jueves, 3 de septiembre de 2015

La hija de los mares. Capítulo 17 - El Dorado.

- Muy buenos días! Poneos de pie, por favor, que no soy ningún santo ni tampoco un espíritu sagrado.
- Muy buen día, reverendo.  Soy William Grant, capitán de la Hija de los mares, y me acompañan el Doctor Dávalos,  y los señores Avery, Estremadoyro y Tito.
- Cuanto gusto, cuanto gusto. Repite con frenesí el fraile, mientras estrecha las manos de cada uno de los aludidos.

Ataviado con una sotana en andrajos, que debió ser negra y ahora es de un color imposible de describir con exactitud,  el Fraile lleva la cabeza completamente rapada y una barba incipiente. Habla en forma atropellada, poniendo énfasis en cada vocablo pronunciado. Alto, de casi dos metros, flaco y nervudo,  parece un gigante al lado de los pequeños nativos.

- Pero que descortesía la mía, no haberme presentado. Soy el hermano Melchor,  y estoy encargado de traer la palabra de Dios a nuestros hermanos Huambisas. Pero, venid,  acompañadme.  En mi humilde cabaña encontrareis pocas comodidades pero mucha hospitalidad. También algo de agua y un poco de alimento, que bien lo necesitáis,  pues vosotros estáis hasta los huesos, a fe mía.

Y así, mientras hablaba sin parar,  explicando cada una de sus peripecias para llegar hasta este remoto lugar, donde fue recibido por los nativos y donde inició una misión evangelizadora, el fraile Melchor, guía a nuestros expedicionarios hasta una cabaña donde al fin pueden poner sus huesos a descansar y donde luego de ser alimentados, los interrogó de manera tal, sacando la máxima información de los visitantes.  Le  causó mucha gracia el motivo de tamaño viaje, y admiró la belleza de la flor transportada.

- El amor, mi estimado capitán Grant. Es la fuerza que mueve el mundo. Es la máxima expresión de la creación. Y no hay nada más hermoso que vencer los obstáculos del camino y de la vida por amor.
- No se si será amor o capricho. Con cierto sarcasmo observa el Doctor Dávalos,  lo único cierto es que por poco y entregamos nuestras almas en esta empresa. Aunque, para ser sinceros, no la hemos pasado del todo mal. Y debo agregar que he enriquecido mis conocimientos al conocer a fondo a la Madre naturaleza, que tan frondosa y bondadosa es en estos lares.
- Aunque creo que nuestra expedición aún no se ha terminado, remarca Will,  pues según mis cálculos aún debemos estar algo alejados del océano Atlántico.
- El océano Atlántico!?  Pues si, yo no lo he visto desde que llegue acá hace ya casi 14 años. Con cierto entusiasmo añade el fraile.
- Y, tiene alguna idea reverendo de cuanto tiempo de navegación nos queda hasta la desembocadura del gran río? - pregunta Avery.
- Pues, según los nativos, pueden ser varias semanas, con buen tiempo y mucha suerte. Y acá eso no es frecuente, ni lo uno ni lo otro.- responde el aludido, mostrando cierta desazón.
- Pues, si queremos regresar a la Hija de los mares,  no nos queda otra que embarcarnos y seguir adelante. Dentro de aproximadamente 2 semanas ellos deben estar esperando cerca a la desembocadura. Agrega William,  con la convicción que lo caracteriza.

Mientras conversan plácidamente, varios nativos han ingresado al pequeño aposento, trayendo algunos recipientes y cosas envueltas en hojas.

- Señores, les presento al jefe de la tribu, Mashian Sejekam,  el quiere darles la bienvenida. Con gran ceremonia el fraile hace la introducción.
- Bienvenido. En nombre de yo, Mashian Sejekam, les doy la buenaventura al haber ustedes arribado a nuestra Gran tierra Huambisa. En forma ceremoniosa y haciendo énfasis en los nombres propios, el Jefe de la tribu ha tomado la palabra.
- Es bien conocido por todas las regiones de las demás tribus, que nosotros los Huambisas somos mucho amamos la paz - continua - pero que también cuando hay que guerrear, pues guerreamos. Tampoco debe olvidar que somos nosotros los que acá estamos, y somos hijos de nuestros padres y abuelos que acá han estado siempre, y que ustedes, los barbudos, recién están llegando. Conmigo comerán a mi lado los amigos de Melchor, sentados a mi lado, y tomaremos masato juntos. Pero, deben saber que si vienen trayendo paz, serán bien recibidos. Pero también si intentan cualquier otra cosa, serán como debe de ser castigados. Están invitados a compartir nuestra comida y nuestro masato, pero antes el hermano Melchor debe bendecir la comida.

- Gracias, hermano Mashian. Responde el Fraile- En el nombre del padre, del hijo....

Todos se ponen de rodillas, se persignan, y en silencio siguen el rezo del fraile, que bendice y agradece por los alimentos recibidos, y luego, con gran algarabía y en un ambiente festivo, todos los presentes se avocan a disfrutar de los aperitivos. Primero, pasan un brebaje en un recipiente de algo parecido a la madera, que es compartido por todos, sin excepción, incluyendo al fraile. Es una bebida local hecha a base de yuca masticada y fermentada. La presencia de alcohol en la bebida hace que todos suelten la lengua rápidamente, y que la reunión se transforme rápidamente en algo parecido a una fiesta. Empiezan por los plátanos asados, el pescado ahumado, la yuca hervida, la carne asada, al parecer venado u otro tipo de animal silvestre. También hay "cerdo" y "gallina". Aunque realmente son de animales que tienen la carne parecida. Luego traen algunos insectos, orugas y lagartijas asadas. Al inicio la pequeña comitiva muestra cierto rechazo para ingerir estos bocadillos, pero luego, ante el jolgorio de los presentes, terminan engullendo todo lo que les traen, inclusive algunas orugas vivas.

- El buen Capitán Morgan se ha perdido una gran aventura. Hemos conocido casi todo sobre las leyendas de la jungla amazónica- Con gran euforia habla Will- los seres gigantescos, serpientes monstruosas, delfines rosados, hemos avistado mujeres guerreras, y todo tipo de animales e insectos que no alcanzarían en una enciclopedia entera. Únicamente, el Dorado, es una leyenda. No hemos podido encontrar ni siquiera una referencia a ese mítico lugar..
- El Dorado? Se refiere a ese lugar maravilloso lleno de incontables e innumerables riquezas? Pregunta el fraile.
- Ese mismo, reverendo. No hemos visto ni encontrado algo siquiera parecido..
- Y es que no ha buscado bien...
- A que se refiere con eso?
- A que El Dorado si existe! 
- Bromea?
- Para nada hermano William. El Dorado no es una leyenda. Yo lo he visto con mis propios ojos.
- Discúlpeme por ser incrédulo, reverendo - interrumpe el Doctor- pero, hasta este momento no habíamos escuchado ni visto alguna huella de esa mítica ciudad..
- No es una leyenda, hermano. Es realidad. El Dorado si existe, y yo voy a mostrárselos!

A la mañana siguiente, luego de un refrescante chapuzón en la quebrada, y de un desayuno reparador, los 5 viajeros, guiados por el fraile y un séquito de nativos, parten con dirección a la espesura del bosque, con la intención de encontrar el lugar fascinante sobre el cual se tejían tantas leyendas.

El Dorado, lugar de ensueño y de innumerables riquezas, donde hay lagos llenos de polvo de oro, ciudades y templos enteros hechos de este mineral precioso, lleno de tanta riqueza, que aquel que lo descubra sería inmensamente rico. Caminan eufóricos, sabiendo que van a encontrar uno de los pocos lugares que han sido negados a todos los conquistadores desde el inicio de los tiempos. Saben que este precioso lugar se encuentra en la selva amazónica, saben por lo que han escuchado que es inaccesible y que no hay forma de encontrar la ruta salvo que seas guiado por alguien que conozca su exacta locación y accesos.

Caminan entre arboles gigantes, inmensas moles prehistóricas, que se yerguen  cual titanes guardianes de la majestuosa selva. Cataratas con luces multicolores, arboledas con pájaros de miles de colores, ruidos misteriosos, flores de tantas formas y colores que es difícil de describir. Sin darse cuenta, están subiendo una pendiente escarpada, pero la emoción del objetivo a lograr hace que el cansancio se aleje, y que la travesía se haga mas tolerable. Cuando empiezan a trepar por una pendiente vertical, colgando de raíces y ramas, saben que están cerca, pues en la cima se nota algo. 

Llegan jadeando, casi muertos por el esfuerzo y la fatiga, y cuando al fin levantan la mirada, no pueden creer lo que sus ojos están viendo:

En la cima de la montaña, en un pequeño claro del bosque, al lado de un inmenso milenario árbol se encuentra una pequeña cabaña. El fraile con señas les indica que se acerquen. Una sonrisa enorme se dibuja en sus labios, ante el estupor de William y sus acompañantes. Les hace pasar. Ellos creen que el fraile está loco, que por el mucho tiempo en la selva y con los aborígenes perdió la cordura, y que no sabe distinguir una ciudad con una cabaña, y el oro con la paja. Sintiéndose engañados, casi a regañadientes cumplen la orden de ingresar a la pequeña cabaña, y se acercan al lugar que el fraile les señala. 

- Señores, les presento a .., El Dorado!

Luego de decir esto el fraile abre una especie de cortina en un lado que está frente a ellos, y la luz invade la pequeña habitación. 

Todos se quedan mudos y estupefactos. Ante ellos se presenta una imagen que jamás ya podrán olvidar. La imagen de El Dorado.

Era una vista espectacular de la selva amazónica desde una altura considerable. Podía verse el inmenso río, que cruza el verde paisaje en forma serpenteante y se pierde en la linea azul del horizonte, que está adornado por algunas nubes. La exuberante vegetación, coloreada por las miles de aves, las orillas del inmenso río con los animales que ahí habitan. Algunos ríos de aguas cristalinas que desembocan en el río mayor, le dan la forma de una especie de rama gigante, los colores de algunas cascadas, algunos pequeños lagos y una que otra aldea. Es una imagen maravillosa, y muy colorida.

- Este es el Dorado, el lugar donde encontrarán los mayores tesoros de nuestro planeta. No lo podrán encontrar ni saqueadores ni oportunistas. Pues este lugar nos pertenece a todos, y nunca podrá irse de aquí. Disfrútenlo, pues muy pocos pueden darse este lujo. Con gran ceremonia hace esta observación el fraile, mientras los cinco expedicionarios, aún con la boca abierta, no salen de su asombro ante tanta belleza.

Partieron al día siguiente, escoltados por algunas canoas de los nativos, que los guiaron hasta ponerlos en la corriente mayor del gran río. Llevaron consigo muchas provisiones, muchos recuerdos. Pero sobre todo, la imagen de un lugar de ensueño, que se encuentra en el corazón de la selva amazónica, donde aún se puede ser libre, y estar cerca a Dios y a la naturaleza.

El viaje en su tramo final se desarrolló sin contratiempos. El río es tan ancho que apenas se pueden divisar las orillas. El buen viento y la corriente hacen que el catamarán, ahora reforzado, prácticamente vuele sobre el caudaloso río. Los habilidosos nativos, con la dirección de Avery han mejorado el diseño de la pequeña embarcación, convirtiéndola en un prodigio de la ingeniería, de tal manera que ahora se vale de las velas y del timón posterior para poder dirigirla, además de algunas inclinaciones del cuerpo, lo que la hace mucho mas maniobrable y mas veloz. 

En los tramos finales encontraron los delfines rosados en abundancia, algunos tiburones, caimanes, anacondas, manatíes y muchos otros animales. También algunos nativos cruzando el río en sus canoas, pero ninguno con intención de acercarse o de trabar pelea.

Al llegar a la desembocadura del inmenso río, se dieron con la sorpresa que existe una gran ola permanente al final del mismo, y surcar la ola fue todo un reto, por poco y voltean. Al salir de esta ola una silueta familiar se dibuja en el horizonte: es la inconfundible silueta de la Hija de los mares, y ya les parece que hay alguien que salta como un loco en el palo mayor haciéndoles señas. Es el tigre d'Alembert, no hay duda. Un poco alejada a estribor, la silueta de otro barco se hace notoria. Claro, es el capitán Morgan, que fiel a su promesa, espera la llegada de los expedicionarios.

Todos gritan eufóricos, hurras, vivas. De nuevo se sienten en casa. Hasta que... notan que hay una tercera silueta, es otro barco, y es una carabela, y al costado, otra mas, y también es una carabela.

Se quedan paralizados, sin saber que hacer. El viento los dirige directamente hacia las cuatro naves, y nuestros expedicionarios no saben si seguir alegres o preocuparse.

Cuatro naves esperan a William y su comitiva. La nave de Morgan, la Hija de los mares, y dos navíos de guerra de la temible Armada Española.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

La hija de los mares. Capítulo 16 - la jungla.

Partieron en silencio. Gombo era el más molesto. No quería quedarse. Realmente nadie quería hacerlo,  pero dadas las circunstancias no tenían opciones.  Si querían pasar desapercibidos debían mezclarse fácilmente con los lugareños. 

Así que no hubieron problemas para elegir al pequeño grupo: William, el doctor Dávalos,  Bartolomeo, manitas Avery y el negro Estremadoyro.

Simon manitas Avery.  Un mil oficios. Había sido criado en un bote de pescadores. Recogido aún siendo un pequeño que apenas podía caminar, lo adoptaron porque no lloraba mucho. Aparentemente había sido criado en condiciones de extrema pobreza, pues se contentaba con un pedazo de pescado. Cuando niño aún le preguntaban su nombre, sólo respondía "Simon ". Un viejo pescador le puso su apellido,  Avery, pues decía él que se parecía mucho a un hijo que tuvo, pero que había muerto de fiebres hace mucho tiempo. 

Creció en el bote de pescadores filipinos. Aprendió todo acerca de reparar un bote, redes de pescar, anzuelos y todo lo que pueda necesitarse a bordo. Era muy hábil con las manos. Además tenía una agilidad impresionante para trepar palos y cuerdas. 

Siendo aún niño, alrededor de los 10 años, el bote de pescadores se hundió en una tormenta. Sobrevivió asido a un tablón. Rescatado por comerciantes españoles, fue capturado posteriormente por un navío inglés que los atacó. Se salvó por su habilidad con las manos. Rápidamente fue tomado como aprendiz a bordo, siendo utilizado sobre todo en las labores de reparación.

Aprendió a manejar una espada con destreza, también un fusil y un cañón, como todo buen marino. Pero su principal arma eran sus propias manos. Podía convertir literalmente cualquier cosa en una herramienta o un arma mortal. De ahí el apodo de "manitas".

Callado por naturaleza,  habían apuestas a bordo para saber sus orígenes. Era de piel oscura, no llegando a ser negro, pelo hirsuto,  ojos pequeños,  achinados. Su mirada era serena y pícara. Llevaba un extraño cinturón, donde iban prendidas algunas herramientas que el mismo había diseñado y fabricado. Nunca permitía a nadie tocarlas siquiera.

Cuando participaba en una conversación, lo hacía con anotaciones sarcásticas, pero muy inteligentes. Había aprendido a leer en el barco inglés. Nadie sabía cómo ni porqué se hizo pirata. Solo sabían que si algo fallaba en el barco o en algún lado, pues Simon manitas Avery lo podía reparar. Si él no lo lograba, es que ya no existía solución.

Cuando se embarcaron rumbo a tierra firme, hizo un pedido especial a William :
- Necesitaremos lona para las velas.
- Eso significa.?
- Que hay que llevarlas desde acá. Estando en la selva, habrá gran cantidad de madera y mucho material para construir una barcaza. Pero lona, lo dudo.
- Entonces,  la cargaremos. Ordena William, dando la razón al manitas.
- Algo más: algunas sogas fuertes.
- Lo que usted ordene, milord!  Responde con un tono burlón William.
Las risas se apoderan del grupo. Y a causa de esto la partida fue más alegre. Tanto la Hija de los mares, como el navío de Morgan se acercaron temerariamente a las costas del Ecuador, donde bajaron la barcaza con los expedicionarios. Luego, tomaron rumbo sur oeste, alejándose de las costas y de los molestos españoles y portugueses.

Llegaron sin contratiempos,  y hundieron la barcaza para no dejar huellas. Posteriormente se dirigieron hacia la ciudad de Guayaquil,  donde fueron recibidos por el "amigo" de Morgan. Un comerciante judío, que entregó unas mulas y materiales a cambio de algunas monedas de oro. También los contacto con un pequeño grupo de 4 guías, que los llevarían por una ruta segura hasta la selva misma.

El cruce de la cordillera se hizo sin sobresaltos.  No encontraron ningún viajero curioso o fastidioso. Lo que si una población bastante amable y hospitalaria que no tenía reparos en mostrar su descontento con los españoles.

Al principio los guías se mostraron parcos y recelosos. Pero, luego de las conversaciones y días de compañía, fueron entrando en confianza y soltando la lengua.

Contaban de un Imperio bañado en oro, de riquezas enormes, de guerreros míticos, ancianos sabios, hermosas mujeres y de Dioses en forma de animales y estrellas. De hechiceros, brujos y oráculos que podían predecir con impactante exactitud las lluvias, las sequías, las inundaciones y terremotos. También de seres mitológicos, que podían tragarse personas y ciudades enteras.

También de las épocas oscuras cuando llegaron los barbudos y destruyeron todo, matando a los señores de entonces, robando y saqueando. Pero llegaría el momento de que los barbudos se irían, y nuevamente serían ese gran imperio, que era el centro del mundo.

William notó algo extraño. Eran fanáticos religiosos. A cada cosa extraña que pasaba, se persignaban y pedían perdón por sus pecados y los del mundo entero. Oraban con mucha fe, y hacían que el resto sintiese vergüenza por su incredulidad. Y llamaban "señor" a todos. Costumbres extrañas la de esta gente.

Al llegar a la "montaña", como ellos llamaban a la selva, los guías los llevaron hasta el centro poblado mas cercano, donde los contactaron con algunos nativos de la zona. No eran realmente indios salvajes los que los recibieron, aunque para ser sinceros, no hubo mucho entusiasmo por parte de ellos, ya que el oro que portaban no tenía mucho valor en los trueques. Pero si valían mucho algunas cosas que habían traído de la costa, algunos machetes, herramientas, pólvora y vestidos. Las mulas y los guías se retiraron por donde vinieron, y los actuales acompañantes eran nativos de la zona, que sobre los hombros levantaron todas las provisiones y se adentraron en la jungla, dando referencias del lugar donde podrían encontrar la dichosa orquídea.

La encontraron cerca a la vertiente oriental de un gran río. El lugar se les hacía antojadizo y paradisíaco. La tupida vegetación y los animales silvestres hacían que tuviesen la impresión de estar muy cerca a Dios y al cielo.

El doctor Dávalos se encargo de hacer una especie de maceta y en ella colocar las plantas con la dichosa orquídea. Hojas carnosas, blanco níveo, en su interior parece portar una paloma sentada con las alas semi abiertas. Hermosa, rara. La cuestión era si iba a soportar el viaje.

Era el tiempo de dirigirse cuesta abajo, siguiendo al río. Con anticipación, manitas Avery había sugerido que hiciesen un trueque por dos canoas. William no tuvo dudas en aceptar, aunque para esto tuvieron que entregar algunas armas. Les regalaron los remos. Manitas no soltaba por nada del mundo sus lonas y sus cuerdas, tampoco sus herramientas. Posteriormente hubo mucho tiempo para darle la razón.

Se despidieron de los nativos estando a orillas de un río navegable, aunque algo torrentoso. Y se embarcaron sobre las canoas, en las cuales tuvieron pocos problemas para dirigirse corriente abajo. 

Para esto manitas se había puesto manos a la obra, y con la ayuda de todos unió las canoas con algunos palos armando sobre ellas una especia de enrejado sobre la cual pudo fijar un palo para el velamen. Era curioso ver lo que había construido. Nadie estaba familiarizado con ese tipo de nave, pero tuvieron que aceptar que la habilidad e ingenio de Avery eran insuperables. 

Lo que había construido era una especie de catamaran y con las lonas le fabricó velas y con uno de los remos una especie de timón.  Tenía una estabilidad y maniobrabilidad impresionantes, además no era muy grande. Podían pasar desapercibidos. Y ese era su objetivo.  No llamar la atención de los nativos,  pues los jíbaros eran conocidos por su fiereza y por ser reducidores de cabezas.
También era harto conocido que los nativos no serían amigables, pues los visitantes desde tiempos remotos habían intentado someterlos. Sin éxito por cierto. Lo inexpugnable de la selva, la vegetación y los animales salvajes, hacían que cualquier intento conquistador sea infructuoso.

Conocedores de todo esto, habían cargado en los botes la suficiente cantidad de víveres para un par de semanas. Avery diseño el bote de tal manera, que al empezar la lluvia las velas servían como techo. Así podían guarecerse a orillas del río en medio de una tormenta sin necesidad de salir a tierra firme. Además podían utilizar los remos para impulsar la embarcación cuando el aire era bajo y la corriente muy lenta.

Hubo que sortear varios obstáculos,  como algunas zonas de corriente fuerte y lugares con tanta vegetación que hicieron que golpearon algunos caimanes, manatíes y una que otra anaconda.  También en dos ocasiones la fuerza del viento los agarró desprevenidos y voltearon la embarcación,  quedando todos en el agua. Lo bueno es que llevaban todo atado a las canoas,  por eso las pérdidas fueron menores. En la primera ocasión se perdió una de las plantas, que cayó y se perdió en la corriente. Desde ese momento el Doctor Dávalos se encargaba únicamente de cuidar las dos flores en sus macetas restantes, teniendo a Bartolomeo como ayudante.  Así para remar y defenderse quedaban solo Will y Estremadoyro,  pues Avery era el timonel.

Avanzaron rápidamente, siendo en ocasiones atacados por algunos nativos. Pero sin daños mayores,. Apenas lograron ingresar a las aguas del inmenso Amazonas, las velas de Avery hicieron la diferencia. Pudieron casi volar sobre la superficie. En el camino fueron escoltados por delfines rosados, y uno que otro nativo que desde la orilla los acompañaba con la vista. 

Hambrientos,  ya habiendo agotado sus escasas raciones, se detuvieron en un lugar al parecer deshabitado, e intentaron dar cacería a algunas aves y animales que por ahí encontraron, sin mucho éxito. Pero con tan mala suerte para ellos que se vieron cercados por una gran cantidad de canoas y nativos semi desnudos,  que los apresaron sin que puedan oponer resistencia, y los trasladaron selva adentro hasta su aldea.

-Tengo la ligera impresión de que estamos perdidos. 
- Señor Avery, no es momento para bromas. Pero, debo darle la razón, replica William,  estamos perdidos.
- No olvide de sazonarse lo mas que pueda, y trate de no estropear su cabellera, agrega con sarcasmo el Doctor, pues de hecho que estamos en manos de antropófagos y reducidores de cabeza. Ya me imagino su cabeza como un bonito adorno de alguno de estos salvajes. Aunque, no han destruido nada de nuestras pertenencias, incluso las macetas las llevan con cuidado. Es como que si quisieran conservar todo el botín en buen estado...
- Unos verdaderos piratas...

No tuvieron que esperar mucho, al llegar a la aldea en el medio de la espesura de la selva, fueron puestos "en libertad", con todas sus pertenencias a su lado, apiladas de tal forma, que parecía que fuesen a pasar revista. Una cosa al lado de la otra. Incluso el catamarán - canoa había sido trasladada intacta hasta el medio de la aldea.

- No lo puedo creer! Con asombro, y entornando los ojos, con la boca semi abierta, dijo el negro Estremadoyro, que casi inmediatamente cae de rodillas y se persigna.
- Santo cielo. Dice Will, hincándose de rodillas, y haciendo una reverencia respetuosa y la señal de la cruz en su frente.
El resto de la comitiva, casi en forma simultánea, se ponen de rodillas, y hacen la señal de la cruz en sus frentes.

Ante ellos, una hermosa edificación se yergue en medio de la espesura, rodeada por algunas chozas y coronada con una enorme cruz. Y en la puerta, una persona con los brazos abiertos, vestido de una túnica negra y con la cabeza rapada, se acerca presuroso y alegremente los saluda con un cordial y caluroso:

- Bienvenidos!!