitácora. Y las partes mas importantes, mas sabrosas y entretenidas, les servirán para seguir cautivando a sus seguidores y detractores. Esa es su vida, vida de pirata, llena de aventuras y de encuentros fantásticos y excepcionales.

De boca de Morgan William se entera de que en el camino se encontraron con una flotilla de la armada española, y que entraron en cruel y desigual combate. Tuvieron que mandar a pique a una de las naves españolas, pero las otras dos las lograron capturar. Otra vez, la maestría y habilidad de los piratas fue superior. Y otra vez, lamentablemente, Fukuda se enfrentó a los capitanes de los navíos, y a ambos los mandó al mas allá sin más ni más. Los que lo vieron, dicen que los oficiales españoles atacados por el Dragón ni siquiera pudieron hacer  una mínima defensa.

Ryunosuke Fukuda,  el dragón. Silencioso, sigiloso. Lleva un extraño sable, una catana, que en sus manos es un arma poderosa y mortal. Nadie sabe nada de él,  excepto que es japonés y que no hay que molestarlo. Aunque para ser sinceros, puede ocurrir una tormenta a su lado, y él permanecerá in-inmutable en su típica posición de sentado con las piernas cruzadas, la espalda recta, la frente erguida y los ojos cerrados. Pudiendo cambiar de postura en menos de un segundo, y asestar un golpe mortal con su filoso sable, o con las manos cuando el oponente no es "digno" para el filo de su arma.
A veces, sólo algunas veces, usa su mortal arma contra cualquier adversario, tanto para defenderse como atacar, y puede incluso cortar miembros con extrema facilidad. Circulan leyendas entre la tripulación, que podría partir a una persona por la mitad de un solo tajo.

Puede caminar entre las sombras sin que nadie noté su presencia. Se mimetiza con el entorno con una facilidad y pericia admirable. Y es tan silencioso, que algunos llegan a creer que no es humano,  sino un espectro viviente.

Únicamente William conoce su historia. Nació en una isla japonesa, en una aldea alejada, siendo su padre el carnicero del pueblo. Era por esta razón considerado como integrante de la clase social más baja de todo el país, siendo relegados y menospreciados por este motivo. Siendo aún pequeño su aldea fue invadida por un grupo de mongoles, quienes mataron a los adultos, y se llevaron a los demás, prendiendo fuego a toda la comarca. El tenía a lo sumo 6 o 7 años, por lo que se escabulló al momento del ataque, se escondió en el bosque y regresó cuando el fuego ya había menguado. No encontró a nadie, solo algunos cuerpos calcinados y restos de las viviendas destruidas.

Sólo y hambriento se dirigió hacia el poblado mas cercano, a donde una vez fue con su padre. Al llegar allá se encontró con la amarga sorpresa que también habían sido atacados, y que había sucedido lo mismo. Pero encontró algo de arroz, así que pudo alimentarse un poco. Desconsolado y sin esperanzas se interno en el bosque, tratando de buscar refugio y alimento.

Abandonado a su suerte, sabía que no sobreviviría al invierno, así que se dirigió hacia la ciudad,  aunque sin muchas esperanzas. Cansado, debilitado, hambriento, perdió el conocimiento mientras caminaba, y en su mente de pequeño se dibujaba la imagen de sus padres y de su casa.

Despertó al calor de una fogata. Un extraño hombre con el cabello largo y vestimentas holgadas le alcanzó algo de arroz recién cocido. Comió con dificultad. El alimento le produjo espasmos, vómitos y sintió morirse. Pero sobrevivió, los cuidados del extraño surtieron efecto. Sólo después supo que era un guerrero samurai, que había quedado completamente sólo después de perder a su señor y a sus compañeros en una batalla. Y que no habían sido derrotados, sino podría decirse que habían ganado, pero nadie había sobrevivido. Y, que al encontrarse sin amo a quien defender ni clan al que pertenecer, se dirigía a otra ciudad a ofrecer sus servicios. Es ahí donde se encontraron, y, como le pareció adecuado, decidió tomar al pequeño como aprendiz.

Fueron años de estricto aprendizaje y adiestramiento. Le enseñó todo lo que debía saber, el manejo del sable, el arco, las flechas. También artes marciales y meditación. Pero, adicionalmente, le enseñó los artes de sigilo, camuflaje y engaño. Lo preparó para ser un guerrero ninja, ya que él mismo por su condición de samurai no podía "rebajarse" a esas actividades. 

Fue su maestro y su padre. Pero también fue su único amigo. Su condición de clase social baja lo perseguía por donde fuera. Incluso para la ceremonia de la mayoría de edad, que con tanta pompa celebran los japoneses el primer mes del año en todos los lugares, incluso para esta ocasión tuvo que hacerlo sólo, con su maestro. Nunca dijo el nombre ni el linaje de su maestro. Will no pudo sacarle más datos del mismo, solamente que cayó gravemente enfermo, y que lo "ayudó " a partir con sus ancestros. Él mismo se abrió el vientre con una daga y Ryunosuke lo decapito de un certero golpe. Guardó la catana, con la cual se fue lejos de las islas a buscar fortuna como guardia personal de mercaderes en Asia. Es así como llegó hasta África, donde pudo enlistarse en el grupo de William,  porque también despreciaba a los portugueses y españoles por embusteros y poco honorables.

El apelativo de "dragón" se lo puso Theo, quizá el único que podía gastarle bromas a Fukuda. Sabía algo de inglés, francés y desde poco unas palabras en español. Era muy empeñoso, limpio y disciplinado. Y alguna vez, preguntado por William,  dijo que moriría gustoso a manos de alguien honorable. Y que era lastimoso que hasta ahora no hubiese encontrado un oponente digno.

William y toda la tripulación ahora se preparaba para el siguiente gran paso: Invitar a Margarita a un desayuno a bordo de la Hija de los mares.

Acompañados de Morgan y su tripulación, no tardaron en llegar a Port Royal. Ahí "entregaron" amablemente las carabelas a los representantes del gobierno español que vinieron por ellas. La paga fue significativa. Antes de partir se encontraron con Claudius, quien ya tenía los tulipanes negro pedidos y un sinfín de manjares dignos de cualquier mesa real. Recogieron todo sin perder mucho tiempo, y se dirigieron a la Habana, en busca de una "Señorita",

Durante toda la travesía por la jungla y por el mar,  William había meditado mucho sobre la forma como haría la invitación,  llegando a una simple conclusión: debía secuestrarla. No tenía opciones. Pensó en como atacarán la casa paterna, en la noche, poniendo a dormir a los guardias. Todo debería ser exacto y sin errores, y la devolvería por el mismo método al siguiente día. Pero, hubo una complicación. Al llegar a la Habana, se enteró que Margarita y su acompañante estaban recluidas en un monasterio. 

La desazón y desesperanza de William fue total. Ni los más aguerridos soldados, piratas, marineros o demonios pueden compararse en fiereza que las monjas de clausura. Era literalmente imposible ingresar a un convento si ellas no lo permitían. Solamente destruyendo literalmente los muros del convento se puede acceder a esos claustros prohibidos para el común de las personas.

Desconsolado, William reunió a sus hombres en la cubierta de la nave, a donde había regresado. Armó una mesa enorme, y se dispuso a tomar el desayuno más amargo de su vida.

- Bon appetit! Con cierto sarcasmo invitó a la mesa a la consternada tripulación. 

Nadie tocó nada. Todos estaban compungidos, Theo, siempre alegre y vivaz, ni siquiera él reía. William tomó amargamente un sorbo de vino, y sin levantarse miraba fijamente a las hermosas flores que coronaban tan suculenta mesa. 

El silencio era sepulcral, hasta que fue roto por el dragón Fukuda, quien dijo:

- Yo puedo entrar. Solamente no me pidan pelear con mujeres.

Todos lo miraron estupefactos, incrédulos. 

En el rostro de William se dibujó una sonrisa maliciosa. Un plan se dibujaba en su mente, y de un tiro ordenó. 

- Señor d'Alembert!  Ordene que guarden todo! Prepárense piratas, hoy atacaremos al mismísimo diablo en persona!

Gritos de júbilo. Saltos, casi aullidos. La adrenalina y la emoción vuelve a los rostros de los compungidos piratas.

- Que esperan sarta de inútiles! Una esquela de invitación personal, acaso?! Cada uno a sus puestos, por los mil demonios! Hoy el mundo oirá que unos malditos bastardos osaron enfrentar a cancerbero y sus guardianes del infierno!!

Theodore no para de gritar y ordenar. El navío es atrapado por un caótico orden, mientras William ultima detalles con un impasible Fukuda, que muy serio le da detalles de los preparativos para la inusual incursión.